18/02/2026 – (Fuente: Vatican News) En la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro, León XIV continúa el ciclo sobre los documentos del Concilio con la primera catequesis dedicada a la Constitución «Lumen gentium» sobre la Iglesia. Es el instrumento de Dios para «unir en sí mismo a las personas y reunirlas entre ellas» gracias a «la acción reconciliadora de Jesucristo». Y «sacramento de salvación» a través del cual el Padre nos hace «partícipes de su vida gloriosa» alimentándonos con su cuerpo y sangre.
La Iglesia es expresión del designio de Dios para la humanidad: «unir a las personas con Él y entre sí» gracias a «la acción reconciliadora de Cristo». Es «sacramento de salvación» a través del cual el Padre nos hace «partícipes de su vida gloriosa con el alimento de su cuerpo y su sangre», y signo de reconciliación entre los pueblos en una humanidad dividida. Es cuerpo de Cristo resucitado y el único pueblo de Dios peregrino en la historia». Así reinterpreta el papa León XIV, en la catequesis de la audiencia general de hoy, 18 de febrero, el mensaje fundamental de la Constitución dogmática conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium, aprobada el 21 de noviembre de 1964. Con la catequesis titulada «El misterio de la Iglesia, sacramento de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano», continúa así el ciclo sobre «Los documentos del Concilio Vaticano II», iniciado el 7 de enero y continuado con cinco citas sobre la Dei Verbum.
En la Iglesia atraídos por el Amor de CristoEl Papa recuerda inmediatamente que el Concilio, para explicar el origen de la Iglesia, utilizó el término «misterio», tomado de las Cartas de San Pablo, en particular de la Carta a los Efesios. No quiso decir, por supuesto, «que la Iglesia es algo oscuro o incomprensible», sino todo lo contrario. El apóstol de las gentes, de hecho, utiliza el término misterio para «indicar una realidad que antes estaba escondida y ahora ha sido revelada». El plan de Dios, de hecho, es «unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo», que «se llevó a cabo en su muerte en la cruz».
Esto se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica: allí las diversidades se relativizan, lo que cuenta es encontrarse juntos porque nos atrae el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14).
Jesús nos llama con su cruz y vence toda divisiónPara San Pablo, explica León XIV, el misterio «es la manifestación de lo que Dios ha querido realizar para la entera humanidad». Una humanidad «fragmentada», que los seres humanos no logran reparar, aunque siempre tienden a la unidad. Es Jesús quien, por medio del Espíritu Santo, «venció las fuerzas de la división y al mismo Divisor».
Encontrarse juntos celebrando, habiendo creído en el anuncio del Evangelio, y vivido como atracción ejercitada por la cruz de Cristo, que es la manifestación suprema del amor de Dios; y sentirse convocados juntos por Dios: por eso se usa el término ekklesía, es decir, asamblea de personas que reconocen haber sido convocadas. Así pues, hay una cierta coincidencia entre este misterio y la Iglesia: la Iglesia es el misterio hecho perceptible.
La Iglesia, signo e instrumento de unión con Dios y con toda la humanidadUna convocatoria que, querida por Dios, no puede, según el Papa León, «limitarse a un grupo de personas», sino que está destinada a todos los seres humanos. Por eso, los padres conciliares, al comienzo de Lumen gentium, afirman que « La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano».
Con el uso del término “sacramento” y la consiguiente explicación, se quiere indicar que la Iglesia es en la historia de la humanidad expresión de lo que Dios quiere realizar; por lo que, al mirarla se capta en cierta medida el plan de Dios, el misterio: en este sentido la Iglesia es un signo.
A través de la Iglesia Dios nos hace partícipes de su vida gloriosaAl término «sacramento», recuerda el Papa, se añade también el de «instrumento», porque cuando Dios obra en la historia, a través de la Iglesia «involucra en su actividad a las personas que son destinatarias de su acción», y mediante la Iglesia «alcanza el objetivo de unir a a sí mismo las personas y de reunirlas entre ellas». Así se convierte en la ‘experiencia de la salvación’: en el n.º 48 de Lumen gentium, el Concilio dice que Cristo «resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre». Un texto que, para León XIV, permite comprender «la relación entre la acción unificadora de la Pascua de Jesús, que es misterio de pasión, muerte y resurrección, y la identidad de la Iglesia».
Al mismo tiempo, nos hace sentir agradecidos por pertenecer a la Iglesia, cuerpo de Cristo resucitado y único pueblo de Dios peregrino en la historia, que vive como presencia santificadora en medio de una humanidad todavía fragmentada, como signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos.
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