Educar el corazón para el amor

miércoles, 24 de septiembre de 2014
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Abrazo4 (2)

24/09/2014 – Desde la localidad de Chivilcoy, compartimos la transmisión de la Catequesis, en el marco de la misión itinerante de Radio María.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Jn 19, 25-27

La “hora” del Señor

El franciscano Raniero Cantalmesa, predicador de la Casa Pontificia, en un texto “María, espejo de la Iglesia” dice que en el nuevo testamento está presente en cada uno de los momentos constitutivos de Cristo. Está presente en la encarnación cuando recibe el anuncio del ángel; está presente en la crucifixión y está presente en Pentecostés. Sin embargo parece que María estuve presente en una parte del misterio de la muerte. Pero en el evangelio de San Juan entendemos que la hora de Jesús y su Gloria supone muerte y resurrección en un mismo momento. Muchos sabios de las escrituras dicen que de algun modo Pentecostés acontece en el momento mismo en que el Señor entrega su vida, cuando expira y comunica la gracia del Espíritu. Este misterio completo, muerte y resurrección, se manifiesta en lo que el evangelista dice una y otra vez, la Hora del Señor. ¿Qué es la hora de Jesús? La pascua.  “Mientras se acercaba su hora…”. La hora de Jesús es el momento de la plenitud, es El momento, el momento justo donde todo confluye para que sea como el Padre lo ha previsto. “Padre ha llegado mi hora, glorifica a tu Hijo”. “Cuando sea levantado entonces sabrán que yo soy”, es el momento de la muerte, el de la plenitud.

María, que según dicen los textos evangélicos no percibió la gloria de Jesús el domingo de Pascua, dice Cantalamessa que la percibió en la oscuridad de la fe, en esa noche que parte de la cruz cuando el velo del templo se rompe y se sacude toda la tierra, al grito de Jesús.

Nosotros también que por momentos pasamos situaciones muy dolorosas en la vida personal, en crisis sociales y políticas, en crisis de la familia… asumir la propia realidad puede ser sumamente frustrante si no tenemos esta perspectiva: que en el mismo momento en que atravesamos la noche oscura, en ese mismo momento se produce la fecundidad de la vida y la transformación de lo que Dios comienza a hacer de nuevo. Eso es lo que celebramos cuando nos reunimos a compartir la Pascua de Jesús en la eucaristía; allí celebramos nuestras pascuas a la luz de la Pascua de Jesús que da sentido a las nuestras. En el momento mismo en que acontece la ofrenda de la vida, el grano de trigo que está muriendo comienza a dar mucho fruto.

Nuestra experiencia de resurrección y también de pentecostés, ocurre en el momento mismo en que vamos atravesando por “oscuras quebradas”. Por eso el espíritu de bienaventuranza nos permite estar sonrientes en medio de las pruebas, alegres en medio del dolor… es la dulce alegría de anunciar el evangelio en este tiempo. Es lo de Pablo en Éfesos, “alégrense en el Señor, una vez más se los repíto, alégrense”. Que hoy sea un día para alegrarse en el Señor, porque siempre después de la tormenta aparece un sol hermoso y un cielo diáfano.

La conciencia de saber que en el mismo momento en que acontece la crucifixión está la resurrección misma nos hace afrontar los momentos de cruz con otra disposición. Sabemos que mientras vamos transitando hacia lo que está viniendo como plenitud, vamos saliendo de la oscuridad. Sabemos que pasamos por momentos difíciles pero más ciertos estamos que si en el Señor lo vivímos todo lo podemos. “Todo lo puedo en Cristo que me reconforta” dice San Pablo. Te invito a que afrontes la jornada mirando la Pascua del Señor, contemplando al Crucificado y a la Madre crucificada con Él, sabiendo que mientras la vida es entregada se abre el velo del Templo, se sacude la tierra con sus viejas estructuras y algo nuevo empieza a acontecer. Que el Señor nos acompañe con la certeza de que algo nuevo va a ocurrir si en él permanecemos en el misterio pascual.

