La sanidad interior

martes, 5 de septiembre de 2006
image_pdfimage_print
Reconstruye, el Señor, Jerusalén, junta a los desterrados de Israel. Sana a los corazones destrozados y venda sus heridas.

Salmo 147, 2 – 3
 
Queremos entrar en contacto sobre aquellos lugares donde nosotros reconocemos que la vida nos ha dado un golpe y necesitamos liberarnos de las consecuencias que se siguen de ese golpe cuando no han sido del todo sanado en nuestro interior, nuestro corazón. Todos somos concientes de las graves repercusiones de nuestro pasado en el presente.

Algunas enfermedades físicas, lo sabemos por la ciencia, son causadas por heridas emocionales y también por algunas enfermedades psíquicas. Emiliano Tardif dice en un testimonio en su libro “Jesús esta vivo” , “En un centro psiquiátrico de Montreal había un hombre ciego que presentaba un cuadro médico muy extraño, había perdido la vista sin ninguna causa, el nervio ótico, la pupila y cornea estaban en perfectas condiciones, no había razón para ser no vidente. Mediante un tratamiento hipnótico se descubrió que la causa se remontaba a cuando era pequeño y dormía en la misma recámara de sus padres, una noche ellos tuvieron relaciones sexuales muy intensas que el pequeño interpretó como una grave agresión de su padre contra su madre, esto le causo un trauma tan hondo que cerró sus ojos a esta agresión y a toda realidad quedándose ciego. Al encontrarse el origen del problema se le dio la terapia adecuada y después de algunos meses recobró la vista”. Esto es lo mismo que hace Jesús mediante la oración de curación interior yendo a la raíz de nuestros conflictos para ser sanados, con la ventaja que Él no cobra, dice Emiliano Tardif, y lo hace mucho mas rápido que los psicólogos y los psiquíatras de este tiempo, “Él sana los corazones destrozados y venda sus heridas”.

Tenemos un Dios que viene a obrar con poder sus maravillas, que es capaz de ir hasta el fondo de nuestros problemas para sanarnos y para liberarnos, antiguamente existía una oración en la liturgia que decía “ Líberanos Señor de nuestros males pasados, presentes y futuros”, nuestro Dios, en el que nosotros creemos es capaz de sanarnos de los males del pasado porque Él está en todos los tiempos, porque es el mismo ayer, hoy y siempre.

Para que Dios actúe en nuestro pasado y lo haga sacando a la luz lo que nos hiere, lo que nos daña, lo que nos enferma, hay que entrar en la presencia de Él, en la oración y decirle: Señor vení sobre los lugares de mi vida donde yo por temor, por vergüenza, porque no me animo a ver las cosas de frente tapo lo que me hiere, lo que me ha dañado, veni sobre ese lugar y ayúdame a ir con Vos sobre los lugares donde mi corazón está profundamente herido, dañado y con el Señor vamos sobre ese lugar con la conciencia clara de que es justamente cuando le ponemos nombre a lo que nos ha pasado en el pasado cuando podemos ir sin temor, sin vergüenzas, sin traumas sobre lo que ha dañado nuestra vida, y cuando le ponemos nombre con amor y podemos expresarlo con amor el cincuenta por ciento del problema está transformado, ha sido ya el comienzo de la sanidad. Existen algunas enfermedades y heridas físicas que se curan con baños de sol, los rayos de sol van penetrando y nos van descansando, es como ponerse bajo el sol para que en el corazón lo que tiene que madurar madure también bajo el rayo de sol, de la misma manera Jesús, Sol de Justicia” sana las heridas del corazón si exponemos todo nuestro ser, especialmente las áreas mas enfermas ante los rayos de su misericordia, de su amor, su calor nos va penetrando, nos va sanando, nos va transformando. Dice Malaquías 3, 20 “Para ustedes que buscan a Dios brillará el sol de justicia con la salvación de sus rayos”, realmente Jesús es un sol que viene a darnos un baño de su luz sobre aquellos lugares oscuros, ocultos, enfermos, heridos que hay en nuestro pasado, primero para descubrirlos y después para ir sobre ellos sin temores, sin vergüenzas, sin traumas, con Él, descendemos con Jesús hasta los infiernos inhabitables de nuestra propia vida, de nuestra propia historia, allí donde el llanto, el rechinar de dientes el dolor, el griterío, la desolación, la falta de comunión con uno mismo y con todo es evidente cuando hace memoria de cosas que pasaron en el pasado surgen un montón de sentimientos dolorosos y encontrados, no transformados y sanados que el Señor quiere llegar sobre ellos para sanar, para transformar, para hacernos nuevos.

