Los hombres responden a Dios

lunes, 22 de mayo de 2017
image_pdfimage_print

rezar22

22/05/2017 – En esta catequesis, a partir del catecismo de la Iglesia católica, reflexionamos en torno a la fe y cómo el hombre puede responder a la iniciativa amante de Dios.

“Ahora bien, la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven”.
Hebreos 11,1

¿Cómo podemos responder a Dios cuando él se dirige a nosotros?

Responder a Dios es creer en él. [142-149]

Quien quiera creer necesita “un corazón atento” (1 Re 3,9). Dios busca de muchas maneras establecer contacto con nosotros. En cada encuentro humano, en cada experiencia conmovedora en la naturaleza, en cada aparente casualidad, en cada reto, en cada dolor, está escondido un mensaje de Dios para nosotros. De manera más clara aún nos habla cuando se dirige a nosotros en su Palabra o en la voz de la conciencia. La conciencia, dice el Concilio Vaticano II, es el sagrario donde Dios vive. 

Nos habla como a amigos. Por ello debemos responderle también como amigos y creer en Él, creer totalmente en Él, aprender a comprenderle cada vez mejor y a aceptar sin reservas su voluntad. Esto es una gracia, y no se puede si no somos asistidos sobrenaturalmente por Dios.

 

¿Qué es la fe?

La fe es saber y confiar. Tiene siete rasgos:

-La fe es un puro don de Dios, que recibimos, si lo pedimos ardientemente. “Señor, que crea”.
-La fe es la fuerza sobrenatural que nos es necesaria para obtener la salvación, para que Dios en Cristo Jesús, por su muerte y resurrección nos rescata, nos redime y nos santifica.
-La fe exige la voluntad libre y el entendimiento lúci­do del hombre cuando acepta la invitación que Dios nos hace.
-La fe es absolutamente cierta, porque tiene la garantía de Jesús. La fe es incompleta mientras no sea efectiva en el amor. “Muéstrame tu fe sin obras que yo por mis obras te mostraré mi fe”
-La fe aumenta si escuchamos con más atención la voz de Dios y mediante la oración estamos en un intercambio vivo con Él.
-La fe nos permite ya ahora gustar por adelantado la alegría del cielo. [153­165, 179­180, 183­184]

Muchos dicen que creer les parece poco, que quieren saber. Pero la palabra “creer” tiene dos significados diferentes: cuando un paracaidista pregunta al empleado del aeropuerto “¿Está bien preparado el paracaídas?”, y aquél le responde, indiferente: “Creo que sí”, no será suficiente para él; esto quiere saberlo seguro. Pero si ha pedido a un amigo que le prepare el paracaídas, éste le contestará a la misma pregunta: “Sí, lo he hecho personalmente. ¡Puedes confiar en mí!”. Y el paracaidista replicará: “Te creo”. Cuando Dios en amistad nos muestra los caminos a recorrer hacia adelante, Él nos hace saber lo que nos muestra, de alguna manera, entre sombras, para que aparezca nuestra adhesión. Es la fe de Abraham, “sal de tu tierra, ve a la tierra que te muestro, te haré padre de una multitud”. Algo ve Abraham en el embarazo de Sara, pero no se ve todo.

La fe parte de una voluntad firme, de confianza en la amistad de Dios que muestra el camino. La fe un camino a recorrer con gracia de Dios y con voluntad humana.

 

¿Cómo funciona la fe?

Quien cree busca una relación personal con Dios y está dispuesto a creer todo lo que Dios muestra (revela) de sí mismo. [150-­152]

Al comienzo del acto de fe hay con frecuencia una conmoción o una inquietud. El hombre experimenta que el mundo visible y el transcurso normal de las cosas no pueden ser todo. Se siente tocado por un misterio. Sigue las pistas que le señalan la existencia de Dios y paulatinamente logra la confianza de dirigirse a Dios en términos personales y finalmente de adherirse a él libremente. En el evangelio de san Juan leemos: “A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). Por eso debemos creer en Jesús, el Hijo de Dios, si queremos saber qué nos quiere comunicar Dios. Por eso creer es darle la bienvenida a Jesús en nuestra propia existencia.

