Programa 8: “La oración, un lenguaje humano para el idioma de lo divino”

lunes, 14 de mayo de 2007
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Bloque 1:

El ámbito privilegiado de un encuentro interpersonal en la relación concreta con Dios se da en la la oración.

La oración más madura no se caracteriza por nada en particular sino por el amor. Eso es lo que algunos llaman “contemplación”: El don del amor en la oración, cualquiera sea su forma. Sin el amor no se da la oración ya que el amor origina el encuentro interpersonal. La oración es diálogo porque es amor de encuentro y de presencia, de amistad y de alianza con Dios y con los demás. El amor como esencia de la oración nos libra de las descripciones «intelectuales» y «técnicas» de la oración, permitiéndonos en una perspectiva dialogal, interpersonal, vital y concreta.

No es posible definir la oración ya que las experiencias más vitales no siempre admiten   clasificaciones. No pretendemos definir a la oración sino simplemente aproximarnos a una descripción. Las más logradas son las que se ubican en un horizonte de relación. La oración no es un acto, ni una técnica, ni un método, ni un proceso sino una gracia de relación de comunión que se vuelve experiencia.

En esta perspectiva, la descripción que otorga Santa Teresa de Ávila es una de las más apropiadas: «… la oración, no es otra cosa, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces -tratando a solas- con quien sabemos que nos ama…»[1]

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En primer lugar,  Santa Teresa dice «a mi parecer»; dará su opinión a partir de su experiencia. El que tiene conocimiento de estas cosas lo propone humildemente. En las cosas de Dios, es Dios el que permite el saber.

Para ella la oración es un  «tratar», no un acto esporádico sino frecuente, un hábito que supone una disposición y una ejecución. Este trato asiduo, no es cualquier trato sino un «tratar de amistad». Es una relación continua y profunda que supone la gratuidad y la correspondencia afectiva como en cualquier amistad. Se describe la oración, no desde la forma sino desde el «espíritu. No desde el método, sino desde la relación. De allí que para ella, tan vívida y concretamente concebida, la oración es «amor de amistad».

Este «trato de amistad» es «muchas veces a solas», no sólo física o espiritualmente ya que a menudo nos encontramos así para orar sino a solas con el que es el «Solo», el «Único», el que solitariamente siempre nos espera para el encuentro. Soledad que no es «solitariedad» vacía y hueca sino que es interioridad, presencia, cercanía, profundidad, intimidad. Este «a solas» -para ser intenso- debe ser «muchas veces». Es un «tratar» persistente, perseverante y continuo, en el que la relación va creciendo con la frecuencia. La cantidad al servicio de la calidad. La extensión en favor de la intensidad. Este «tratar muchas veces» va otorgando una certeza: «Sabemos que nos ama». Ésta la certeza más audaz de nuestra fe: Sabernos y sentirnos amados por Dios. (Cfr. 1 Jn 4,16.)

También se convierte en la certeza primera y más importante de la oración. Observemos que se utiliza el verbo «saber» que es distinto del mero «conocer». El «conocer» es más intelectual, en cambio, el «saber» es más experiencial. Se conoce con la mente; se sabe con el corazón. Podemos conocer muchas cosas y saber muy pocas y viceversa, podemos saber mucho y conocer poco. Lo fundamental de la oración -y de toda la vida espiritual- es «saber», no tanto «conocer». El «conocer» -en todo caso- debe quedar supeditado al «saber». La oración es la escuela donde el «conocer» queda transfigurado en «saber», donde el conocimiento se vuelve experiencia. Este «saber» viene de Dios y de su gracia, es un don del Espíritu, llega de arriba, de lo alto (Cfr. St 3,13-18).

Este «saber» en la oración genera una convicción de amor: «Sabemos que nos ama». Si la oración es una experiencia de relación en el amor de amistad, entonces, orar es dejarnos amar por Dios. Es provocarle a Dios ese amor por nosotros y es expresarle, de algún modo, que también lo amamos. La oración se convierte, entonces, en una sabiduría de amor, cualquiera sea su forma, ya que –como también dice Santa Teresa- no «está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho»[2].

 

Bloque 2:

La oración es un trato de amistad en la Alianza con Dios y con los hermanos. Es un diálogo de amor. Dios mismo es un diálogo en el interior de su propio misterio de comunión: Es Padre, Hijo y Espíritu.

