Les doy mi paz, les dejo mi paz

jueves, 28 de abril de 2016
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28/04/2016 – Jesús dijo a sus discípulos:  «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes’. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.  Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean. Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

 

Jn 14,27-31a

 

 

Jesús, desde la cruz nos da su paz

Ser cristiano es compartir la vida de Cristo y con Cristo, creer que él camina a tu lado, que se sienta junto a vos, que comparte tus pensamientos y sentimientos, que, en cualquier momento, le podes hablar y también lo podes escuchar. Ésta es una de las claves para conservar la paz. Por eso, el Señor le dijo a sus discípulos y hoy quiere decirte a vos: “Les dejo la paz, mi paz les doy” (Juan 14,27). Esta paz no es de cementerio sino una paz que moviliza en la construcción de un mundo nuevo y que viene del misterio pascual.

Esta paz de Jesús fluye en el creyente, al vivir en clave pascual, y en todas las dimensiones de su existencia. Vivir la vida con entrega absoluta, hasta el fin. Porque las cosas a medias generan insatisfacción, en cambio nos da paz cuando no nos guardamos nada y convencidos del camino a recorrer hacemos entrega hasta lo último de nosotros.

Jesús desde la cruz, aún en medio de los mayores tormentos, mantiene la dignidad propia de quienes conservan la paz en todas las circunstancias de la vida y expresa: “Todo está cumplido” (Juan 19,30). Ahí hace entrega del último aliento de su vida. El Señor nos invita a dar lo mejor de nosotros mismos y en paz. El cotidiano caminar del Señor en medio nuestro es desde donde se puede vivir en paz en medio de las tribulaciones.

Jesús, en la cruz evoca todo el abanico de profecías que sobre él se habían hecho. Comprueba que no queda nada por cumplir. En esa circunstancia de tanto dolor, desciende una gran paz sobre el espíritu del Señor. Todo está cumplido, ya puede regresar serenamente a la casa de su Padre para reencontrarse y fundirse con él en un abrazo eterno. Así el Señor nos conduce en este día a hacer entrega y ofrenda de nosotros mismos. En el “todo está concluído” supone que un tiempo nuevo llega. Lo mismo en nuestras entregas, dejamos y renunciamos a algo para darle lugar a otro escenario. En esas coordenadas puntuales del tiempo y del espacio de nuestras ofrendas, sentimos que de corazón algo se acaba y desde el misterio de la pascua entender que allí mismo todo comienza a ser de nuevo. 

Estamos siempre de salida y ahí algo va muriendo y algo nuevo llega. Mirar la vida desde esta perspectiva nos anima a preparar el corazón para que cada día decir “olvidando el camino recorrido me lanzo hacia adelante en búsqueda de la meta”, como dice San Pablo.

En la ofrenda de la vida que hacemos por entregar nuestro último aliento, no se nos pide un camino de masoquismo, sino que vivamos el misterio de la pascua asociado al del crucificado resucitado, el herido sanado. Allí se esconde el lugar donde Jesús nos dice “la paz esté con ustedes”. 

En el Huerto de los Olivos, experimentó la angustia más profunda exclamó: “Padre mío, si es posible, que se pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26, 39). Entonces, vino un ángel del cielo a consolarlo y la paz regresó. En el calvario, esa sensación de lejanía y aridez que pudo haber experimentado en el Huerto de los Olivos, fue definitivamente superada. También después del Gólgota viene la resurrección.

En los momentos de profundo dolor de tu vida, Jesús en el Getsemaní pide con vos que si es posible se aparte de vos ese caliz pero que se haga la voluntad del Padre. Ciertamente la naturaleza humana resiste a la cruz, pero por la gracia de Dios en la ofrenda de la vida vencemos y nos llega la vida.

Por lo demás, Dios promete a los hombres y mujeres que trabajen por la paz: “No te sobrevendrá ningún mal ni la enfermedad llegará a tu casa; pues él mandará que sus ángeles te cuiden por dondequiera que vayas. Te levantarán con sus manos para que no tropieces con piedra alguna” (Salmo 91,10-12).

Al haber Jesús cumplido, a fondo, la voluntad del Padre, es fuente de paz infinita que se irradia, desde la cruz hasta el mundo, y que lleva al centurión a exclamar: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Marcos 15,39).

Si tanto en los momentos de alegría, como en los de aflicción, sos generoso en la entrega al plan de Dios, siendo instrumento de su paz, para tus amigos y para aquellos que se muestran enemigos, entonces, arraigarás en tu interior una paz cada vez más firme. En los momentos en que te parezca que estas por perderla, esta armonía regresará a través de quien menos lo imaginas.

 

Subiendo a un lugar elevado

La cruz, en algunas etapas de la existencia del cristiano, también puede ayudarlo a subir a lo alto del monte, a un lugar elevado. Así, podrá diferenciar lo esencial en la vida, de lo accesorio o secundario. Empezando, de este modo, a reajustar el orden de los valores y prioridades. Si hay algo que es propio del camino de la paz es cuando las cosas están en su lugar.

No obstante esto lo logrará, siempre y cuando, no se quede encerrado en el propio dolor, o en el enojo y el resentimiento; sino, en la medida en que lo que genera cruz sea oprobio o humillaciones se vaya entregando al Padre, junto a las situaciones de dolor, por las manos de Jesús. Desde esa entrega tuya, Dios hace nuevas todas las cosas. 

 

Padre Javier Soteras