Miércoles, 15 de marzo de 2017

Día 11: El nacimiento del Señor

Miércoles, 15 de marzo de 2017
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Pesebre (25)

 15/03/2017 – Hoy San Ignacio nos presenta una contemplación propia de la segunda semana. Buscamos reconstruir la historia a partir del texto del nacimiento de Jesús: Lc 2, 1 en adelante. Seguimos pidiendo un interno conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo para más amarlo y mejor servirlo. Lo hacemos con espíritu de humildad, dejándonos mirar por el Señor, y con vergüenza y confusión porque por nosotros el vino a la Tierra. Hoy el Señor viene a ofrecerse a nosotros; Dios se hace hombre y viene a nacer en un pesebre.

Los puntos y reflexiones que compartimos sirven para traer más contexto por si ayuda a la reflexión, pero lo importante es el texto bíblico que llevamos a la oración. Y ahí en la oración, prestar atención a lo que se me va diciendo para luego discernir.

El Niño Jesús nace en lo oculto y en el silencio, en una cueva oscura, y nace sorprendiendo.

El capítulo 2 de Lucas recoge los hechos históricos: el Salvador ha nacido de una madre virgen. Los reviste del ropaje midráshico con los que los ha revestido la comunidad judeocristiana. Podemos, pues, leerlo, distinguiendo en él dos planos: los hechos históricos, y el ropaje midráshico. El autor pone en sintonía el acontecimiento del nacimiento del Redentor con la profesía que aparece en Miqueas.

Midrash es una búsqueda o penetración del texto sagrado, para encontrar en él su significación profunda. Es, a menudo, una reflexión que tiene por objeto responder a un problema o a una situación nueva surgida en el curso de la historia del pueblo de Dios, incorporando a la revelación un dato nuevo, prolongando con audacia las virtualidades de la Escritura.

Uno de los procedimientos corrientes del midrash consiste en describir un acontecimiento actual –pasado o futuro- a la luz de uno pasado, retomando los mismos términos para señalar su correspondencia y compararlos. Son como “reminiscencias” de otros textos de la Escritura en el texto que se está redactando.

Por ejemplo, el relato de la natividad, a la luz de la profecía de Miq 5, 1-5:

Miq 5, 1-5

Lc 2, 4-9. 14

1. Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá.

5. Subió a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén.

2. Hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar ha luz

6. Y sucedió que se le cumplieron los días de alumbramiento y dio a luz.

3. Él pastoreará (su rebaño) con el poder de Yahveh, con la gloria del nombre de Yahveh su Dios

8. Había unos pastores en la misma comarca

4. Él será la Paz

9. La gloria del Señor los envolvió con su luz

14. Paz a los hombres

 

Se puede añadir la analogía entre el Mesías de Miqueas, dominador (5, 5b), y el Mesías de Lucas, hijo de David (2, 4. 11), salvador y Cristo Señor (2, 11); y entre “los confines de la tierra” (Miq 5, 3) y “todo el mundo” (Lc 2, 1).

Además, entre Miq 4, 8-10 y Lc 2, 4. 7. 8 hay, como idea común, el dar a luz fuera de la ciudad, en el campo, en los pastizales de Belén, donde David había pastoreado sus rebaños. También Moisés pastoreó a las ovejas de su suegro “más allá”. 

Lucas sitúa la historia de la salvación en el curso de la historia universal: el emperador romano Augusto reina sobre la tierra entera, sobre los países comprendidos en el Imperio Romano. Como dice un autor contemporáneo, Augusto dio nuevo aspecto al mundo entero. La Providencia, que gobierna a toda vida, colmó a este hombre de grandes dotes para bien de los hombres. En su aparición se han colmado las esperanzas de los antepasados y, en su tiempo, el nacimiento de Dios ha introducido la Buena Nueva y ha comenzado un nuevo cómputo del tiempo.

Mediante una disposición suya (Lc 2, 3-1), el emperador Augusto, que reina sobre el mundo, se pone, sin tener conciencia de ello y conforme al designio de la divina Providencia, al servicio del verdadero Salvador del mundo, en quien se cumple lo que los hombres habían expresado de Augusto y que él no pudo dar hasta cierto grado, pero no en su plenitud.

El nacimiento se refiere con sobriedad, con sencillez, objetivamente, en pocas palabras: “Dio a luz a su hijo”. María trajo al mundo a su hijo con verdadera maternidad: de Isabel se dijo que “tuvo un hijo” (Lc 1, 57); de María, que “dio a luz a su hijo”.

La concepción virginal resuena en todas partes. Dio a luz a su hijo primogénito. ¿Se dice esto porque fuera Jesús el primero de varios hijos varones? La palabra no exige necesariamente esta interpretación. Una inscripción funeraria del siglo V d.C., hallada en Egipto, da buena prueba de ello. Una joven mujer, difunta, se expresa así: “En los dolores de parto del primogénito, me condujo el destino al término de la vida”.

Lucas elige este título de “primogénito” porque Jesús tenía los deberes y los derechos del primogénito (Lc 2, 23) y porque era el portador de promesas.

