Programa 5: “La herida abierta entre Dios y el hombre”

jueves, 19 de abril de 2007
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Bloque 1:
 
Cuando en nuestro mundo interior –ya sea desde lo humano o desde la fe- hablamos de nuestras propias “sombras” o el “punto débil” o el “talón de Aquiles” o de lo “inconsistente” de nuestra propia personalidad, se utiliza a menudo la imagen de la herida como esa zona de nuestra mayor vulnerabilidad, la fragilidad constitutiva que llevamos dentro y que en cada uno se expresa de manera distinta.

Hoy hablaremos con una metáfora, nombrando una realidad con una expresión alusiva a otra. La metáfora es la “herida”. Reflexionaremos sobre nuestra propia herida del alma y de la vida.

El maravilloso escritor Jorge Luís Borges decía que todo vocablo a es una metáfora: Cada palabra sugiere muchas otras a partir de los lazos y las asociaciones que crean entre sí.

Contemplaremos la herida del hombre y ensayaremos una nueva mirada sobre Dios, ya que lo descubriremos –también a Él- como un Dios herido. En el Crucificado vemos abiertas todas las heridas de Dios.

Nos acercaremos a la herida de Dios y al Dios herido: Encontrando a Dios -aunque “sea a tientas” (Hch 17,27)- en la herida del hombre y en las grietas del mundo.

Desde la metáfora de la “herida” sugeriremos relaciones entre la espiritualidad y el crecimiento en la madurez humana a partir de la fragilidad del propio yo intentando su propia consolidación y afirmación.

Desde esta perspectiva miraremos al Dios Encarnado y herido; al hombre frágil, caído y redimido; al mundo lastimado y a la Iglesia necesitada siempre de purificación.

Esta “mística de la herida” no es una espiritualidad pesimista y derrotista. Una exaltación del fracaso o una glorificación del “antihéroe perdedor”. Tampoco es una revitalización de la mortificación y el rigor. No es una tendencia masoquista y culpógena o una negación del cuerpo. Al contrario, la herida expone el cuerpo y su vulnerabilidad como lugar donde también se “refugia” Dios. Basta recordar la hermosa del Evangelio de Juan donde Jesús Resucitado muestra sus heridas a Tomás y lo invita a ingresar a ellas mediante el contacto físico que le suscitará la fe (Cfr. Jn 20,24-31). La “herida” del Señor será el único “puente” entre su muerte y su resurrección

La espiritualidad de herida es – por lo mismo- realista, esperanzadora y dramática a la vez; asume los aprendizajes del sufrimiento y de las noches oscuras como caminos de luz sin que por eso se piense que el itinerario hacia Dios pasa de manera exclusiva por la arista aguda del dolor.

La “sabiduría de la herida” nos revela el amor de Dios y al Dios que es amor, el cual concede su gracia no “a pesar de” la herida sino “en virtud de” la herida que cada uno tiene. Sólo así la “herida mortal” se vuelve “herida vital”: La “herida de muerte” se convierte y se revierte en “herida de gracia”. Aprendamos de Jesús que tiene en su misma carne la herida de Cruz, la herida cicatrizada que queda, como marca imborrable, también en su Resurrección.
Bloque 2:

Hay un poema muy bello del autor español Miguel Hernández (1910-1942) que dice: “Para vivir, con un pedazo basta. / En un rincón de la carne cabe un hombre. / Un dedo sólo, un trozo sólo de ala/ alza el vuelo total de todo el cuerpo”.[1] “Estoy herido, mírenme: Necesito más vidas. / La que contengo es poca para el gran cometido/ de sangre que quisiera perder por las heridas. / Digan, ¿quién no fue herido?/ Mi vida es una herida…/ ¡Ay, de quien no esté herido, de quien jamás se siente/ herido por la vida, ni en la vida reposa/ herido! …”[2]

Aquí el poeta habla desgarrada y hermosamente, como sólo a los poetas le es concedido hacerlo, de sus heridas personales.

Si tuviera que elegir un texto clásico, donde de algún modo se aludiera a las heridas de la condición humana, tomaría el famoso monólogo del Príncipe de Dinamarca del drama escrito por Shakespeare.