Cruz

Educar el corazón para el amor

Hay que educar el corazón para la Pasuca. Eso significa preguntarnos cuánto puedo sufrir y cuánto gozar. Va de la mano no de un test de gozo y sufrimiento, sino de amor, porque el misterio Pascual que nos conduce a esos lugares desafiantes de transformación de la propia vida y social, solamente son posibles cuando el amor está fuerte en nosotros. También hay que educar el corazón para cuando hay mucho amor. ¿Yo podré soportar ésto? nos preguntamos cuando algo está por venir y no soltamos las amarras sobre ese escenario que después descubrimos que lo podíamos y mucho más. Hay que adaptarse a la prueba mucho más de lo que uno de antemano cree que va a poder. ¿Cómo se entra a la prueba? de la mano de la grandeza de corazón que adapta el cuero a lo que viene con una capacidad que está en el amor. Como una mamá primeriza o un papá primerizo que dice “¿quién diría yo cambiando pañales, o yo levantándome a esta hora a atender a mi hijo?”. Si uno mira hacia atrás diría imposible, salvo que desde el amor nace lo que no creíamos.

Sobretodo cuando uno ha pasado por momentos duros de sufrimientos, tenemos que aprender a gozar. “¿Qué me estará pasando que me empiezo a sentir bien?”. Hay que educar al corazón para sufrir y también para gozar. ¿Y cómo se hace? Al estílo de Jesús, siguiendo paso a paso lo que Dios nos propone. La voluntad del Padre no es legalista, sino que es un querer amoroso que para nosotros hoy nos pide esto y sabe que lo podemos. La agenda que hoy tenés de responsabilidades laborales, familiares, de cuidados, de estudio, … la agenda cargada que tenés hoy si la discernís y la orás, te vas a dar cuenta que toda ella está cargada de una fuerte presencia del amor de Diso que te sostiene y acompaña en el camino. Que bueno poder ver desde esta perspectiva la agenda y entregársela: “Lo que viene duro en Vos quiero vivirlo con alegría y gozo, y lo que viene de gozo quiero vivirlo en plenitud rompiendo lo que dentro mío limita”.

Hay que educar el corazón para la Pascua, que viene de una gracia de amor que nos pone en un escenario que nos lleva más allá de lo que nosotros podríamos con nuestra propia fuerza o capacidad. Es el amor de Dios que nos capacita, por eso le pedimos al Señor que nos permita experimentar su amor sea tiempo de prueba o de gozo.

Que sea su amor el que nos conduzca y nos sostenga. Aprender a transitar la prueba con el Señor y también gozar con Él. Eso supone abrir el corazón, entender que el corazón tiene dimensión de mayor grandeza y de mayor capacidad de amar y de ser amado a lo que todavía hoy hemos experimentado. Abrí la puerta para descubrir cuánto amor sos capaz de recibir y cuánto de dar, que siempre va a ser mucho más grande de lo que te imaginabas. Y eso supone una Pascua, hacer la experiencia de Jesús y María frente a la muerte y resurrección. Hay un modo que yo he tenido de amar que está pidiendo pista a mayores dimensiones. Y ese tránsito entre lo que era y lo que estoy llamado a ser supone una pascua.

Es lo que nos pasa con el crecimiento, la vida y el ropero. En los adolescentes las zapatillas duran unos meses y depsués quedan chicas. Hay ciertos ropajes que nos van quedando chicas, y es la madurez de vida que se expande, y necesita una nueva estructura. A veces la capacidad de amar que va creciendo en nosotros pide otros espacios, otras estructuras y otros lugares donde poder estar. La vida crece y necesita nuevos espacios.

Acompañar

El misterio del dolor y el crecimiento

La madurez en el crecimiento siempe trae aparejado un dolor. Como cuando nace un hijo que ya está maduro para nacer, lo primero que hace es pegar un grito y cuando uno de nosotros se va, muchos pegamos un grito porque la vida parte. En el medio, entre un extremo y otro, pasar de una etapa de la vida a otra de la niñez a la adolescencia, siempre en ese tránsito hay una experiencia de dolor. Por eso en el momento mismo en que un dolor nos aparece en la vida más que detenernos en vida preguntarnos qué estará creciendo en mí, qué estará pidiendo espacio para expandirse con mayor vida. Seguramente con algunas salvedades, pero a la dimensión del sufrimiento le acompaña una dimensión de crecimiento. La pregunta de Benedicto XVI en Auswitch frente al dolor sin sentido, es un misterio. Y ahí nos quedamos sin palabras, sobretodo frente al dolor y el sufrimiento injusto. Su pregunta era ¿dónde estabas Dios? Casi que allí el misterio del dolor es sin palabras. Sólo nos queda ponernos de rodillas y confiar en que en algún lugar Dios tendrá en medio del grito de la humanidad una expresión que pueda dar respuetas.

