Martes, 10 de octubre de 2017

La alegría del encuentro despierta un canto de vida

Martes, 10 de octubre de 2017
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Maria (3)

10/10/2017 –  María es la primera misionera, y con ella queremos salir al encuentro de los hermanos que necesitan de su visita y de su presencia.

 

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: « ¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

Lc 1,39-45

Queremos compartir con María su alegría que llega a nuestro encuentro por su presencia sencilla y silenciosa en la visita que hace en la Palabra de Dios, que actúa, viva y eficaz. María ha salido. Su peregrinar no se demora.

El niño, dice Isabel, saltó de alegría ante la presencia y el saludo de María que va cargado de la Palabra que toma su voz. Se hace con su sola presencia, mensaje que anuncia. Nos detenemos, como se detuvo Isabel ante el saludo de María, y pudo con ella, cantar la grandeza de Dios expresada en lo simple de un saludo.

María es el arca de la nueva alianza. La que se hace presente en la casa de Isabel y en tu casa. La que se hace presente en medio nuestro. Nosotros, como Isabel, repetimos “¿Quiénes somos para que la Madre del Señor venga a visitarnos en este tiempo?” Somos los hambrientos y sedientos de Dios, los buscadores de su presencia, los que clamamos de día y de noche, los que tenemos la expectativa de que algo tiene que ocurrir más allá de lo que pasa ahora.

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María, simple y peregrina, anuncia la novedad de la vida que trae en su seno. Lo hace hoy para llenarnos el corazón de gozo y de alegría, esas pequeñas alegrías y gozos que van despuntando en el alma. Que van haciéndose presente en el corazón y que forman parte de lo nuevo con lo que Dios nos quiere ver construyendo y haciendo del mundo en el que vivimos, un mundo distinto. Sólo desde la alegría y desde el gozo que fortalece nuestra esperanza, podemos sostenernos en la lucha de la espera de un tiempo nuevo que vendrá, y del cual, estamos llamados a ser protagonistas. No espectadores, sino hacedores por la gracia de Dios.

Nosotros queremos hacerle un lugar propio a esta visita. No queremos que pase de largo, sino que se quede y permanezca con nosotros. María es una con el misterio que lleva dentro de su seno. Es carne de su carne, es su hijo. María nos pide que le hagamos un lugar como lo hizo David con el arca de la antigua alianza.

Digamos sencillamente a María: “¿quiénes somos nosotros para que nos visite con su ternura y nos acaricie el alma con su presencia la Madre del Señor? ¿Quiénes somos nosotros para recibir este mensaje de paz y de alegría?”. María cantó la grandeza del Señor. Ella ha querido detener su mirada en esta grandeza, y también en nosotros, para hacernos participar de la alegría del tiempo nuevo que Dios quiere inaugurar. Es un momento para detenernos a mirar el lado positivo de lo que nos toca vivir y animarnos desde ese lugar simple y sencillo, a construir desde la esperanza. Ella, que es lucha cotidiana del tiempo nuevo del que se espera que seamos partícipes y no meros espectadores, protagonistas y no como quienes ven pasar la historia. Es desde la alegría y desde el gozo, aceptado y vivido como regalo de Dios, desde donde se puede hacer de la vida una fiesta feliz.

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María nos despierta la alegría

María viene a despertar en nosotros esa alegría. Ella viene a decirnos que está contenta y feliz de llevar en su seno a su hijo, después de haber sufrido y padecido en las sombras el anuncio del ángel y quedar embarazada de Dios por obra del Espíritu Santo. María una vez que ha pasado esta sorprendente y desconcertante presencia de Dios que la ha visitado, visita y comparte lo que tiene en su corazón. En el compartir su alegría, la contagia. Ésta comienza a develarse cuando un acontecimiento de la presencia de Dios nos visita. También en la comunicación de la alegría, se aumenta la luz que comenzó a iluminarnos por ese gozo de la presencia. Se acrecientan las razones que nos asisten para vivir la felicidad.

María es la que sale a nuestro encuentro. Ahora, no visita a Isabel, nos visita a nosotros para decir: “Alégrense conmigo”. Dios viene a rescatarnos de la oscuridad y de la tristeza, a sacarnos de la angustia, y traernos la paz y el consuelo. Dios que viene a poner de pie a los que están caídos, y en su lugar, a los que pensaban que eran algo demasiado importante. Es María la que pone las cosas en su lugar y quien acomoda la historia con la presencia de su Hijo que viene a poner en orden todas las cosas.

Padre Javier Soteras