Cuando se da la incubación de recuerdos dolorosos en nuestra memoria produce traumas, complejos en las relaciones con los demás, con nosotros mismos y hasta en nuestra relación con Dios por eso el ministerio de la sanidad interior comienza primordialmente en el campo de nuestros recuerdos, lo que guardamos archivado en la memoria, conciente o inconscientemente, produce reacciones somáticas, orgánicas, también nerviosas. Cómo se hace para ir sobre esos lugares, no se puede ir solo, vamos hoy con la gracia de Dios y aprendemos un camino, a ir sobre nuestras propias realidades no resueltas con la conciencia de que Dios viene con nosotros. Le pedimos insistentemente, veni sobre esos lugares donde yo no me animo a ir, donde yo no se ir, donde no encuentro el camino para desatar los nudos, para poner un bálsamos sobre el lugar doloroso y herido, vamos con el Señor y su gracia, no vamos solos por eso vamos seguros, en un clima de oración y de fe tratamos de regresar al pasado buscando el origen de los sufrimientos, rechazo familiar, abandono, violencia, fracaso, accidente, etc. Entonces se toma cada incidente doloroso y lo ponemos a la luz del Señor, lo anotamos en un papel en oración e invocamos la autoridad de Jesús, en su nombre y en su sangre sobre esta situación y Jesús que es el mismo ayer, hoy y siempre sana las heridas de la memoria como el sol sana las heridas de nuestro cuerpo cuando lo exponemos a sus rayos, mandamos en nombre de Jesús por el poder de sus santas llagas, sus heridas que curaron nuestras heridas que sean curadas nuestras enfermedades.

No debemos confundir la curación con la supresión de los síntomas, a veces pensamos que estamos curados porque desaparecieron los síntomas de nuestra enfermedad, no debemos dejarnos engañar por los síntomas porque estos saltan y se transforman mientras el problema permanece. Por ejemplo, sucede que algunas personas renuncian a no fumar mas por algún método pero después comen mas de la cuenta, un alcohólico puede dejar de beber pero si no sana la raíz puede caer en otros vicios, en estos casos el problema no se soluciona sino que se traslada, dice Tardif que parece como un globo inflado que si lo apretamos de un lado el aire se corre para el otro lado, no está la solución de los síntomas sino en la solución de raíz.

Generalmente existe una herida de falta de amor en nosotros, o una deformación del amor en todas nuestras enfermedades, es porque no hemos sido amados en eso que tenemos como herida o hemos sido mal amados, por esto la curación se llama del corazón. Dónde se produce la sanidad, en el propio corazón, una experiencia negativa de falta o de deformación de amor se cura con experiencias positivas verdaderas de ese amor, por eso no basta descubrir el problema o la raíz de los conflictos sino más importante es llenar este vacío con el sol de la misericordia que nace del corazón de Jesús. Qué tenemos que hacer, apropiarnos de los méritos, de la muerte de Cristo para gozar de los frutos de su resurrección con la certeza de que la fe que hace dos mil años Él ya cargó con el castigo que nos trae la paz. En la curación no se trata de suprimir síntomas sino de ir a la raíz que está ocasionando todos los problemas, no debemos centrar nuestra atención en los síntomas que son la superficie del problema sino que debemos empeñarnos primero en encontrar la causa, dónde radica el problema. Jesús cuando sana va al fondo, desata el nudo principal, ese que origina todas las demás complicaciones, esta raíz se descubre de dos formas, por un lado pedir la gracia a Dios para ver con claridad dónde está nuestro mal, si podemos lo compartimos con otro y al compartirlo adquirimos mas claridad aun, porque al ponerle palabras en el diálogo con otro se nos aclara aun mas lo que a veces vemos en penumbra, esto es posible si en un segundo momento hacemos un discernimiento en el espíritu, el Señor es el que viene en ayuda de nuestra impotencia para que descubriendo lo que humanamente es imposible o duraría muchas sesiones con métodos muy costosos se cure la enfermedad emocional en nosotros. Le llamamos a esto descubrimiento carismático que no es fruto de una técnica psicológica sino de una gracia especial del Señor para ayudar en un caso particular, lo pedimos para nosotros y también lo podemos pedir para otros, es una luz que nos envuelve por dentro y nos saca lo que estaba escondido a la luz, lo pone a luz, aquel nudo, aquel conflicto, aquella herida adquiere de repente grado de conciencia sin traumas, sin síntomas que convulsionan la vida sino en paz, la miramos de frente, cara a cara y con serenidad y confianza le pedimos a Dios que sobre ese lugar que Él mismo revela, sobre ese mismo lugar Él actúe, el mismo Señor transforme, cure, sane.