Martín Descalzo cuenta que otro autor invitaba a  hacer un por un momento un silencio y hagamos de cuenta que podemos escuchar todos los gritos de dolor de la humanidad por un segundo… ¿cómo sería la experiencia sino insoportable?. Sin embargo el texto de la Palabra hoy nos dice que hay un grito de Dios que con todos los gritos de los hombres de todos los tiempos, abre la puerta a lo nuevo. Pareciera como si fuera la huelga de los que gritan junto con Jesús que también grita en la cruz lo que hace que el Padre Dios haga sacudir la tierra y rasgar el velo del templo. Que se corra el velo implica que lo oculto está a la vista y que ya no hay mediación, sólo vínculo cara a cara con Dios. Es Jesús quien nos da esa posibilidad y en Él están las respuestas a todas nuestras preguntas. Posiblemente en la muerte inocente de Jesús y en su grito esté asumido lo incomrensible y en su expresión “¿por qué me has abandonado?” también esté la respuesta ala gran pregunta: ¿qué sentido tiene el dolor humano inocente?. Vamos a pedirle esta gracia al Señor poder aceptarlo y recibirlo a Jesús en su expresión de mayor entrega y dolor, y también nosotros en lo incomprensible que nos resultan determinados dolores de la humanidad también decirle “en tus manos entrego”. Jesús desciendo hasta el infierno y entrega y se entrega. Pidamos al Señor que nos de esa gracia sobretodo cuando atravesamos lugares muy duros e incomprensibles, en donde buscamos salir rápidamente sacando la espalda a la cruz. Le pedimos al Señor la gracia de esa entrega confiada “en tus manos me entrego como vos te entregaste, que cuando nos llegue la hora, el tiempo de plenitud, nosotros también podamos decir amén, que se haga, que se cumple en mí y que llegue a plenitud”.

Nos resulta incomprensible el misterio de Dios y del dolor frente al sufrimiento de los inocentes. Casi como si ni la razón ni el corazón encuentraran respuestas, y entramos en un lugar de pedido por el Inocente donde lo único que nos queda es esperar y confiar. Si es verdad lo que decíamos que de algun modo el proceso del sufrimiento tiene aparejado una madurez, todo sufrimiento de la humanidad la hacen madurar. Por eso si tenemos conciencia de esto nos cabe abrazar particularmente a los inocentes, a los frágiles y a los débiles, porque en ellos Dios va abriendo caminos. De ahí el estar muy cerca de ellos, débiles, pobres y sufrientes. Pareciera que Dios particularmente pone ahí su mirada. Por algo Jesús dice estén cerca de ellos porque ahí estoy yo. Cuando Jesús quiere usar parábolas lo hace y cuando quiere ser concreto lo dice: en ellos estoy yo, lo que le hagan a ellos a mí me lo hacen. Francisco dirá “ahí está la carne de Jesús”.

¿Qué he hecho por Cristo?

La comunidad orante en éxodo

Toda nuestra espiritualidad, nuestra oración, el despliegue de la interioridad en la oración donde se nos explaya el alma y percibimos al Dios vivo, tiene que conducirnos a tocar la carne de Jesús que está en los pobres y débiles. A mayor despliegue del alma en la oración donde se acrecienta la caridad, mayor compromiso y puesta en tierra en el vínculo de amor con el Cristo que vive en el hermano que sufre, en el inocente. Eso es salir a la periferia. La comunidad orante está lanzada al Éxodo, tiene que estar en salida. Donde se ordena la vida caristmática de la comunidad y no se pierde el rumbo es en el amor a los pobres, débiles y sufrientes. La periferia existencial, el territorio de la fragilidad humana bajo la forma que aparezca, incluso en nuestras propias casas, ahí somos invitados a estar en su presencia. Si la adoración de la comunidad no nos pone en salida hay que dudar sobre si esa oración es verdadera o no. Como en Pentecostés tienen que sacudirse nuestras estructuras para ponernos en sinonía de caridad para alegrarnos con los que ríen y llorar con los que lloran, y hacernos uno con todos con tal de ganar a algunos.

En la fiesta de la Virgen de la Merced le pedimos al Señor todas estas gracias. Ir hacia donde Dios nos quiere conducir, ampliando nuestros horizontes, nos hace sufrir pero parece que es la lógica de Dios… a mayor amor, mayor sufrimiento.

Padre Javier Soteras