Vía Crucis: Cristo anula el mal con el amor. Quien abusa del poder responderá a Dios

viernes, 3 de abril de 2026

03/04/2026 – (Fuente: Vatican News) El Vía Crucis del fraile menor es una reflexión sobre el mundo contemporáneo. En sus meditaciones para la tradicional cita del Viernes Santo en el Coliseo, reflexiona sobre el poder ejercido por los hombres: al igual que en la época de Jesús, también hoy algunos creen que han recibido una autoridad sin límites y piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo, decidiendo, por ejemplo, iniciar una guerra.

La Vía Dolorosa se despliega por las callejuelas de la Ciudad Vieja de Jerusalén y nos hace recorrer el camino de Jesús desde su condena a muerte hasta el Gólgota, lugar de su crucifixión. Así era hace dos mil años y así lo es hoy: “un ambiente caótico, alborotado y bullicioso, entre personas que comparten la fe en Él, pero también entre otros que se burlan e insultan. Así es la vida de todos los días”. Y es un Vía Crucis en el mundo actual —donde se abusa demasiado del poder y a menudo se falta el respeto a la dignidad humana— el que se desprende de las meditaciones escritas por el padre Francesco Patton para la ceremonia vespertina del Viernes Santo en el Coliseo con León XIV, quien llevará la cruz a lo largo de las 14 estaciones desde el Anfiteatro Flavio hasta el cercano Monte Palatino.

Lea aquí el texto integral de las meditaciones del Vía Crucis en el Coliseo

El poder de los hombres y el poder de Jesús

El fraile menor, ex Custodio de Tierra Santa, combina los Evangelios de la Pasión con textos de San Francisco de Asís, en conmemoración del octavo centenario de su muerte que se celebra este año, y desarrolla sus reflexiones releyendo en la realidad actual lo que vivió Cristo, trayendo sus enseñanzas al presente y comparando el poder que ejercen los hombres con el poder del amor de Jesús. En primer lugar, en la primera estación, donde Jesús, en su diálogo con Pilato, desenmascara «toda presunción humana de poder». «También hoy algunos creen que han recibido una autoridad sin límites y piensan que pueden usarla y abusar de ella a su antojo», destaca el padre Patton, pero «toda autoridad deberá responder ante Dios por el propio modo de ejercitar el poder recibido»: «el poder de juzgar, pero también el poder de comenzar una guerra o de terminarla; el poder de educar a la violencia o a la paz; el poder de alimentar el deseo de venganza o el de reconciliación; el poder de usar la economía para oprimir los pueblos o para liberarlos de la miseria; el poder de pisotear la dignidad humana o de tutelarla; el de promover y defender la vida o de rechazarla y suprimirla».

La falta de respeto por la dignidad humana

L’abuso di potere è un tema che ricorre ancora nella X stazione, “Gesù è spogliato delle vesti”. Quel tentativo dei soldati di umiliare e spogliare della dignità umana Cristo, per il francescano “si ripete continuamente anche ai giorni nostri”: quando i “regimi autoritari” obbligano “i prigionieri a rimanere seminudi”, si eseguono torture o c’è chi autorizza e utilizza “forme di perquisizione e controllo che non rispettano” l’uomo. E “lo praticano gli stupratori e gli abusatori”, “l’industria dello spettacolo, quando ostenta la nudità per guadagnare qualche spettatore in più” e pure “il mondo dell’informazione, quando denuda le persone davanti all’opinione pubblica”. Ma ognuno può anche ledere la dignità di una persona quando con la propria “curiosità” non ne “rispetta né il pudore, né l’intimità, né la riservatezza”. E allora bisogna lasciarsi rivestire da Gesù di “umiltà”, di “compassione”, di “un rinnovato senso del pudore”.

