miércoles, 7 de noviembre de 2018

“La Pobre de Nazaret”

miércoles, 7 de noviembre de 2018
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07/11/2018 – El padre Ignacio Larrañaga nos acerca esta bella descripción del pasaje del Evangelio donde se relata el primer signo de Jesús, a pedido de su Madre, en las Bodas de Caná (Jn 2,1-12)

“El esposo, coronado y rodeado “de sus amigos”, se ha dirigido a la casa de la esposa. Y desde ella, en un cortejo nupcial en el que participa todo el pueblo, entre cánticos, aleluyas y hurras, condujo hasta su casa a la novia, coronada también y engalanada con collares y brazaletes. Y comienza el banquete en medio de una gran algarabía. Se sirven las copas una tras otra. La vida del pueblo, a lo largo del año, era dura, austera, sometida a innumerables privaciones. Para oportunidades como ésta, sin embargo, se reservaban con ilusión los mejores vinos, quesos de cabra, aceitunas, nueces, higos secos, dátiles, miel silvestre, redondos panecillos recién horneados… Se canta, se vocifera, se baila. Van pasando las horas.

En medio de la euforia generalizadas, había una persona que, ajena a todo ese barullo, estaba muy atenta a todos los detalles de la fiesta. Era la Madre. Solícita, vigilante, previsora, había seguido atentamente el desarrollo del banquete; y ya sobre el final, cuando todos los comensales estaban satisfechos y danzaban alegremente, la Madre se percató, no sin sobresalto, que faltaba el vino. Para aquellos aldeanos esta falla era casi una tragedia.

María es una mujer silenciosa, interiorizada, pero de ninguna manera introvertida ni ajena a todo lo que sucede en su derredor; sino que es como un radar sensible que detecta cuanto se mueve a su alrededor. Mientras los demás comen, beben y danzan, ella está atenta y preocupada de que todo termine satisfactoriamente.

Y así, la Madre observa una grave falla, podríamos decir: una terrible noticia; pero, en lugar de asustarse y ponerse nerviosa, permanece en un discreto silencio. A un mujer sin una madurez excepcional en situaciones como ésta, le traicionan los nervios, se deja arrastrar por la emotividad, se desahoga, comenta, se desborda. Si en una situación tan comprometida para ella misma, la Madre es capaz de controlarse y permanecer en silencio, es señal de que estamos ante una real señora de sí misma.

Por otro lado, delicadeza extrema la suya: lo lógico hubiera sido comunicar la noticia al responsable de la fiesta; pero prefirió ahorrarle un mal momento, no comunicándole la mala noticia, y tomando ella misma la iniciativa, y por una vía directa y audaz, tratar de solucionar silenciosamente el problema.

Había prisa. Era necesario proceder con rapidez. En un instante, el tiempo de un relámpago, con una caravanas de contrastes que cabalgaron por su interior. Se oían voces que venían desde lejos, dulces, serenas, eternas: “Será grande, será llamado Hijo del Altísimo”. Al mismo tiempo, superponiéndose, otras voces desde las profundidades: “No tentarás al Señor, tu Dios”.

Encaramándose por encima de tantos vientos contrarios, la Madre avanzó serenamente hacia su Hijo, y tocándole suavemente en el hombro, con la mayor naturalidad le susurró suavemente al oído: “No tienen vino”. Se trataba simplemente de una información, concisa, humilde, sin afectación, sin pretensiones. Pero en el fondo último de esa información latía, humildísima, una petición: soluciona este problema, por favor.

El Hijo lo entendió muy bien. Pero su reacción pareció extraña y lejana, como una salida de tono: “¿Qué tengo yo que ver contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4). Por mucho que se quiera paliar, la dureza de la respuesta es insoslayable, según los mejores intérpretes. No obstante, nosotros sabemos que no hubo aquí conflicto relacional, sino una particular pedagogía, por parte de Jesús, que encierra una profunda enseñanza.

En este contexto ante aquellas ásperas palabras, cualquier mujer hubiera reaccionado con un estallido de palabras, con una explosión de llanto, a causa del amor propio herido. Hubiera sido una reacción normal. Pero no fue ésa la reacción de la Madre. También podría haber quedado dolorida, pero en silencio, un silencio resentido. No fue así. Igualmente, una mujer humilde podría haber permanecido callada, pero sin amargura, retirándose silenciosamente del escenario pidiendo disculpas. Habría sido una reacción gloriosa. Pero tampoco fue así.

Fue una reacción increíblemente positiva: como si nada hubiera sucedido, como si acabaran de entregarle un ramo de rosas, permaneció serenamente en el escenario, llamó a los empleados que servían las mesas, les habló maravillas de aquel Hijo que acababa de hacerle tal desplante, les rogó que estuvieran atentos a él para cumplir de inmediato sus órdenes…

Sencillamente, el corazón de esta mujer estaba muerto al amor propio; era como un leño seco que permanece insensible, inmutable, a los golpes de hacha. No había en el mundo emergencias dolorosas o situaciones imprevisibles que pudieran desmoronar la estabilidad psíquica de un Pobre de Dios como María. Una Pobre de Dios es invencible.

El Hijo debió quedar profundamente conmovido por el calado insondable de la humildad del corazón de la Pobre de Nazaret; y realizó su primer “signo”, motivado, sin duda, por la humildad y la firmeza de la fe de su Madre. Y los comensales pudieron solazarse, al final del banquete, con el “mejor vino”.

(Extraído de “El pobre de Nazareth” p. Ignacio Larrañaga)