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20 de abril de 2014 05:14 horas Programa Actual: Reglas de Discerniiento (R)
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Cuando soy débil, entonces soy fuerte
“Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne. Un ángel de Satanás que me hiere. Tres veces pedí al Señor que me liberara, pero Él me respondió: te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en mi debilidad. Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor a Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

2 Corintios 12, 7

Cuando por algún motivo tenemos enfrente la tristeza y el sufrimiento, cuando lo soñado parece tan diverso de lo vivido y el fracaso nos acompaña como mochila pesada, cuando tenemos dolor en el cuerpo, cuando no podemos dominar y superar defectos de nuestro carácter... En el fondo sentimos una profunda sensación de fragilidad y vulnerabilidad, nuestro condición de barro, que se contrapone con el anhelo de grandeza que Dios ha puesto en nuestro corazón. Esa sensación de fragilidad nos permite purificarnos y nos da la gracia de poder alcanzar una profunda humildad, darnos cuenta de que necesitamos de Dios.

La experiencia de nuestra condición de barro, tan poco consistente, nos permite caminar como criaturas, y entonces poder vincularnos saludablemente con el Dios que todo lo puede. Este sería el efecto positivo, que confirma que cuando las malas experiencias nos asaltan, se pueden convertir en alegrías, y regalarnos un corazón abierto y confiado. Cuando el determinismo nos ataca, para salir de ese lugar, la experiencia de la debilidad interior está llamada a ser curada. Y en este sentido, la expresión de Pablo es sumamente elocuente: lejos de abatirnos en medio de las dificultades, nosotros con el apóstol decimos “cuando soy débil, soy fuerte”. No nos quedemos con el determinismo de que las cosas son así y no las podemos cambiar. Aunque llevemos de por vida alguna pesada carga, algún defecto de carácter, alguna imposibilidad, pensemos que Dios todo lo puede en nuestra pobreza.

Nuestro corazón, todo nuestro ser, está marcado, tiene lesiones, ha recibido maltrato y desprecio a lo largo de la vida. Podemos armarnos de un mecanismo de defensa, pero eso sigue estando allí. Y cuando esta realidad del costado maltrecho no es abordada saludable, no permite que la vida se pueda desarrollar plenamente, es como si estuviésemos atados, como un perro que está en el patio de la casa, con una larga cadena, puede caminar pero sólo hasta un cierto punto. Igual nos pasa cuando no abordamos nuestro situación de vulnerabilidad, de lo que nos ha pasado en la vida.

A veces nos victimizamos, “pobre de mí”,cuando nos quedamos allí vivimos una libertada a medias, como el perro, en un punto estamos atados. Vivimos a medias, elegimos vivir como gente desgraciada, y nos conformamos con sobrevivir.

El contacto con los espacios más conflictivos nuestros, no es para escarbar el excremento con la memoria y el reconocimiento. Sino que puestos con confianza en las manos de Dios, podemos ser transformados y cambiados. Cuando entramos en contacto con estos lugares menos trabajados, sentimos interiormente una sensación de debilidad, tendemos a excluirnos para no exponer nuestro golpes y heridas. Después tenemos la sensación de reaccionar mal, nuestra respuesta suele ser desproporcionada, violenta.

Cuando tengo una herida honda en el corazón y no la trabajo, mi reacción se hace violenta y desproporcionada a lo real y a lo concreto. Nos damos cuenta de ello, por ejemplo, cuando después de una conversación sale algo dentro nuestro y alguien nos dice “pero porqué contestás así, porqué me decís esto”

Tal vez es desproporcionado en el tono, en el gesto, en la consecuencia que sacamos de lo que estamos diciendo. Eso es por la cosa no resuelta. Sobre esta parte de interioridad frágil hay que ir con los pies descalzos, con reverencia, como cuando entramos a un lugar sagrado, con mucho cuidado. No podemos ir a los cachetazos. Es lugar fangoso, de pantano. Sin embargo, allí dentro hay una riqueza escondida, que hay que aprender a descubrir. El tesoro escondido, dice Pablo, está en estos lugares de barro, donde se manifiesta nuestra mayor vulnerabilidad y fragilidad.