Hay una oración de Dios a Dios mismo. El Padre, el Hijo y el Espíritu, mutua y eternamente, se dan la gloria, la alabanza, el honor y el poder. El primer «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu» es el que eternamente se da en Dios en Dios mismo: El Padre por el Hijo en el Espíritu. Cada una de las Personas divinas es todo diálogo hacia las Otras. Existe una eterna «oración» en Dios y Dios mismo se hace oración: «… Cada una de las Personas divinas percibe en las Otras a Dios…»[3]

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Dios tiene un Hijo que es su Palabra – “en el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios” dice el Evangelio (Jn 1,1)– y a esta Palabra, el Padre la dice en el Espíritu. En Dios hay Alguien que pronuncia –el Padre-  hay alguien que es Palabra y Silencio –el Hijo- y hay Alguien que es Amor, el Espíritu. Precisamente en esto se encuentra el fundamento de toda verdadera oración: Pronunciar la Palabra y el Silencio en el Espíritu del Amor. Dios nos enseña a hacer oración.  Él mismo se convierte en el modelo de toda oración.

Orar –entonces- será poner, aunque sea momentáneamente, nuestra atención en el diálogo originalmente iniciado por el Padre. El hombre no inicia el diálogo sino que lo advierte. Ni siquiera lo continúa sino que lo recibe. Tampoco lo pronuncia sino que lo escucha. Orar es dejar que el Padre realice su ininterrumpido diálogo con nosotros. Es recibir esa primera gratuidad de Otro que ya tiene la Palabra antes que nosotros, desde siempre. Es acoger en el tiempo su Palabra. Es advertir, delicadamente, que el diálogo nos viene ya comenzado desde la eternidad y nosotros sólo podemos recibir.

La oración es el reflejo más acabado que el hombre puede «hacer» de Dios. Debemos orar para darnos cuenta que Dios es comunión. Si Dios tiene una Palabra es porque algo tiene que decirnos. Si Dios no tuviere Palabra, tampoco sería «oración». Todo es una súplica de Dios. En todas las cosas se escucha la plegaria del Padre. La oración, en cuanto diálogo de Dios con el hombre, sólo es posible porque en Dios mismo existe un «Trílogo»: El Padre, el  Hijo-Palabra y Espíritu de Amor. La oración es diálogo porque Dios es «Trílogo».

 

Bloque 3:
 “….Cuanto más reces, más iluminado serás; y cuanto más iluminado, tanto más profunda y esclarecidamente verás el Bien; y cuanto más profunda y excelentemente lo veas, tanto más lo amarás. Y cuanto más lo ames, tanto más feliz serás. Y cuanto más feliz seas, tanto más lo comprenderás y te harás capaz de comprenderlo. Por último, llegarás a la plenitud de la luz y comprenderás que no puedes comprender. Los santos comprenden que no pueden comprender…»[4].

Ángela de Foligno.


Bloque 4:

Como una plegaria.

 

 “La vida es un misterio, todos debemos permanecer solos.

Oigo que pronuncias mi nombre y me siento como en casa.

Cuando pronuncias mi nombre,

es como una pequeña plegaria.

 

Me arrodillo y quiero elevarte ahí.

A medianoche puedo sentir tu poder.

Oigo tu voz,

es como la de un ángel pregonando.

 

No tengo elección,

oigo tu voz que parece volar.

Cierro mis ojos.

 

oh Dios, siento que estoy cayendo del paraíso,

cierro mis ojos,

que el cielo me ayude.

 

Como un niño me susurras suavemente

 como una niño ahora estoy bailando.

 

Es como un sueño sin fin y sin comienzo.

Estás acá conmigo.

 

Como una plegaria,

tu voz puede elevarme ahí.

Es como un sueño para mí.

 

Sos un misterio.

Como en un sueño,

no sos quién pareces ser.

 

No hay elección.

Tu voz me eleva ahí.

 

Como una plegaria voy a elevarte ahí.

Es como un sueño para mí.

 

Madonna. Like a Payer (1989).

 

 
Bloque 5:

            Hay momentos en la oración que cuando recordamos a quienes amamos se produce una presencia de fuerza y de suavidad particular. No es meramente un recuerdo psicológico sino una presencia viva y eficaz. Una misma corriente de vida se expresa en una dulce y silenciosa paz de íntima unión. Todo es presencia y ya nada es palabra.

            Una oración compartida y gustada al unísono entre los corazones en un mismo vínculo. En esta oración compartida, la presencia de Dios se vuelve silencio común. Es preciso dejarse envolver por esa presencia suave, percibiendo la exhalación del amor y congregando en el corazón de Dios el corazón de todos los que amamos.

            Cuando estoy cerca de Dios, sé también que no te encuentras lejos. Deposito tu corazón en el Corazón de Dios. Guardo tu amor en el Amor de la Alianza de Dios. Ésa es mi devolución En la oración encuentro tu abrazo. Deja que mi corazón te hable de Dios. Deja que Dios te hable de mi corazón.



     [1]. Libro de la Vida 8,5.

     [2]. 4 Moradas 1,7.

     [3]. Von Balthasar, H. U. «Adrienne Von Speyr. Vida y misión teológica». Ed. Encuentro. Madrid. 1986. p. 59.

     [4]. Autobiografía. Texto: «La oración».