viernes, 10 de abril de 2015

La alegría, vehículo del anunciador

viernes, 10 de abril de 2015
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10/04/2015 – En el espacio de “Palabras de Vida” en el programa Entre Nosotros, el P. Ángel Rossi habló sobre la alegría como condición para el anuncio del Resucitado.

“La gracia propia de este tiempo es el gozo y la alegría. El testigo cristiano da razón del resucitado con su vida. Sus gestos, su alegría, su serenidad en el dolor y en la prueba, su modo de amar, su capacidad de perdonar, su respeto por las personas, su caridad con los pobres, su oración personal y litúrgica son su testimonio de que Cristo ha resucitado” comentó el sacerdote jesuita.

Además, aclaró que el testimonio para que sea cristiano le es esencial el gozo que para nosotros no es un privilegio ni una yapa, sino que es necesidad y obligación, es el vehículo esencial del anuncio evangelio. El anuncio del evangelio debe ser dado en alegría porque el gozo del anunciador será el elemento que seduce, que interpela, que le da credibilidad al mensaje y provoca en el que escucha la convicción de que este anuncio por lo que se ve en su rostro y en sus gestos vale la pena, es efectivo y es realmente buena noticia.

“Llama la atención ver en los relatos del evangelio cuánto le costó al Señor consolar a los discípulos, sacarlos de su tristeza, animarlos al anuncio gozoso de la resurrección. Cristo fue tan paciencia en su vía crucis como en la Resurrección que durante 40 días los buscó a los discípulos y a su gente personalmente” aclara el P. Ángel Rossi. 

Allí contó cómo con cada uno, según el cardenal Martini, tuvo una pedagogía particular de acuerdo con la circunstancia y el modo de ser de cada uno. Por ejemplo, a Magdalena, la afectiva, nombrándola con ternura; a Juan, el intuitivo, por medio de la piedra corrida y la sobreabundancia de la pesca; a Pedro en su lentitud le dejó los lienzos y el sudario doblado, lo hizo participar de la pesca milagrosa y le envió a Juan para que le dijera en la pesca “Pedro, es el Señor” y Jesús le preparó aquél delicado desayuno y después lo llamó aparte para conversar. Tenía que hacer que aquél hombre todavía herido por la triple negación de su traición se curase con un triple sí, “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, va a decir Pedro. Y a los discípulos encerrados, muertos de miedo se les manifiesta vulnerando sus puertas cerradas y pacificándolos. Con los discípulos de Emaús va a tener que caminarse unos cuántos kilómetros para ir calentándoles el corazón y finalmente lo puedan reconocer al partir el pan. Con Tomás, el escéptico, tiene que redoblar los gestos, y cuando aquél vuelve a la comunidad, lo llama y le concede su capricho: “Toca, mete la mano en mi costado”.

Alegría (2)

Von Baltasar en “El corazón del mundo” escribe a Tomás, parafraseando a Jesús, reclamándole que se ha atrincherado en su tristeza y lo invita a hacerse cargo del gozo de la resurrección:

Acércate también tú, Tomás, levántate de la caverna de tus dolores, pon tu dedo aquí y mira mi mano; extiende tu mano y ponla en mi costado: y no imagines que tu ciego dolor es más penetrante que mi gracia. No te fortifiques en el castillo de tus sufrimientos. Naturalmente crees que tu vista es más aguda que la de los demás, tú tienes pruebas en la mano, no quieres que nadie te dé gato por liebre, y todo en él grita: ¡Imposible! Tú ves el abismo, puedes medirlo con el metro, el margen que hay entre la mala acción y la expiación, entre tú y yo. ¿Quién va a querer luchar contra semejante evidencia? Tú te retiras a tu luto, por lo menos éste es tuyo; con la experiencia de tu sufrimiento sientes que vives. Y si alguien pusiera su mano sobre ese sufrimiento, y tratara de arrancar sus raíces, arrancaría a la vez todo tu corazón del pecho – tanto te has identificado con tu dolor.

Sin embargo, yo he resucitado. Y tu prudente y viejo dolor, en el que te sumerges, en el que imaginas mostrarme tu fidelidad, en el que crees estar junto a mí, es muy anacrónico. Pues hoy me siento joven y feliz. Y lo que tú llamas tu duelo no es más que obstinación. ¿Tienes una medida en tu mano? ¿Es tu alma el criterio de lo que es posible para Dios? ¿Es tu corazón lleno de vacilaciones el reloj en el que puedes leer el designio de Dios sobre ti? Es incredulidad lo que tú tienes por sentido profundo. Pero ya que estás tan lastimado y el patente tormento de tu corazón se ha abierto hasta el abismo de tu propio ser, dame tu mano y siente con ella el latido de otro corazón: en esta nueva experiencia tu alma se entregará y la sombría amargura autoalimentada se quebrará. Tengo que vencerte. No puedo menos de exigirte lo más querido que tienes, tu melancolía. Sácala de ti, aun cuando te cueste el alma y parezca que vayas a morir. Expulsa de ti ese ídolo, ese cascote frío de tu pecho, y en su lugar pondré en ti un corazón de carne, que latirá de acuerdo con mi propio latido. Saca de ti ese yo, que vive por no poder vivir, que está enfermo porque no puede morir: deja que perezca, así por fin podrás empezar a vivir. Estás enamorado del triste enigma de tu incomprensibilidad, pero a ti se te ve y se te comprende, pues mira: si tu corazón te acusa, piensa que soy mayor que tu corazón y lo sé todo.

Anímate a saltar a la luz, no pienses que el mundo es más profundo que Dios, no pienses que no sabré arreglármelas con él. Tu ciudad está cercada, tus provisiones están agotadas: tienes que rendirte. ¿Qué es más sencillo y más dulce que abrir las puertas al amor? ¿Qué es más fácil que caer de rodillas y decir: Señor mío y Dios mío?