24/02/2025 – (Fuente: Vatican News) En la misa por el Jubileo de los Diáconos, Francisco les envió un mensaje, en el que les pidió “ser apóstoles del perdón, servidores abnegados de los hermanos y constructores de comunión”.
El pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, monseñor Rino Fisichella, presidió, este domingo 23 de febrero y por delegación del Papa Francisco, quien permanece internado en el hospital Gemelli de Roma, la misa conclusiva del Jubileo de los Diáconos en la basílica de San Pedro.
“Ser apóstoles del perdón, servidores abnegados de los hermanos y constructores de comunión”, fue el deseo expresado por el Papa a través del arzobispo quien, durante la Eucaristía, confirió el diaconado a 23 aspirantes al sacerdocio, de los cuales dos eran oriundos de Brasil, seis de Colombia, uno de Francia, tres de Italia, tres de México, dos de Polonia, tres de España y otros tres de Estados Unidos.
“En la celebración eucarística, sentimos al Papa Francisco cercano y presente en medio de nosotros, y esto -dijo Fisichella- nos obliga a hacer aún más fuerte e intensa nuestra oración, para que el Señor lo asista en su momento de prueba y enfermedad”.
El pro-prefecto realizó la lectura de la homilía preparada por el Santo Padre, en la que se invitaba a la reflexión a partir de las lecturas del día y de la palabra clave ‘gratuidad’, ‘dimensión fundamental de la vida cristiana’ y del ministerio del diaconado, en particular bajo tres aspectos: el perdón, el servicio desinteresado y la Comunión.
El perdón, ‘una condición para toda convivencia humana’En primer lugar, monseñor Fisichella se refirió al perdón, cuyo anuncio es “una tarea esencial del diácono”, pero también “un elemento indispensable para todo camino eclesial” y “una condición para toda convivencia humana”.
“Cuando Jesús dice ‘Amen a sus enemigos’, muestra la necesidad del perdón y de las relaciones: si queremos ‘crecer juntos’, compartiendo luces y sombras, los éxitos y los fracasos de cada uno, no podemos excluir de nuestro amor ni siquiera a los que nos golpean y nos traicionan”, dijo el arzobispo.
Por otra parte, aseguró que “un mundo en el que sólo hay odio hacia los adversarios es un mundo sin esperanza ni futuro, destinado a ser desgarrado por guerras interminables, divisiones y venganzas”.
“Perdonar, por tanto, significa preparar para el futuro ‘un hogar acogedor y seguro, en nosotros y en nuestras comunidades’. En todo esto, el diácono, proyectado en virtud de su ministerio hacia las periferias del mundo, se compromete a ver en todos, ‘incluso en quien se equivoca y causa sufrimiento’, una hermana y un hermano ‘heridos en el alma’, y, por tanto, necesitados más que nadie de ‘reconciliación, guía y ayuda”, enfatizó.
Monseñor Fisichella, en palabras del Santo Padre, abogó por una “apertura del corazón, como aquella de la que habla la historia de David, con su amor por el rey perseguidor Saúl, pero también la que se observa en la muerte ejemplar del diácono Esteban, que cae bajo los golpes de las piedras perdonando a sus apedreadores. Y, sobre todo, se ve en Jesús, el ‘modelo de toda diaconía’ que, en la cruz, ‘vaciándose’ hasta dar la vida, reza por los que lo estaban crucificando y abre las puertas del Paraíso al buen ladrón”.
El diácono, puente que conectará el altar con la calleSobre el segundo aspecto analizado por el pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, fue el servicio desinteresado, expresado en el Evangelio por la invitación a hacer el bien “sin esperar nada”.
Palabras impregnadas del “buen perfume de la amistad”, actitud que no es un “aspecto accesorio” de las acciones del diácono, sino una “dimensión sustancial de su ser” como persona consagrada en el ministerio, “escultor” y “pintor” del rostro misericordioso del Padre y “testigo” del misterio de Dios-Trinidad”.
El prelado, leyendo la homilía del Santo Padre, rastreó numerosos pasajes evangélicos en los que Jesús habla de sí mismo bajo esta luz: después de haber lavado los pies a los apóstoles (‘el que me ha visto a mí, ha visto al Padre’), al instituir la Eucaristía (‘yo estoy entre ustedes como el que sirve’) y cuando, camino de Jerusalén, a los discípulos que discutían entre sí sobre quién era el más grande, les había explicado que ‘el Hijo del hombre […] no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos'”.
De allí se desprende la exhortación del Papa a los diáconos a “acompañar el trabajo gratuito realizado con una sonrisa, sin quejas y sin buscar reconocimiento, apoyándose unos a otros, incluso en las relaciones con obispos y presbíteros”.
“Así, la acción concordante y generosa -leyó monseñor Fisichella- será un puente que conectará el altar con la calle y la Eucaristía con la vida cotidiana de la gente; la caridad será la liturgia más bella y la liturgia el servicio más humilde”.
La gratuidad como ‘fuente de comunión’En el último de los tres aspectos, se refirió a la gratuidad como “fuente de comunión: dar sin pedir nada a cambio une y crea vínculos, porque expresa y alimenta un ‘estar juntos’ que tiene como meta el don de sí y el bien de las personas”.
Siguiendo el ejemplo del patrono diaconal San Lorenzo -que, cuando sus acusadores le pidieron que les entregara los tesoros de la Iglesia, les mostró a los pobres y les dijo: ‘¡Aquí están nuestros tesoros!’-, se comprende cómo se construye la comunión: expresando al hermano y a la hermana con palabras, pero sobre todo con obras, personalmente y como comunidad, la medida del propio valor”.
“Esto es lo que hacen ustedes, maridos, padres y abuelos que están dispuestos, en el servicio, a extender sus familias a los necesitados, dondequiera que vivan”, subrayó el arzobispo a los diáconos presentes, aclarando que su misión, que los ‘saca’ de la sociedad para reintroducirlos en ella, haciéndola cada vez más un lugar acogedor y abierto a todos, es una de las expresiones más bellas de una Iglesia sinodal y en salida”, manifestó.
A los que pronto recibirían el diaconado, monseñor Rino Fisichella les subrayó que el Papa les recordaba en su homilía que descenderían y no ascenderían los peldaños del ministerio, porque con la ordenación “no se asciende, sino que se desciende, uno se hace pequeño, se abaja y se despoja”, para abandonar, en el servicio, al ‘hombre de la tierra’, y revestirse, en la caridad, del ‘hombre del cielo'”.
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