María, Madre de la Iglesia

lunes, 24 de mayo de 2021
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María (2)

El lunes siguiente a la Fiesta de Pentecostés, la Iglesia celebra a María como Madre de la Iglesia. En el Espíritu somos engendrados como hijos suyos y de la Iglesia.

Jesús, desde la cruz, nos dio a María como Madre:  “Jesús, habiendo visto a su Madre, le dice: Mujer, he ahí a tu hijo!. Luego dice al discípulo: He ahí a tu Madre!”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”. (Jn 19, 26-27)

Juan representa a todos los que, como él, desean ser el “discípulo amado” de Jesús. Como él, llevamos a María a nuestra casa. 

María nos engendra en el Espíritu Santo

Nosotros como Juan llevamos a María a nuestra casa. María verdaderamente es nuestra Madre, es la que nos cobija en su cariño, en su amor, su cercanía. La ofrenda de la vida de Ella misma, nos atrae. Su maternidad tiene características sobrenaturales. No nace de la sangre, como tampoco nació Jesús de la sangre sino por vía del Espíritu.

Nosotros también recibimos el don de la maternidad mariana, el don del Espíritu Santo, y la Iglesia ubica su celebración después de Pentecostés, como reconociendo que así como Jesús nació del Espíritu en la Anunciación y en Belén, así la Iglesia y cada uno de nosotros nace por el Espíritu en Pentecostés. Ella como Madre, además de engendrarnos en el Espíritu como un día lo engendró a Jesús, intercede continuamente por nosotros delante de su Hijo y nos muestra el camino, el por dónde y nos concede la gracia necesaria para ir por ese camino.

María indica el camino con la ternura, suavidad, con su mirada, con su llamada de atención, pero por sobre todas las cosas nos lo muestra por el camino de la oración.

Ese es el lenguaje mariano de revelación. Como para los discípulos, el camino de la oración es el camino para llegar hasta donde Dios nos quiere llevar. Ha dicho el Papa Francisco que para ir hasta donde Dios nos quiere llevar a veces ofrecemos resistencia, sin embargo cuando rompemos el chachito de la seguridad y liberamos las fuerzas que están contenidas en nosotros, desaparecen los miedos, la resistencia y somos llevados por Dios más allá de lo que supondríamos, imaginaríamos si somos fieles al querer de Dios.

Que María nos regale esa docilidad suya para que el Espíritu Santo obre en nosotros lo que Dios, el Padre, en Cristo soñó desde siempre. Que ella configure el rostro real de nuestra existencia a la medida y anclados en Cristo Jesús, su hijo.

 

P. Javier Soteras