Sigamos el ritmo de lo auténtico en nosotros

martes, 12 de octubre de 2021
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12/10/2021 – Compartimos el Evangelio en un minuto en Lucas 11,37-41 , en el día de Carlo Acutis el Señor nos invita a encontrarnos con lo original, lo auténtico, tal cual lo hizo este joven Beato, contemporáneo a nosotros, hallando en la Eucaristía la verdadera autopista al Cielo.

“Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo extrañó de que no se lavara antes de comer. Pero el Señor le dijo: «¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro”.

Lucas 11,37-41

 

Un invitado disconforme

Dentro del contexto de una comida de Jesús en casa de un fariseo, coloca Lucas sorprendentemente una serie de seis invectivas de Jesús contra los fariseos primero y los escribas después. El motivo es la hipocresía, que constituye la levadura de los fariseos, de la que los discípulos deben guardarse (Lc 12,1).

El evangelio de hoy es una introducción a esos seis inquietantes ¡ay de ustedes!, en que mezcla el dolor y la indignación, la maldición y la condena del juicio mesiánico de Jesús. La ocasión se presenta cuando al sentarse Jesús a la mesa del fariseo que lo invitó a comer en su casa, no se atuvo a las abluciones rituales, es decir, no se lavó las manos. Algo que sorprendió al anfitrión. Entonces el señor le dijo: “Ustedes los fariseos limpian por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosan de robos y maldades.

Frente a su hipocresía Jesús hizo notar que no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón (7,21 s). Es el corazón del hombre y de la mujer, es decir, el núcleo más íntimo de la persona, sus intereses y criterios, actitudes e intenciones, lo que hay que convertir en primer lugar. Y luego, de un corazón convertido brotarán el bien y las buenas acciones.

Eso es lo que quiere decir la expresión de Jesús con que concluye el evangelio de hoy: “¡Necios! Den limosna de lo de dentro y lo tendrán limpio todo”. La limosna los dejará más puros que sus repetidas e inútiles purificaciones. Porque lo que el hombre retiene egoístamente para sí mismo, lo hace impuro ante Dios; en cambio, lo que comparte con los hermanos necesitados, incluida su propia vida, es lo que lo hace puro y limpio ante el Señor.

Dar y darse de corazón

Los ritos, como mediaciones visibles entre lo sagrado y el hombre, han sido y son comunes a toda religión, porque en esos gestos simboliza, ve el hombre contacto con la divinidad. El peligro es absolutizar la mediación de los ritos, que vienen así a ocupar el primer puesto en la esfera religiosa, relegando al olvido las actitudes personales del creyente.

Eso hicieron los guías del pueblo judío en tiempo de Jesús. De tal modo primaron la mediación de los ritos exteriores, como purificaciones y ayunos, ley y tradiciones, sábado y diezmos, votos y ofrendas, que anulaban las disposiciones interiores del corazón como determinante primero de la comunión del hombre con Dios.

El constitutivo esencial de la religión, según Jesús, no son las mediaciones de lo sagrado, ni sus símbolos más o menos opacos, sino la adoración a Dios en espíritu y en verdad que él inauguró con su ejemplo personal y su mensaje.

La esencia del fariseísmo rabínico y del moralismo legalista es situar a Dios por la ley, reemplazando la adoración por el ritualismo. La seguridad de conciencia que de aquí se sigue no es más que un espejismo miope, porque absolutizando la ley se pierde por completo la perspectiva religiosa y la alegría evangélica.
Para el cristianismo la ley no es un ente autónomo, un tirano prepotente que exige obediencia incondicional siempre y en todo lugar. Esa ley no libera ni salva al hombre. La Ley del creyente, del nuevo adorador del Padre en espíritu y en verdad, es Cristo mismo, Jesús en persona. Él es la nueva y única mediación liberadora entre Dios y el hombre. Su ley se resume en el amor a Dios y al hermano; ley que no tiene límites ni fronteras. Por eso es el amor la plenitud de la ley; y por eso es la fe que actúa por la caridad la fe que nos salva.