Jesús es despojado de sus vestiduras

El abuso de poder es un tema que vuelve a aparecer en la décima estación, «Jesús es despojado de sus vestiduras». Ese intento de los soldados de humillar y despojar a Cristo de su dignidad humana, para el franciscano «se repite continuamente también en nuestros días»: “lo hacen los regímenes autoritarios, cuando obligan a los prisioneros a permanecer semidesnudos en una celda vacía o en un patio. Lo hacen los torturadores que no se limitan a quitar las vestiduras, sino que arrancan también la piel y la carne. Lo hacen aquellos que autorizan y utilizan formas de inspección y control que no respetan la dignidad de la persona. Lo hacen los violadores y los abusadores que tratan a las víctimas como objetos. Lo hace la industria del espectáculo, cuando ostenta la desnudez para obtener algún espectador más. Lo hace el mundo de la información, cuando expolian a las personas ante la opinión pública. Y a veces lo hacemos también nosotros, con nuestra curiosidad que no respeta ni el pudor, ni la intimidad, ni la privacidad de los demás”.

Por eso, debemos dejarnos revestir por Jesús de «humildad», de «compasión» y de «un renovado sentido del pudor». Un ejemplo de ello son José de Arimatea y Nicodemo —XIII estación—, quienes piden el cuerpo de Jesús para darle sepultura digna, realizando un gesto de piedad humana. Hoy, en cambio, hay cadáveres «no restituidos ni sepultados» y «madres», «familiares» y «amigos de los condenados» que se ven «obligados a humillarse ante las autoridades para que les restituyan los restos martirizados de un ser querido ». Sin embargo, «incluso el cuerpo de un muerto conserva la dignidad de la persona y no puede ser ultrajado, ni ocultado, ni destruido, ni retenido, ni privado de una digna sepultura», reflexiona el autor de las meditaciones, y no solo el de una «persona decente», sino que también «el cuerpo de un criminal merece respeto». Por eso debe haber lugar para el sentimiento de la «piedad», «Para sentir el sufrimiento de los encarcelados, para ser solidarios con los presos políticos, para comprender a los familiares de los rehenes, para llorar a los muertos que están bajo los escombros, para tener respeto por todos los difuntos».

El auténtico poder

El auténtico poder nos los muestra Jesús clavado en la cruz, en la XI estación: “No es el de quien considera que puede disponer de la vida de los demás al causar la muerte, sino el de quien realmente puede vencer la muerte dando la vida y puede dar la vida incluso aceptando la muerte”. “El verdadero poder no es el de quien usa la fuerza y la violencia para imponerse, sino el de quien es capaz de cargar sobre sí el mal de la humanidad”. Cristo es Rey y reina desde la cruz, evidencia Patton, pero “no te sirves del poder aparente de los ejércitos, sino de la aparente impotencia del amor, que se deja clavar”. Lo que vence “no es el amor por la fuerza, sino la fuerza del amor”.

La vía de la humildad

En el camino hacia el Gólgota, Jesús, “abrazando la cruz y cargándola sobre tus hombros”, – II estación – abraza “nuestra fragilidad” y se hace cargo “de nuestra humanidad”, cargando . sobre sí “nuestras esclavitudes, nuestros crímenes e incluso nuestra maldición” y enseña a no tener miedo de la cruz. “Líbranos, Jesús, del miedo a la cruz”, invoca el padre Patton pidiendo a Dios que libere a los hombres del “deseo de gloria humana”,  de “la tentación de ignorar al que sufre” y de “preocuparnos sólo de nosotros mismos” “Concédenos la gracia de seguirte por tu mismo camino y de no tener otra gloria más que la de tu cruz”. Y entonces las otras caídas de Cristo se transforman en una invitación a “aprender el camino de la humildad incluso desde la experiencia de nuestras caídas y humillaciones” – III estación – “ y a saber soportar en paz las ofensas y las injusticias sufridas”. “Haz que te sintamos cercano, precisamente y sobre todo cuando caemos, tan cercano en modo tal que nos demos cuenta de que eres tú el que nos levanta y nos vuelve a poner en el camino”.

Por lo tanto, inclinarse, abajarse – VII estación – como lo hizo Jesús lavando los pies a sus discípulos, en la última cena, dejando “un ejemplo, una enseñanza y una profecía: el ejemplo del servicio, la enseñanza del amor fraterno y la profecía del dar la vida”.

Este querer “llevarnos a la misma vida de Dios” llega a Cristo a alcanzar al hombre, y entonces cuando car lo hace “para levantarnos de nuestras caídas”, “para levantar al que permanece en tierra aplastado por la injusticia, por la mentira, por toda forma de explotación y todo tipo de violencia, por la miseria que produce una economía dirigida al provecho individual más que al bien común”, “para levantarme también a mí”.

