Eucaristía y unidad para que el mundo crea

martes, 31 de enero de 2017
image_pdfimage_print

Eucaristia4

31/01/2017 – Dios nos quiere en paz, conviviendo con todos y siendo testigos de la presencia de su amor en comunión con cada uno de nosotros.

En el año 1962 al abrirse el Concilio Vaticano II, la liturgia invitaba a una transformación, la manera de estar la Iglesia en el mundo de una manera nueva, la transformación en la vida pastoral de la Iglesia conforme a las exigencias del mundo contemporáneo pero desde la identidad de siempre, la necesidad de transformar el modo de leer la Palabra de Dios y de hacerla más accesible a todos como alimento del pueblo todo. La Iglesia que ve la necesidad de transformar su manera de abordar la vida de la familia. Todos los aspectos que el Conciclio Vaticano II plantea en sus distintos documentos como agiornamiento de la comunidad eclesial, tienen un punto de epicentro y es el Espíritu de la comunión.

En el año 1985 la Asamblea Extraordinaria del sínodo de los obispos reconoció en la eclesiología de la comunión la idea central y fundamental de la documentación conciliar. La Iglesia, mientras peregrina aquí en la tierra, está llamada a mantener y promover tanto la comunión con Dios trinitario como la comunión. Yo diría que el gran desafío de la vida eclesial nuestra es la construcción de la unidad. Si la nueva evangelización es la misión con la que la Iglesia afronta el tiempo nuevo que viene, sin duda la unidad es el punto de partida. Desde la perspectiva de Jesús, la tarea de la evangelización está directamente vinculada a la unidad a que “sean uno para que el mundo crea”. 

“Sean uno para que el mundo crea”

 Para ello, cuenta con la Palabra y los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la cual « vive y se desarrolla sin cesar »,(68) y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a sí misma. No es casualidad que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime Sacramento.

Reconocemos que si hay algo que la Iglesia necesita reavivar en el corazón mismo de su tarea, viene de este lugar como de su fuente. Porque en ella, como dice un autor bizantino, llegamos a Dios y Dios llega a nosotros, y nos unimos en un mismo acto de amor. Esto nos hace ser uno y nos capacita para multiplicarnos en el trabajo de la comunión. Dios, el Padre, tiene una mirada sobre la humanidad: es la semejanza que Él proyecta del misterio de sí mismo (Padre, Hijo y Espíritu Santo) sobre nosotros, creados a su imagen y semejanza. 

Cuando nosotros comulgamos lo que hacemos es hacernos uno más profundamente con Jesús y todos los aspectos de nuestra humanidad son asumidos por la fuerza de la gracia contenida en el misterio eucarístico y a la vez capacitados para la misión. Somos seres espirituales, racionales, con voluntad y con capacidad de amar afectivamente, pero también somos seres vinculares y sociales y trascendentes. Tenemos una dimensión Psíquica, espiritual, vincular y trascendente. Todo este conjunto de realidades que hacen a nuestra identidad personal no siempre están articuladas. Cuando comulgamos y decimos “amén” al misterio eucarístico, la fuerza de la gracia de comunión que brota del misterio eucarístico busca ponerse en sintonía en todas sus partes para ponerse en relación a Dios que nos quiere bien. Y desde allí, integrados, ser capaces de comunicar el proyecto de Dios que es nuestra felicidad completa. Dios no ha venido a desintegrarnos sino a constituirnos conforme a la semejanza con Él.

Somos convocados a unirnos y darle mayor armonía a nuestro ser desde la comunión. Sólo es posible cuando sentimos en lo más hondo de nuestro ser que Dios nos declara la presencia de su amor que nos integra y nos quiere como testigos de ese amor.

Es el amor quien nos convoca y nos une

Desde hace algunos días vengo rezando con la canción de Cinema Paradiso de Josh Groban. Imaginate que Dios te canta esta canción de amor a vos:

Si estuvieras en mis ojos por un día / verías la belleza que llena de alegría / Que encuentro dentro de tus ojos / Ignoro si es magia o realidad.

Si estuvieras en mi corazón por un día / podrías tener una idea / de qué es lo que siento / cuando me abrazas fuerte a vos / y pecho a pecho, nosotros / respiramos juntos.

Protagonista de tu amor / no sé si será magia o realidad.

Si estubieras en mi alma un día / sabrías lo que siento en mí / que me enamora / desde aquel instante junto a vos / Y hay que probar y solamente amar.

Esto es lo que Dios nos dice cuando comulgamos, y descubrimos que estamos en el lugar al que pertenecemos, Dios. Toda la tarea que podemos hacer en trabajar por una mayor armonía en nosotros mismos, brota de esta consciencia interior de que Dios nos habita dentro nuestro con la fuerza del amor capaz de hacer nuevas todas las cosas.

Yo nosé si la fuerza de amor frente a mí me pone frente a una realidad o es algo mágico. Cuando nos ponemos de cara al amor de Dios nos pasa no saber si es real o no. Dios se encarga de mostrarnos que es realidad, sólo hay que dar tiempo a que aparezcan los signos. Hay que animarse a dejarse tomar por la fuerza del amor de Dios, el único capaz de transformar la realidad. A la hora de cambiar no nos alcanza la metodología, ni la disciplina, ni los proyectos y aún cuando todo sea necesario no es suficiente. Se requiere una fuerza que impulse esta tarea, y esta es la que da la gracia del amor de Dios que nos da capacidad de sostener la tarea. Cuando obramos desde este lugar la vida se nos hace con una carga “llevadera”, como dice Jesús. “Mi yugo es liviano y mi carga es ligera”.

A veces sentimos que lo que hacemos es demasiado pesado. Necesitamos de esta presencia del amor de Dios. Cuando hay un amor importante en el escenario de nuestra vida, y cuando este amor es eterno, todo se hace posible y llevadero.

Hay como una dimensión de invisivilidad de la experiencia de unidad y comunión. Cuando uno interiormente puede registrar que dentro suyo hay ruido y tiene dimensiones de la vida personal descentradas, a la larga en lo de todos los días esto aparece y uno, sin quererlo, puede también comunicar ruidos hacia afuera. Trabajar adentro de sí mismo y hacia afuera es una permanente tarea para ser testigos del amor de Dios que busca ser uno con nosotros para unir a todos con Él. Es el sueño del Padre que seamos uno, es decir, que la humanidad viva bajo el signo de la fraternidad.

El trabajo en la propia naturaleza y el trabajo en la realidad, son dos aspectos que se entremezclan. Sin duda, el personal tiene primacía sobre el otro porque es este el que nos permite actuar hacia afuera.

¿Cómo se construye la unidad interior?

Por la escucha atenta de nosotros mismos, es decir, por aprender a registrarnos interiormente. Tener registro de sí mismo no significa estar viéndonos al pupo todo el tiempo. Cuando uno interactúa con otros y con la realidad, uno puede verse a sí mismo. ¿Cuánto colabora lo que digo o lo que no digo a la construcción de la unidad? Cuando yo señoreo sobre mí mismo, aún siendo defectuoso, puedo interactuar con la realidad de una manera positiva y agregar valor al conjunto social.

A veces la espiritualidad despierta en nosotros como un exagerado enamoramiento de lo que se mueve dentro de nosotros y del hecho de estar frente a Dios y perdemos registro de lo que acontece en la realidad. Entonces la espiritualidad se vuelve en espiritualismo, y la falta de registro de lo exterior repercute en lo de adentro. Suele pasar cuando despertamos a la vida espiritual.

Dios nos quiere despertando a nuestra propia interioridad pero interactuando con otros, ayudando a despertar su interioridad.

Padre Javier Soteras