Es Hamlet el que describe la herida de la condición humana cuando afirma: “Ser o no ser, ésa es la cuestión. ¿Qué es más digno, sufrir los golpes de una injusta suerte u oponerse a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia? Morir, dormir. ¿No hay nada más? ¿Es por el sueño de la muerte que las aflicciones se acaban y terminan los innumerables dolores, patrimonio de nuestra débil naturaleza?… Este final deberíamos desearlo con ansias. Morir es dormir… tal vez, soñar. Sin embargo, lo sentimos como un gran obstáculo. El imaginarnos los sueños que podrán ocurrir en el silencio de la muerte se vuelve una razón muy poderosa como para detenernos. Esta consideración es lo que hace que nuestra infelicidad sea tan larga. Sino fuera por esto, ¿quién aguantaría la lentitud de justicia, la insolencia de los poderosos, los atropellos indignos que reciben pacíficamente los hombres buenos, las angustias de un amor no correspondido, las injurias y los achaques que vienen con el paso del tiempo, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? … ¿Quién podría tolerar tanta opresión -sudando y quejándose bajo el peso de las molestias de la vida- sino fuese por el presentimiento de que existe alguna cosa más allá de la muerte, aquél país desconocido de cuyos límites ningún caminante ha regresado. Sin embargo, nos llenamos de dudas, sufriendo los males que nos rodean, buscando otras convicciones de las que no alcanzamos un conocimiento seguro. Esto nos hace a todos cobardes, debilitando el valor en prudencia y -por esta sola consideración- los proyectos más importantes cambian, no se ejecutan y se reducen a vanos anhelos”.[3]



[1] M. Hernández, Poema “El tren de los heridos” en El hombre acecha. Obra Escogida. Poesía/Teatro. Madrid-Buenos Aires-México 1958, 188.

[2] M. Hernández, Poema “El herido”, Ibíd. 188-189.

[3] W. Shakespeare. Hamlet, Act. III. Escena IV.

Bloque 3:

El filósofo y poeta español, Don Miguel de Unamuno ensalza la herida de Dios, la llaga del costado de Jesús diciendo: “Veta de fuego ese rubí que al ámbar / de tu pecho encandece; de la hoguera / que acendró tu pasión, respiradero; / surtidor donde el alma que en páramo / va perdida; su sed de Dios apaga; / del Dios viviente y del Amor gotera/ que horada hasta el más duro corazón”[1]. “No grietas, ni resquicios de una ruina / tus heridas”[2]sino “salud y sanidad y lozanía”[3]

Hermosas son las imágenes que utiliza para la descripción de la herida: “veta de fuego”; “rubí” (aludiendo al color de la sangre) que -junto a las insinuaciones del fuego- evocan la pasión del amor en sus dos sentidos: vehemencia y sufrimiento.

El poeta le canta a la salud de las lesiones que brotan de la carne del Crucificado: Las heridas del Hijo son “rendijas” por donde Dios, escondido, nos mira y nos da su oculta bendición.

Estos textos nos hacen considerar que los poetas, han escrito, de variadas maneras, sobre el enigma de la herida de nuestra condición y también sobre la herida de Dios.

El ensayista, novelista y poeta argentino, Sergio Kovadloff afirma: “Poder con la herida es no empeñarse en encubrir. El mundo se afana por ocultar. Hay mucho en nosotros que combate por un aspecto impecable. Uno se expresa para exponerse. Las palabras sufren los efectos de su trágico cotidiano. Si lo hace con la finalidad de exhibir la herida, puede ser que logre expresarse, pero si lo hace con la finalidad de encubrir la herida, entonces traslada un enmascaramiento que trata de sostener por adentro”.

Para este autor, la herida de cada uno se expone en todo aquello que expresamos De nada sirve el ocultamiento o el enmascaramiento de simulación de la herida cuando la vida y Dios se encargan de hacerla visible. Jesús Resucitado, el Señor de la Gloria expone sus heridas para ser vistas y palpadas. Ése será el camino de la Redención: Aceptar para transfigurar.

Miguel Hernández dice que hay tres heridas fundamentales: “La de la vida, la del amor y la de muerte”. Yo agregaría una cuarta: La de Dios. Excepto que la “herida de Dios” esté contenida también en la herida de la vida, en la herida del amor y en la herida de la muerte. Para encontrarse con Dios habrá que dar con la propia herida. En nuestra herida y desde ella hallamos al Dios herido de amor por nosotros. En el encuentro con Dios la herida de vida, muerte y resurrección no puede sino ser la “herida de amor”.

