Jueves, 4 de mayo de 2017

Nuevos caminos para la misión

Jueves, 4 de mayo de 2017
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Mision
04/05/2017 – El Padre Alejandro Puiggari en la catequesis invitó a reflexionar en torno a la misión y cómo estar y acompañar en procesos de anuncio del evangelio.

 

El Ángel del Señor dijo a Felipe: “Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto”. El se levantó y partió. Un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía, sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías.

El Espíritu Santo dijo a Felipe: “Acércate y camina junto a su carro”. Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: “¿Comprendes lo que estás leyendo?”. El respondió: “¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?”. Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él.

El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente: Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?

El etíope preguntó a Felipe: “Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?”. Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús. Siguiendo su camino, llegaron a un lugar donde había agua, y el etíope dijo: “Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado?”. Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó.

Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor, arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino.
Felipe se encontró en Azoto, y en todas las ciudades por donde pasaba iba anunciando la Buena Noticia, hasta que llegó a Cesarea.

Hc 8, 26-40

El Señor nos invita con esta lectura hoy a también ponernos en camino como Felipe, el diácono. Pedimos al Señor que sea Él quien guíe nuestros caminos. Así como lo hizo con Felipe: “Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto”. El Señor lo llevó hacia una periferia, un desierto donde había un alguien que necesitaba de su Palabra y de su presencia. 

El Papa Francisco en una homilía, comentando sobre este texto de la Palabra, decía que “existen a veces actitudes negativas que oscurecen la docilidad a la llamada del Señor. (…) Actitudes negativas que se concretan en la Iglesia cuando la «burocracia» la convierte en algo semejante a «una empresa que fabrica impedimentos que alejan a la gente de los sacramentos».

Ese hombre, el etíope, volvía de Jerusalén pero se volvía con una inquietud. Ese hombre se volvía solo pero necesitaba ser acompañado. Y entonces comenzó el diálogo. El Espíritu Santo le pide a Felipe “Acércate y camina junto a su carro”. El estilo de evangelización es caminar juntos, caminar con. “Por lo tanto, dice el Papa Francisco, se necesita «perder tiempo con la otra persona porque esa persona es la que Dios quiere que tú evangelices». Y es importante también, que el diálogo se establezca con la persona «tal como es ahora» y «no como debe ser»”. 

Transitar nuevos caminos: ese es el desafío de hoy. Nuevos caminos, pero sin dejar lo que ya venimos haciendo. No solo ser la parroquia del barrio sino ser parroquia en el barrio; ser parte de los reclamos de justicia ante el dolor; preocuparnos por el bien común y meternos en cada uno de los laberintos de la existencia humana. 

Es el Espíritu el que nos saca de nuestros caminos habituales y nos lleva por otros. “Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto”, dice el Señor a Felipe. Y luego lo invita a acercarse para caminar junto al carro. No podemos caminar junto a otro si lo hacemos a distancia. Pidamos la gracia de dejarnos sorprender por Dios.

¿Hay docilidad en nuestro corazón? ¿Nos dejamos acompañar por el Espíritu, somos dóciles a sus susurros?

Los catequistas, dice ….., tendríamos que meditar más sobre este texto de Jerusalén a Gaza. Hoy la Iglesia tiene el desafío de una pastoral signada por el Espíritu Santo. No va a haber nuevos caminos si estamos encerrados, si tenemos miedo al Espíritu. Felipe es invitado a transitar por un camino desértico. La Iglesia en salida no implica una “iglesia exitosa”, ni una iglesia con mucha gente. El número no marca el éxito o no. 

A veces transitar nuevos caminos es visitar a la abuela que está sola, o quizás acercarse a los dos chicos que no pueden ir a la catequesis el sábado y proponer otra alternativa. El camino desértico representa la historia que a veces tenemos que ir a contracorriente. Caminar por el desierto sin perder el ánimo. Puede suceder que el caminar por el desierto, salga la aridez espiritual y de ahí el corazón avinagrado. Esto implica caminar por el desierto animados por el Espíritu, con el gozo de seguir sus caminos.

En esta ruta desierta, Felipe es sorprendido por una presencia. El hombre estaba leyendo el texto del profeta Isaías. Ante la situación insólita, la delicada pregunta que muestra un deseo de dialogar “¿comprendes?”. Saber escuchar es dejarle al otro que me pueda contar lo que le pasa y que broten de él las respuestas. Cuando compartimos el camino con otro no lo llenamos de avisos parroquiales sino que nos preocupamos por el otro y su procesos. 

Acercarse y caminar al lado

“¿Cómo lo puedo entender si nadie me lo explica?” dice el Etíope. Felipe no comienza a hablar a toda velocidad, sino que se sube al carro y se sienta junto a él. Antes de ponerse como profesor, Felipe se hace hermano de camino. Ese es el estilo de Dios, y es el estilo que tenemos que tener como Iglesia: saber caminar, saber escuchar y ser parte del camino del otro.

El contacto vivo con la Palabra de Dios es de los frutos más ricos del Concilio Vaticano II. Si hay algo que le tenemos que pedir al Señor es nunca dejarnos dominar por el pesimismo. Y creo que la mejor vacuna contra el pesimismo es la Palabra de Dios. 

El diácono Felipe nos enseña a tener esta capacidad: primero está pasivo, camina al lado, pregunta y después sube y se sienta al lado. Y dice el texto que “entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús”. No sabemos qué le dijo, pero lo que sí sabemos es que no fueron normas morales sino que le hizo presente el acontecimiento de vida que tiene un nombre: Jesús, el hijo de Dios, hecho carne. No le vendió un Jesús light, sino que fue a partir de lo que el Eunuco estaba leyendo, el siervo sufriente.

Felipe para poder anunciar escuchó por dónde esta el Eunuco, con qué rezaba, cuáles eran sus inquietudes. Nosotros traducimos el evangelio a partir de una situación concreta que la persona está viviendo. La catequesis acompaña y permite celebrar los sacramentos, no son una aduana.

Dice el texto que “Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor, arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino”. Ese es el buen evangelizador, el que hace su trabajo y después desaparece para darle lugar al Señor. No se queda enquistado generando dependencia. Es instrumento y desaparece.