Asaltantes del corazón

viernes, 22 de noviembre de 2019
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22/11/2019 – Viernes de la trigésima tercera semana del tiempo ordinario

Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: “Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”.
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la forma de matarlo.
Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.

San Lucas 19,45-48.

En la catequesis de hoy identificamos cuáles son los asaltantes del corazón, aquellas situaciones, circunstancias o esas presencias dentro de nosotros que nos impiden encontrarnos con Dios y le pedimos a Jesús que venga a liberarnos y a poner un nuevo orden para que Él ocupe el centro.

– La temeridad y la actividad excesiva

El primer asaltante se presenta desdoblado en dos: por un lado, como una falta de discernimiento, debida al exceso de entusiasmo; por otro lado, también como una falta de discernimiento, debida al exceso de ruido. Exceso de ruido y exceso de entusiasmo: las dos primeras trampas que obstaculizan el camino del corazón y hacia el corazón.

– La inercia

La inercia es un ir a la deriva. Es un abandonarse, pero no con el abandono de la confianza, sino con el de la dejadez. La inercia supone haber perdido el deseo, haber perdido el rumbo, aunque tal vez habitemos en instituciones que nos mantengan en él. La inercia es creer que nada puede cambiar, que viviremos arrastrando los defectos y vicios de siempre. Con la inercia nace el escepticismo, la mirada opaca e irónica sobre los acontecimientos y las personas, como si nada nuevo pudieran traernos.

– La intolerancia y el desprecio de las cosas

Ante el temor al propio desorden y al desorden ajeno, vamos construyendo murallas de cemento que nos aíslan del posible estorbo de todo cuanto es diferente de nosotros. Esta distancia respecto de lo “otro” no tiene nada que ver con la interioridad de la vida espiritual, porque el camino que se ahonda en las profundidades del corazón no genera intolerancia ni desprecio, sino ternura y entrañas de misericordia.

– La desesperación y la ignorancia

En todo camino hay un momento en que, sin saber cómo ni por qué, se experimenta un vacío radical. Los pies pierden suelo, y un torbellino de sinsentidos arroja todas nuestras certezas a la nada. Es el tiempo de la noche, el momento de las tinieblas, en que las certidumbres se desvanecen y el mismo vivir se presenta como una pasión insufrible.

– La autosuficiencia y el orgullo

El último asaltante es la más terrible de todos, porque el que ha sido atrapado por él es incapaz de reconocerlo: tan embebido está de sí mismo. Dice un Padre del Desierto: “El solo orgullo, por su autosuficiencia, puede hacer extraviar a todo el mundo, empezando por el que lo incuba, en la medida en que no admite que pueda caer en las tentaciones que permiten al alma recomenzar de nuevo y conocer su propia debilidad e ignorancia… Al no dejar transparentar ninguna falta, alimenta esta única pasión en el lugar de todas las demás, y ello basta a los demonios”.

El orgullo conduce al extremo opuesto del camino: en lugar de llevar a la comunión con Dios, con todos y con todo, aboca a un total encerramiento en sí mismo. Es terrible la soledad del orgulloso.

Estos asaltantes no se presentan siempre en este orden ni se desatan todos sobre la misma persona, si bien están al acecho de todos. Pero es importante nombrarlos para detectarlos, reconocerlos y dejar que Jesús nos libere.

 

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