 

Dios como el azúcar

Un día la profesora preguntó a los niños quien sabía explicar quien era Dios.
Uno de los niños levantó la mano y dijo:
“ Dios es nuestro Padre. El hizo la tierra, el mar y todo lo que està en ella. Nos hizo como hijos de El.”
La profesora, buscando màs respuestas, fue màs lejos:
“ ¿Cómo saben que Dios existe si nunca lo vieron?” Todo el salón quedó en silencio…
Pedro, un niñito muy tímido, levantó sus manitas y dijo:
“ Mi madre dice que Dios es como el azúcar en mi leche que me hace todas las mañanas, yo no veo el azúcar que està dentro de la taza mezclada con la leche, mas si no la tuviera no tendría sabor…
Dios existe, El està siempre en medio de nosotros sòlo que no lo vemos, pero si el se fuera nuestra vida quedaría sin sabor” La profesora sonrió y dijo:
“ Muy bien Pedro, yo les enseñé muchas cosas a ustedes, mas hoy tu me enseñaste algo màs profundo que todo lo que yo ya sabía. ¡Ahora sé que Dios es nuestra azúcar y que està todos los días endulzando nuestra vida!”
Le dio un beso y salió sorprendida por la respuesta de aquel niño.

La sabiduría no esta en el conocimiento sino en la vivencia de Dios en nuestras vidas. Teorías existen muchas, pero dulzura como la de Dios aun no existe ni en los mejores azucares.

 

¿Hay contradicción entre la fe y la ciencia?

No hay una contradicción irresoluble entre fe y ciencia, porque no puede haber dos verdades. [159]

No existe una verdad de la fe que pudiera estar en conflicto con una verdad de la ciencia. Sólo hay una verdad, a la que se refieren tanto la fe como la razón científica. Dios ha querido tanto la razón, mediante la cual podemos conocer las estructuras razonables del mundo, como ha querido la fe. Por eso la fe cristiana fomenta y potencia las ciencias (naturales). La fe existe para que podamos conocer cosas que, aunque no son contrarias a la razón, sin embargo son reales más allá de la razón. La fe recuerda a la ciencia que no debe ponerse en el lugar de Dios y que tiene que servir a la creación. La ciencia debe respetar la dignidad humana en lugar de atacarla.

 

¿Qué tiene que ver mi fe con la Iglesia?

Nadie puede creer por sí solo, como nadie puede vivir por sí solo. Recibimos la fe de la Iglesia y la vivimos en comunión con los hombres con los que compartimos nuestra fe. [166-­169,181]

La fe es lo más personal de un hombre, pero no es un asunto privado. Quien quiera creer tiene que poder decir tanto “yo” como “nosotros”, porque una fe que no se puede compartir ni comunicar sería irracional. Cada creyente da su asentimiento libre al “creemos” de la IGLESIA. De ella ha recibido la fe. Ella es quien la ha transmitido a través de los siglos hasta él, la ha protegido de falsificaciones y la ha hecho brillar de nuevo. La fe es por ello tomar parte en una convicción común. La fe de los otros me sostiene, así como el fuego de mi fe enciende y conforta a otros. El “yo” y el “nosotros” de la fe lo destaca la Iglesia empleando dos confesiones de la fe en sus celebraciones: el credo apostólico, que comienza con “creo” (CREDO) y el credo de Nicea-Constantinopla, que en su forma original comenzaba con “creemos” (Credimus).

 

¿Para qué necesita la fe definiciones y fórmulas?

En la fe no se trata de palabras vacías, sino de una realidad. A lo largo del tiempo se condensaron en la Iglesia fórmulas de la fe, con cuya ayuda contemplamos, expresamos, aprendemos, transmitimos, celebramos y vivimos esa realidad. [170-174]

Sin fórmulas fijas el contenido de la fe se disuelve. Por eso la Iglesia da mucha importancia a determinadas frases, cuya formulación precisa se logró en la mayoría de los casos con mucho esfuerzo, para proteger el mensaje de Cristo de malentendidos y falsificaciones. Las fórmulas de la fe son importantes especialmente cuando la fe de la Iglesia se traduce a las diferentes culturas y sin embargo tiene que mantenerse en su esencia. Porque la fe común es el fundamento de la unidad de la Iglesia.

Padre Javier Soteras

Material elaborado en base a los puntos 14-170 del Catecismo de la Iglesia Católica