Miércoles, 20 de julio de 2016

San Ignacio, Dios marca el rumbo en los momentos dolorosos

Miércoles, 20 de julio de 2016
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20/07/2016 – En el ciclo de Catequesis sobre los santos que llamamos “una nube de testigos”, hoy comenzamos algunos programas sobre la vida de San Ignacio de Loyola, el fundador de la compañía de Jesús. En Argentina celebramos hoy el día del amigo, y San Ignacio tiene mucho para enseñarnos en torno a la amistad.

 

“Saulo, que todavía respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de traer encadenados a Jerusalén a los seguidores del Camino del Señor que encontrara, hombres o mujeres. Y mientras iba caminando, al acercarse a Damasco, una luz que venía del cielo lo envolvió de improviso con un resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: ´Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?`. Él preguntó: ´¿Quién eres tú, Señor?`. ´Yo soy Jesús, a quien tú persigues, le respondió la voz. Ahora levántate, y entra en la ciudad: allí te dirán qué debes hacer`”.

Hechos 9, 1-6

 

 

“Cuál otro Quijote molido y descalabrado, llega Ignacio de Loyola en la primera quincena de junio, sin ánimo para gozar de verdor lujuriante de la naturaleza”.  Con estas palabras se describe Ignacio a si mismo.

“En el re-encuentro con su terruño, con los suyos, Don Martín, le va a reprochar su locura de Pamplona”. Aquí se hace referencia al accidente sufrido por San Ignacio, con una bala de cañón que ha golpeado duramente su rodilla. “Doña Magdalena lo va a cuidar con solicitud silenciosa. El herrero Errasti le pudo recordar con la misma monotonía arrítmica de siempre, como golpeaba su yunque, ya te decía yo, nosotros aquí” Sin embargo, nada puede con los dolores de nuestro amigo, que no se va a tranquilizar tras su accidente, sino que va a recapitular sus aventuras guerreras. “Sus dolores resultaban insoportables y profundos, como suelen ser los dolores de hueso. Su rodilla derecha estaba destrozada e iba empeorando, sea porque encajaron mal sus huesos en Pamplona o porque se les desencajaron en el camino. Se llamó a médicos y cirujanos de muchas partes, sólo conocemos el nombre de uno de ellos, Martín Iztiola, quien cobraría en el año 1539 los tres últimos ducados de los diez que supusieron sus honorarios. Todos fueron de un parecer, había que desconcertar nuevamente los huesos para poder sanar El padre Ignacio, va a evocar años más tarde, la dolorosísima operación que fue en carne viva. Hizo de nuevo esta carnicería”. Dice San Ignacio, hablando de quien lo operó: “En la cual así como en todas las cosas que antes había pasado y después pasó, nunca abrí palabra, ni mostré otra señal que apretar mucho el puño. De incalculable energía, no fue una vida dura la que forjó su fibra de acero, sino que fue la presencia de Dios que lo fue acompañando misteriosa y silenciosamente también cuando él estaba lejos”. Esto deja a las claras que Ignacio es un hombre hecho y derecho.

“A pesar de que todo iba empeorando, que no podía comer, dormir, que el síntoma del dolor era de muerte, Ignacio permanece firme, los médicos tenían muy poca confianza en que pudiera salir adelante. En el día de San Juan Bautista, el 24 de junio, acudían a la ermita del Bautista, y fue aconsejado que se confesase”. Es muy posible que quien lo confesara en esa ocasión haya hecho su hermano, que también era sacerdote, aunque según algunos biógrafos de Ignacio afirman que no era un gran ejemplo sacerdotal. O tal vez haya sido Santa Magdalena quien lo movió a que se confesara. Lo que sí es cierto que a partir de aquella caída, como en el caso de San Pablo, “muchos ídolos se derrumbaban estrepitosamente en aquella hora que podría ser la última. Lo que entonces pasó es silenciado por Ignacio, ciertamente más tarde calculó retrospectivamente al haber y debe de sus treinta primeros años. Lo deja translucir en su autobiografía en frases y referencias que recogieron cuidadosamente sus futuros compañeros. Ignacio, ha buceado mucho en sí mismo y en sus recuerdos y es implacable consigo mismo en su juicio. Ha tocado las riberas de la sinceridad y de la transparencia, ha cobrado distancia, asume sin trampas su pasado”. Aquí es clara la decisión de San Ignacio de Loyola de cambiar de vida.

Nuestro amigo “ama la verdad y no la encubre con un falso pudor”, aunque sí con mucha discreción de espíritu, lo que va a caracterizar su vida toda. “Hasta los 26 años de edad fue hombre dado a las vanidades del mundo y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas con un grande y vano deseo de ganar honra”. Esto lo dice uno de sus biógrafo, el pudoroso Cámara, como lo da a entender Tellechea, en su libro “Ignacio de Loyola, sólo y a pie”. Se trata de una descripción sucinta de quien era el “Ignacio” previo a Pamplona, quien era el “Ignacio” con el que Dios se iba a encontrar en el camino, quien era el “Ignacio” que iba a ser herido en su rodilla y se iba a descoyunturar en sus huesos para luego construir un “nuevo Ignacio”.

