Desde Carlos Pellegrini: Cuidar la infancia

lunes, 5 de octubre de 2015
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5/10/2015 –  Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos». Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí.

Mt 19, 13-15

Comenzamos la Catequesis misionera desde Carlos Pellegrini. Gracias hermanos por tan hermosa bienvenida

Posted by Radio María Argentina on Lunes, 5 de octubre de 2015

¡Bienvenidos a la Catequesis desde Carlos Pellegrini! Hoy te invitamos a compartir: ¿Con qué gestos y acciones te sentís…

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Los niños nos muestran, que todos somos dependientes unos de otros. Claman cariño y ternura. El Hijo de Dios no se ahorró este paso cuando se hizo uno de los nuestros y también quiso asumir esta condición. Ahí vemos al niño Dios envuelto en pañales y en un pesebre. Hay algo que acontece entre Dios y los niños cuando los abrios al encuentro con Él que sorprende. Cuando creamos el ambiente y disponemos el corazón de los chicos para entrar a esta dimensión de la trascendencia, en donde con un mensaje muy sencillo Dios nos habla del misterio. La ternura y la transparencia de los niños le permite a Dios encontrar un terreno fértil donde hacer sentir se presencia. De ahí que dedicarle tiempo a la tarea de estar con los niños favoreciendo este encuentro supone apostar al futuro. El gran problema de la humanidad es el vacío de sentido, un vivir sin rumbo. Por eso es vital estar con ellos creando espacios genuinos. “Si ustedes no vuelven a hacerse como niño nos van a entender.

No es hacerse infantil ni la inmadurez, no supone un retroceso en el proceso de crecimiento, sino recuperar en el alma el valor y el gusto por lo esencial, que como dice el Principito, tantas veces es invisible a los ojos. Los niños nos regalan la posibilidad de encontrarnos con lo que realmente vale la pena. De ahí que Jesús nos dice que si “ustedes no vuelven a ese lugar de niñez no vana  poder entender el mensaje que apunta al sentido de la trascendencia. Cuidar a los niños es cuidar es cuidarnos a nosotros mismos.

El niño tiene una confianza que le es espontánea, a nosotros nos parece temeraria y nos parece que es de más. No es tan sencillo trabajar con la frescura con la que los niños aparecen en la familia en medio de tanto riesgo. Es un ida y vuelta entre dar libertad y cuidar. El riesgo es que ante los peligros, sumado al mucho tiempo que los padres pasan afuera trabajando, los niños se hagan adictos a la tecnología. Los chicos con sus sueños, con sus ocurrencias, con sus fantasías, nos permiten ir a lo nuevo que viene. Hay que dejarle rienda libre para que ello suceda. Necesitamos cuidarle también el alma, generando espacios en donde ellos puedan interactuar con las cosas, creando y recreando con sus juegos.

Cuando cuidamos a los niños nos cuidamos. Los chicos nos curan el alma y al mismo tiempo nos regalan futuro. Nosotros hacemos lo mismo, los protegemos de los daños que el mundo les puede hacer y a la vez soñamos con el futuro en ellos. Eso nos llena de esperanza, su vida nos trae esperanza al corazón. Hay que dedicarle tiempo para estar con ellos. No se trata de mucho tiempo, sino del buen tiempo dedicado. Tiempos elegidos para estar con ellos, nos hace bien y les hace bien a ellos. Por eso Jesús dirá, “dejen que los niños vengan a mí”.

En todo proceso de cambio en lo personal, comunitario o institucional, hay un primer movimiento que debemos hacer para que se produzca el cambio, desaprender cosas mal aprendidas. Dicen que lo primero que hay que hacer es animarse a desaprender lo mal aprendido y disponerse a aprender de nuevo. Sobretodo cuando estamos en un final de época, como la nuestra, cuando no sabemos muy bien cómo va a ser lo nuevo.

 

La vida que llega nunca es un error

Un ámbito muy difícil para los adultos es acercarnos al dolor de los niños. Son muchos los que en el inicio de la vida, son maltratados y abandanos, en donde la sociedad les roba el futuro. En algunos lugares, incluso se llega a los niños soldados, como en África. Algunos dicen “fue un error que éstos chicos aparecieran en el mundo”. Esta expresión es más vergonzoso que lo otro. Es una forma de desentendernos, de no querernos encontrar con el dolor de ver la infancia maltratada y la necesidad de salir a abrazar la infancia. Los chicos nunca son un error. O cuando aparecen en la familia, sin que estén planificados. Nunca son un error, siempre un niño es una bendición. La presencia de los chicos necesita de nosotros que podemos habernos equivocado como sociedad adulta, un replantearnos cómo vamos a hacer para que la vida de ellos sea mejor. Allí se juega, tal vez, una parte importante, en principio de los padres y abuelos y de todos los que tenemos responsabilidad en el educación.

Quienes tienen la responsabilidad delegada de nosotros en la educación, a ellos también hay que pedirles que se hagan cargo. Y no en discursos electorales, marcados por un sesgo marquetinero. No necesitamos que nos “vendan” una propuesta educativa, sino un compromiso construido en diálogo. Hay que sentarse nuevamente a dialogar sobre la educación, entre la familia y la escuela. La educación nos puede hacer fuertes para ser profetas de los tiempos que vendrán. El camino no es fácil, pero aquí se juega: abrazando el dolor, diciendo que la vida como viene nunca es un error y a la vez descubrir que la gran respuesta de nuestros problemas es el proyecto educativo que haga de la cultura donde vivimos un espacio más sano.

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Padre Javier Soteras