“Una niña de trece años despertó un domingo a media noche muy asustada con gritos y con sobresaltos, cuanta Tardif porque un hombre se había metido a su cuarto, al día siguiente amaneció ciega, a pesar de que abría los ojos nada podía ver, como la familia era de escasos recursos buscaron medios caseros, luego recurrieron al doctor y no hubo resultado positivo, entonces la trajeron a la Iglesia , como yo no se de medicina lo que hago es comenzar a orar, lo hice al principio sin resultado, oré después en lenguas, dice Tardif, y en ese momento comprendí con mucha claridad que esta niña no estaba ciega sino que tenía una herida emocional por la impresión recibida a través de sus ojos del hombre que había entrado en su habitación, le pedimos al Señor que la sanara de su herida emocional y a los diez minutos comenzó a ver, cinco minutos mas tarde había recuperado completamente la visibilidad, su herida emocional era la raíz de un mal físico, curada la causa sanó también la consecuencia”.

Cuando vamos sobre las heridas emocionales, vamos sobre las causas, sobre las raíces, sobre los nudos de fondo, no podemos ir solos, no sabemos ir solos si no estaríamos enfermos debemos ir con la gracia del Señor, a esos lugares donde Él tomando las cosas por su mano nos muestra con claridad y nos participa de la gracia de poder sanar por su presencia que todo lo transforma, todo lo hace nuevo.

Con la curación interior nace una esperanza para quienes ya se habían resignado a vivir con ciertos hábitos y traumas, se abre una puerta de recuperación para quienes no pueden cambiar, por mas esfuerzos humanos que hacen y gracias a ellos se rompen las amarras que nos esclavizan al pasado, Jesús vino a traer vida y no de cualquier forma sino en abundancia, nos quiere y nos capacita para ser libres de toda atadura que nos encadena a un pasado triste o a una experiencia dolorosa y negativa, hay personas que se acercan al sacramento de la reconciliación para confesar siempre las mismas faltas y los mismos pecados, el sacramento parece que no solo nos otorga el perdón de Dios, también la fuerza para salir victoriosos en la lucha contra el pecado, la sanación interior ha venido a librarnos de esas dependencias que nos esclavizan y nos dejan atados, no nos permiten volar a la altura de la unión con Dios y de nuestra propia santificación, esto no significa que la sanación interior es más eficaz que el sacramento porque es especialmente en el sacramento de la reconciliación donde recibimos un don de sanidad y que puede ir hasta lo mas hondo, lo mas profundo de nuestro ser, junto con el sacramento de la unción de los enfermos, el sacramento de la reconciliación se constituye en un sacramento de sanidad, de transformación de nuestra vida. Si nosotros fuéramos mas concientes del poder sanador del sacramento de la reconciliación no dejaríamos de practicarlo con mayor frecuencia, no como quien busca mágicamente la sanidad sino como quien interiormente se vincula así mismo desde la realidad de ruptura interior que genera el pecado propio y el de otros en la propia vida y a partir de allí se presenta delante de Dios para la gracia de la reconciliación, tenemos que renovar este don, esta gracia en nuestra propia vida y renovarla significa tomar conciencia de la fuerza del poder que se esconde detrás del sacramento del perdón, de la reconciliación, sacramento de sanidad.