Esto es algo que también nos pasa a nosotros cuando alguna circunstancia nos sorprende en el camino, que nos desarma el corazón y tenemos que recomenzar nuestro proyecto de vida. Dios se vale de estos eventos, estas circunstancias, para sorprendernos con algún golpe que nos hace reaccionar y despertar. Despertamos del sueño en el que a veces el espíritu del mundo o la herida que el pecado ha dejado en nosotros, o el orgullo personal o de conjunto, nos mantiene como adormecidos.

San-ignacio-y-compañeros

 

San Ignacio, hacedor de buenos amigos

En verdad el corazón desbordante de Ignacio encontró eco en el de sus amigos; si no se hiciese mención de estas amistades
desfiguraríamos el retrato de nuestro santo. (Hugo Rahner)

 

Dice Josep Rambla, sj. en “El arte de la amistad en Ignacio de Loyola”:

La amistad en el cristianismo tiene buenos fundamentos en la vida y la palabra de Jesús. La imagen de Dios-Amor, la vida de los primeros cristianos tal como aparece en los Hechos de los Apóstoles y en algunas de las cartas del Nuevo Testamento son buena base para desarrollar la amistad en la vida de las comunidades cristianas. La historia del cristianismo nos ha dejado un buen legado de amistades notables que hace honor a la humanidad de Jesús a quien cristianas y cristianos tratan de seguir: Francisco y Clara de Asís, Jordán de Sajonia y Diana de Andalón, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Pedro Fabro, Teresa de Jesús y Jerónimo Gracián, Francisco de Sales y Juana de Chantal, por citar sólo algunos casos destacados. Sobre la amistad no han faltado estudios y publicaciones en el mundo cristiano.

La expresión «amigos en el Señor», aparece únicamente en una de las cartas más antiguas de Ignacio, ha sido la que más a menudo ha centrado los estudios ignacianos sobre el tema.

Desde muy pronto, después de su conversión, al regresar de su peregrinación a Tierra Santa (antes de este viaje renunció a todo tipo de apoyo humano, incluso al de la amistad), Ignacio se ocupó de buscar compañeros, propiamente cordiales colaboradores del proyecto de «ayudar a las almas». Sabemos muy bien cómo aquel primer grupo (Arteaga, Calixto, Cáceres, Juanico) no alcanzó el último objetivo de constituirse en una agrupación estable de amigos. Fue «un parto primerizo» al decir de Alfonso de Polanco. La primera lección que Ignacio nos transmitió sobre la amistad fue, así pues, que se trata de un proceso delicado, lento y frágil.

En cambio, a partir de 1529, en París, a donde se dirigió, entre otros motivos para buscar compañeros, empieza una etapa sólida de amistad que será la primera piedra de la Compañía de Jesús. Pedro Fabro, al rememorar los dones recibidos en su vida, da gracias a Dios por los bienes espirituales y materiales recibidos al compartir habitación, en el Colegio de Santa Bárbara, con Francisco Javier y particularmente, con Ignacio de Loyola: «Dios quiso que yo enseñase a este santo hombre, y que yo mantuviese conversación con él sobre cosas exteriores, y, más tarde sobre las interiores; al vivir en la misma habitación, compartíamos la misma mesa y la misma bolsa. Me orientó en las cosas espirituales, mostrándome la manera de crecer en el conocimiento de la voluntad divina y de mi propia voluntad. Por fin llegamos a tener los mismos deseos y el mismo querer»2 . Cuando diez años más tarde, en Roma, el grupo de amigos se reunía para deliberar sobre cómo debía ser su futuro, se plantearán en primer lugar, antes de otras cuestiones, si el grupo debía disolverse o consolidarse en alguna forma de asociación. Decidirán con toda firmeza no disolverlo, ya que se trataba de una obra que Dios había realizado. El grupo de amigos no sólo había madurado, sino que había adquirido una densidad espiritual tal, que en adelante la amistad estará en la base de todas las decisiones de futuro que tomará el grupo reunido para deliberar.

Los amigos, a partir de 1540, empiezan a dispersarse para dar alguna respuesta a las exigencias apostólicas. Con todo, esta dispersión ocasionada por la misión no disminuyó la calidad de la verdadera amistad y, a la vez, dejó una serie de testimonios de cómo lo humano es constitutivo de una auténtica experiencia de amistad cristiana y espiritual. Sigamos, pues, la génesis y la evolución de esta amistad centrándonos en Ignacio de Loyola, núcleo del grupo de «amigos en el Señor».

 

Padre Javier Soteras