Su tercera caída, – IX estación – es su cercanía a nuestras fragilidades humanas, porque quiere que “cada uno de nosotros pueda llegar al Padre y encontrar la vida, la vida verdadera, la vida eterna, que nada ni nadie nos podrá quitar”. “En el camino, tras tus huellas, no importa cuántas veces caigamos, sólo importa que Tú estás a nuestro lado y estás dispuesto a levantarnos una vez más, innumerables veces, porque tu amor, tu perdón y tu misericordia son infinitamente más grandes que nuestra fragilidad”.

Los cireneos de hoy

Al contemplar el presente en el camino hacia el Calvario, el padre Patton ve en Simón de Cirene, en la V estación, a las muchas personas que «eligen hacer algo bueno por los demás en todas partes del mundo», a los « miles de voluntarios que, en situaciones extremas, arriesgan la vida para socorrer a quien necesita alimento, instrucción, cuidados médicos, justicia». Muchos de ellos, incluso los no creyentes, que sin saberlo siguen ayudando a  Cristo «a llevar la cruz» al cuidar de otras personas, observa el franciscano, quien reza a Dios para que todos aprendan a ser empáticos y compasivos « no con palabras sino con hechos y en la verdad», atentos «a los que sufren y a los descartados» y a «los que están solos y desamparados».

Las mujeres en el camino de la cruz

También las mujeres presentes durante las horas de la Pasión tienen algo que decir al hombre de hoy. La Verónica, que «sabe reconocer» a Jesús en su «belleza desfigurada», VI estación, nos impulsa a ver a Cristo «en cada persona condenada por los prejuicios», «en los pobres privados de su dignidad», «en las mujeres víctimas de la trata y reducidas a la esclavitud», «en los niños a quienes se les ha robado la infancia». Y las mujeres de Jerusalén —VIII estación— nos recuerdan todas esas presencias femeninas «donde hay sufrimiento o necesidad»: «en los hospitales y en las casas de ancianos, en las comunidades terapéuticas y de acogida, en las casas hogar con los menores más frágiles, en los lugares más remotos de la misión para abrir escuelas y centros de salud, y en las zonas de guerra y conflicto para socorrer a los heridos y consolar a los supervivientes».

Pero en ellas también se puede reconocer a aquellas que lloran por sus hijos « detenidos y encarcelados durante una manifestación, deportados por políticas carentes de compasión, naufragados en desesperados viajes de esperanza, aniquilados en zonas de guerra, suprimidos en campos de exterminio». Las lágrimas que ellas derramaron hay que tenerlas hoy «para llorar por los desastres de las guerras», «por las masacres y los genocidios», «por el cinismo de los prepotentes». Y luego está la madre, María —IV estación—, aquella a quien, bajo la cruz, Jesús le pide «que siga generando y que continúe siendo la madre», de todos. Y a ella el fraile menor le pide que dirija su mirada de ternura «hacia las tantas, tantísimas madres que hoy todavía, como tú, ven a sus propios hijos arrestados, torturados, condenados, asesinados», aquellas «despertadas en plena noche por una noticia desgarradora», y aquellas « despertadas en medio de la noche por una noticia desgarradora, y hacia aquellas que velan en los hospitales a un hijo cuya vida se está apagando». E implora consuelo para «los huérfanos, sobre todo a causa de las guerras», «los migrantes, los desplazados y los refugiados», quienes sufren torturas y penas injustas, quienes han «perdido el sentido de la vida» y quienes mueren solos.

Recorrer el camino de Jesús en el mundo real

En definitiva, con sus meditaciones, el padre Patton nos invita a « a realizar un camino tras las huellas de Jesús que no sea meramente ritual o intelectual, sino que comprometa toda nuestra persona y toda nuestra vida», tal como lo indica San Francisco de Asís en su Oficio de la Pasión del Señor: « Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos». Porque «el Vía Crucis no es el camino del que vive en un mundo asépticamente devoto y de recogimiento abstracto», explica el franciscano, sino «el ejercicio del que sabe que la fe, la esperanza y la caridad deben encarnarse en el mundo real». Es aquí donde el creyente continuamente desafiado «debe hacer suyo el modo de proceder de Jesús».