Hay muchas formas de superar la fragilidad, de ser fuertes a partir de la propia debilidad. El punto de partida es el reconocimiento de la debilidad y de sus raíces. Eso es lo que Jesús encuentra entre los paganos, los pecadores, los niños y mujeres de su tiempo. Eso que a otros muy seguros de sí mismos escandaliza, es lo que permite el encuentro entre Jesús y los pobres. El que es pobre sabe de su condición y reconoce sus limitaciones. La certeza interior de que somos frágiles y de las raíces de nuestra debilidad, cuando asumo mi debilidad y entiendo que todo lo puedo en Aquél que me conforta, entonces puedo superar mi debilidad.

En este tiempo hay muchas imágenes del súper hombre o la súper mujer, el hombre todo terreno, que lo puede y lo hace todo. Están construidas sobre la imagen de lo fuerte, de la omnipotencia y la voluntad del poder y son típicamente un pensamiento de la negación de lo humano como frágil criatura. Creemos que para liberarnos de la fragilidad debemos enfrentarnos y pelear contra ella. Pero pareciera que ése no es el camino, sino que la solución está por otro lado: por el reconocimiento de la fragilidad, que debemos aprender a liberarlo de la culpabilidad.

La culpabilidad aparece cuando no coincide la imagen de fortaleza que tengo de mí mismo con lo que verdaderamente soy y tengo adentro mío. La culpa lo único que hace es hundirnos. Uno tiene una imagen de uno mismo, pero cuando aparece la verdadera interioridad, se produce una ruptura. A veces aparece la culpa diciéndonos “fallé, no alcancé, qué habré hecho”.

Si no se trata de una culpa religiosa sana, que reconoce frente a la misericordia de Dios, con dolor, el pecado por la ruptura del vínculo con el Señor; si se trata de la culpa por no haber llegado a la imagen de perfección que tenía de mí mismo, es una culpa sicológica muy dañina y destructiva. Ése tipo de culpa (diferente de la culpa religiosa) lo único que hace es hundirnos más. Muy emparentada con el idealismo, con el ideal de persona que yo tengo de mí mismo. Porque si bien estoy llamado a ser una persona íntegra, a veces lo pensamos como sinónimo de algo perfecto, ideal. No asumimos que la integración y la integralidad de la persona supone la debilidad, lo concreto de historias no resueltas, traumas, taras, todos ellos lugares donde actúa la gracia de Dios que me salva y redime.

Éste es el problema que tiene Jesús con los fariseos y los legalistas de su tiempo. Tienen una imagen de sí mismos tan acabada y justificada desde la ley -que es una construcción de un dios irreal- que no hay forma de que puedan asumir su propia fragilidad y debilidad. Y entonces no se reconocen enfermos y por lo tanto no necesitan del médico. No hay lugar así para que Dios pueda convivir, quedarse con nosotros, estar en nosotros. La habitabilidad de Dios en medio nuestro está en lo no resuelto, en lo que hay que transformar y cambiar.

Leyendo la vida de Madre Teresa de Calcuta, sorprende su punto límite en el trato con Dios, cuando Él la invita a la creación de una nueva obra de Dios en ella: en un momento determinado Dios le da a entender “dejame actuar a mí”.  Es una invitación a abandonar aún los dones que Dios ha puesto en ella. “Entregámelos, porque te los he dado pero si me los ponés en mis manos y dejás que Yo actúe, haré más de los que hago dándote los dones que te doy. Ésa es la absoluta pobreza. El Evangelio es para los pobres.

El Evangelio es experiencia de pobreza y de Jesús y la Buena Noticia actuando entre los pobres. “Yo he venido –dice Jesús, cuando proclama por primera vez la Buena Noticia en la sinagoga de Nazaret- a traer la luz a los ciegos, a liberar a los cautivos. Yo he venido a proclamar un año de gracia”. Y la verdad que aquél discurso programático (Cap. 4 del Evangelio de San Lucas) es toda una realidad que acontece a lo largo de su ministerio público. A Jesús se lo ve caminando entre la gente desplazada de su tiempo, entre los que no cuentan.

Si no nos ubicamos en ese lugar bien realista de nosotros mismos, no vamos a poder experimentar las bondades de la redención de Jesús, que camina entre los más frágiles y los más débiles.

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