María presta a su Hijo los primeros servicios maternos: “Lo envolvió en pañales” (Lc 2, 7). Los niños recién nacidos se envolvían fuertemente en jirones de tela a fin de que no pudieran moverse, porque se creía que así crecerían derechas sus extremidades. “Lo acostó en un pesebre”, como en el que comen los animales. Este detalle de que el Niño recién nacido tuviera como primera cuna un pesebre es explicado por Lucas con estas palabras: “porque no tenían sitio para ellos en el alojamiento”. 

María y José, llegados a Belén, habían buscado alojamiento en un albergue de caravanas. Era este un lugar, por lo general al descubierto, rodeado de una pared con una sola entrada. En el interior a veces había un pórtico o corredor de columnas alrededor, que en algún tramo podía estar cerrado con pared, formando un local grande o varios pequeños. En medio, en el patio, estaban los animales; las personas se cobijaban en el pórtico, estando reservados los espacios cerrados a los que podían permitirse aquel “lujo”. Cuando María sintió que se acercaba su hora, no había allí lugar para ella. Se fue a un sitio utilizado como establo; en efecto, donde había un pesebre, debía haber un establo.

Así el Señor prometido es un niño pequeño, incapaz de valerse por sí mismo, acostado en un pesebre. Se despojó, se humilló y tomó la forma de esclavo. Como dice san Pablo: “conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo: cómo por nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que nosotros fueramos enriquecidos con su pobreza” (2 Cor 8,9).

Gloria a Dios en el cielo

Ignacio añade (EE 264, 3er punto) que “llégose una multitud del ejército celestial que decía: gloria a Dios en los cielos” (Lc 2, 13-14).

Al mensaje del nacimiento, se añade la alabanza angélica: un responsorio hímnico de una multitud de los ejércitos celestiales. Los ejércitos celestiales son –según la concepción de los antiguos- las estrellas, ordenadas en gran número en el cielo y trazando sus órbitas, pero también los ángeles que las mueven. Los ángeles forman la corte de Dios, que es llamado “Dios Sebaot (de los ejércitos)”.

Al introducir al Primogénito en el mundo, dice Dios: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (Heb 1, 6). Los ángeles se interesan vivamente en el acontecimiento salvífico: son “espíritus seguidores (de Dios) con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación” (Heb 1, 14).

El canto de los ángeles es una aclamación mesiánica: no es de deseo, sino proclamación de la obra divina; no es ruego, sino solemne homenaje de gratitud. En dos frases paralelas se expresa lo que el nacimiento de Jesús significa en el cielo y en la tierra, para Dios y para los hombres. Dado que el cielo y la tierra están afectados por este nacimiento, tiene este un alcance universal.

“Gloria a Dios en las alturas”: Dios habita en las alturas; y en el nacimiento de Jesús, Dios mismo se glorifica. En él da a conocer su ser: Jesús es revelación acabada de Dios, reflejo de su gloria (Heb 1, 3). Él anuncia la soberanía de Dios, la trae y la lleva a su perfección. En él se hace visible el amor de Dios (Jn 3, 16). Al final de su vida podrá decir: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4).

“Y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace”. En la tierra viven los hombres y por el recién nacido reciben la paz. Jesús es Príncipe de la paz (Is 9, 5). La paz encierra en sí todos los bienes salvíficos (Is 11,6). La paz es restauración con creces de todo lo que los hombres habían perdido por el pecado. Es fruto de la alianza que había concluido Dios con Israel y que es renovada por Jesucristo.

Los hombres reciben paz porque Dios les ha mostrado su complacencia, su favor, su amor. Jesús garantiza a los hombres la complacencia y el amor de Dios: sólo por él puede salvarse el hombre. El himno angélico extiende la complacencia divina a todos los hombres.

El anuncio solemne del ángel exalta al recién nacido como Rey-Mesías, como príncipe de la paz, que reconcilia y reúne el cielo con la tierra. Y este canto angélico dice relación con la aclamación del pueblo que acompaña a Jesús en su entrada a Jerusalén al comienzo de su pasión: “Bendito el rey que viene… paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19,38).

Momentos de la oración

1- Oración preparatoria (EE 46) me pone en el rumbo del Principio y Fundamento: que lo que yo vaya a hacer me ponga en el contexto de buscar y realizar, ya desde ahora, y por encima de todo, la voluntad de Dios.

2- “Traer la historia” (EE 102) Se trata de reconstruir la historia de lo que contemplo a partir de los datos. Ayudará leer detenidamente y varias veces el pasaje que quiero contemplar: San Lucas 2, 1 y siguientes.

3-“La composición de lugar” (EE 103) tengo que componer la escena, re-crearla, reconstruirla desde los datos que la Escritura me ofrece.

4-Formular la petición (EE 104) La petición es la que enrumba la oración, la pone en búsqueda de algo, no la hace simple pasatiempo, sino persistente interés en alcanzar algo.

“Interno conocimiento de nuestro Señor Jesucristo para más amarlo y mejor seguirlo”

5-Reflectir para sacar algún provecho significa dejarme mirar por la escena, como ubicarme en ella: aquí me implico en ella como si presente me hallare. Es dejar que lo mirado me mire y me diga algo nuevo. Eso que se me dice son las mociones que se me dan.

6-Coloquio: a partir de lo que he vivido en la contemplación, no me faltarán palabras para pedir, agradecer, alabar o simplemente disfrutar de lo que se me ha dado.

7-Exámen de la oración