Para nosotros la herida no es otra realidad que la vida misma -con sus filosas aristas- en el desafío constante de empezar de nuevo.



[1] Ibíd. “XXII. La llaga del costado”en El Cristo de Velázquez. 773.

[2] Ibíd. “II. Salud” en El Cristo de Velázquez. 788.

[3] Ídem.

Bloque 4:

San Juan de la Cruz es un “Maestro de la herida”, el concibe que el encuentro con Dios es como un desposorio en el cual quedan “marcas” en el alma: “¡Oh llama de amor viva /que tiernamente hieres/ de mi alma en el más profundo centro! / Pues ya no eres esquiva, / acaba ya, si quieres rompe la tela de este dulce encuentro / ¡Oh cauterio suave! / ¡Oh regalada llaga! …”[1]

La “llama” del fuego del amor divino que -dulce y tiernamente- hiere el alma en su centro es una herida gloriosa que beneficia, cauteriza y cura. La herida del amor otorga el secreto y la marca de una llaga que le es regalada. Dice Juan de la Cruz: “En soledad de amor herido”[2]

: “Como el ciervo huiste /habiéndome herido”[3]; “¿Por qué has llagado/ este corazón y no lo sanaste?”[4]; “No llora por haberlo el amor llagado/ no lo apena verse así afligido/ aunque en el corazón está herido / más llora por pensar que está olvidado/ … y el pecho -por su amor- muy lastimado”[5].

Esta “herida del amor” no es sólo para el amor con Dios, también es una experiencia que encuentra paralelo en el desgarramiento de muchos amores humanos..

El escritor español, Antonio Gala igualmente se cuestiona, afirmando: ¿Quién es el dueño de la herida: el que la causa, o el que la padece? ¿No son los dos acaso caras de una misma moneda? O quizá el dueño es el sentimiento que les clava su dardo. ¿Quién ama, quién es amado y el amor? : ¿Ese arquero que los llaga a ambos?; ¿Ese puente levadizo en que se encuentran y se desencuentran?… El dueño de la herida es el verdugo y es la víctima; es el idólatra y es su ídolo; pero, sobre todo, aquello que los vincula o los enfrenta, sea cual sea su nombre. Porque hay amores que no saben el suyo verdadero”[6]

Para dar con el nombre verdadero del amor, hay que bucear la propia debilidad y explorar la insondable herida del amor. Los suaves amores espirituales o los lastimados amores humanos pasan por la “herida” y, cada uno a su manera, nos invitan a acercarnos a las “fronteras” de Dios. Desde la herida descubriremos una renovada imagen de Dios: Un Dios débil, su omnipotencia es su impotencia; su misericordia es su vulnerabilidad.

El Antiguo Testamento nos regala un pasaje donde se habla del “herido de Dios”: “Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba. Lo tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Ha sido traspasado por nuestras rebeldías. Por sus heridas hemos sido curados.” (Is 53, 2-5.10-11).



[1] San Juan de la Cruz, “Canciones del alma en la íntima comunicación de unión de amor de Dios”, 12, 1-2 en Obras Completas, Madrid, 1978, 408.

[2] Juan de la Cruz, Cántico Espiritual (A), 34. Ibíd. 831.

[3] Ibíd. 1. 745.

[4] Ibíd. 9. 764.

[5] San Juan de la Cruz, “Otras Canciones a lo divino (del mismo autor) de Cristo y el alma”, 2.4. Ibíd. 406.

[6] Gala, Antonio. El dueño de la herida. Barcelona, 2003, 7.

Bloque 5:

 

“Los labios de mi herida

no quieren cerrarse.

Temen que al hacerlo

dejen de pronunciar

tu nombre”.

 

OHL.

Poema inédito.

 

“Cristo recibe una herida en su muerte… entrelaza su destino con el destino de todos. La gracia de su herida es pensada para nosotros …. Su herida es lo que Él, más allá de la muerte, dona a nuestra vida…” Adrienne Von Speyr[1]



[1] Adrienne Von Speyr, La Creación en La Creación/La misión de los profetas/Elías/El Cantar de los Cantares. Argentina, 2005, 183.