De la superficialidad a la sabiduría del amor

Esta es una invitación a descubrir a Jesús en las formas sencillas de su presencia: en los pobres, en las cosas que nos pasan cada día, en los miembros de nuestra comunidad.

Si aceptamos que Dios nos habla en su Palabra, allí encontramos el mandamiento del amor al prójimo. Su Palabra nos dice que quien está en la luz pero no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas” (1 Jn 2,9), y que “el que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).

Si alguien quiere salir de la superficialidad y ser una persona “profunda”, su camino es el amor a los hermanos. No hace falta buscar caminos extraños o misteriosos, es más simple de lo que muchos creen.
Si no me encuentro con los demás, si no los amo, si no busco su felicidad, entonces nunca alcanzaré la profundidad. Si soy capaz de salir de la queja, de la crítica inútil, del egoísmo, y doy el salto del amor para encontrarme con los otros, entonces se disipan las tinieblas y puedo ver con claridad.

Un acto de amor es lo más profundo y noble que puede vivir un ser humano. Un acto de amor es mucho más sabio que un pensamiento maravilloso.

A veces nos engañamos creyendo que la profundidad es sólo un sentimiento interior, una sensación. No es así. Simplemente sentir una especie de cariño, o sentir compasión por los pobres, no basta para alcanzar la verdadera profundidad. Eso puede quedarse en el nivel superficial de las sensaciones, de la emotividad.

El verdadero amor es una salida generosa de sí mismo, es un impulso que nos mueve a unirnos a los demás buscando la felicidad de ellos. Si no es así nos quedamos en la cáscara de las emociones y no alcanzamos ninguna profundidad real.

El amor que nos hace sabios es sobre todo salir al encuentro de las necesidades reales de los demás. No es un idealismo, porque las necesidades de los demás son reales. No es darle al otro lo que yo imagino que necesita, sino lo que el otro realmente está necesitando.

El amor que nos hace sabios es el que nos hace capaces de salir de nuestro mundo al mundo de los otros, de la pasión por sentirnos bien a la pasión del servicio, de la disponibilidad que es lo contrario de los que parecen tener siempre un cartel en la frente que dice “No molestar por favor”.

El ser humano sabio y profundo está liberado de estructuras, esquemas y agendas, y parece estar siempre preguntando. “¿Qué necesitas”.

En lugar de pensar y lamentarse por dentro diciendo: “esta persona me está molestando”, un cristiano profundo aprendió a decir: “esta persona me necesita”.

Miremos a Jesús. Él iba caminando con un rumbo claro y con un proyecto. Parecía que no valía la pena que se detuviera en cosas pequeñas. Por eso, cuando un ciego gritaba al lado del camino, los discípulos trataban de hacerlo callar, para que no interrumpiera al Maestro. Pero el Maestro reaccionó como todo hombre sabio y profundo. Se detuvo. Él tenía sus proyectos. Pero se detuvo ante lo sagrado de un ser humano despreciado, y le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” (Lc 18,41).

¿Acaso Jesús no tenía cosas que hacer? Seguramente. Pero no estaba atado a una agenda ni a un horario intocable cuando se presentaba un ser humano con una necesidad real. Él mismo dijo: “Yo no he venido a ser servido sino a servir” (Mt 20,28).

Hay quienes están tan ocupados con gimnasia, el tiempo de relajación, las lecturas de autoayuda que ya no les queda tiempo para detenerse ante nadie. Eso está realmente lejos de la sabiduría. Porque el único camino de la verdadera sabiduría es el amor

La persona sabia ha renunciado a defenderse a sí misma en las paredes de su propio yo, y aceptar entrar en comunión con los demás para formar un Cuerpo, donde todos los miembros se preocupan unos de otros (1 Cor 12).