15/04/2026 – (Fuente: Vatican News) Ante los ojos de admiración de los huérfanos, sus cuidadores, voluntarios y las religiosas Hijas de María, en el Orfanato de Ngul Zamba, el Papa, lleva palabras de esperanza y consuelo al recordar que en un mundo marcado por la indiferencia y el egoísmo”, ahí donde hay miseria, sufrimiento o injusticia, Dios está presente, y en Su familia nadie es nunca un extranjero o un abandonado.
El Papa León les dice a los huérfanos de Yaundé que “son portadores de una promesa”, esa de no estar solos, no obstante, sus pérdidas y sufrimientos, les dice que forman una gran familia, de hermanos y hermanas que comparten una historia dolorosa, que son cuidados por quienes “sirven a los pequeños”, saboreando la alegría prometida por el Señor, pero, sobre todo, que Dios está siempre presente, y que su futuro será más grande que sus heridas.
El orfanato Ngul Zamba, gestionado por la Congregación de las Hijas de María y sustentado sólo por donaciones no siempre suficientes para cubrir las necesidades básicas, alberga a niños y jóvenes de entre 18 meses y 20 años. Y sin embargo, la alegría, la conmoción, la fiesta por la llegada del Sucesor de Pedro, no deja entrever las lágrimas, soledades y penurias que los llevaron hasta allí. Atentos a las instrucciones de sus cuidadores, voluntarios y de las hermanas, pareciera que están a punto de planear una travesura, un desgarro a las reglas.
El Papa entra al recinto conmovido y desenvuelto rodeado de sonrisas, ojos brillantes, vivas y cantos. En su saludo, la Superiora General de las Hijas de María de Yaundé, la madre Régine Cyrille Ngono Bounoungou, transmite al Santo Padre el honor y la gracia de recibir al Sucesor de Pedro en el año en que la congregación cumple 100 años, y más aún su presencia en el orfanato Ngul Zamba (La Fuerza de Dios). Los momentos más destacados de la historia, la misión y el carisma de las religiosas se completan con los del orfanato, sus dificultades y retos, con los “rostros que son, para nosotros, el reflejo más puro de Cristo sufriente y lleno de esperanza.
Tres niños, tres huérfanos, tres voces intercaladas, saludan al Santo Padre, le dicen «no somos huérfanos», porque a pesar de que sus padres los hayan abandonado, el Señor los ha acogido, son hermanos y hermanas en Cristo, son fuertes y están unidos, teniendo a las hermanas de las Hijas de María como padres y “construyendo la Iglesia, nuestra nación y la humanidad”. Y es así como una explosión de voces del coro, acompañados por un piano y una flauta traversa piden ser bendecidos por su Santidad.
Pero también Panthaléon Patrice Etogo, antiguo alumno del orfanato, ahora profesor y tutor, quiso contar su historia no solo como uno de los acogidos, sino su compromiso, hoy como profesor: «Educar mirando a los alumnos con benevolencia, comprensión y sin juzgarlos, deseando que se sientan bien y velando por ello». Seguidamente la cocinera del orfanato, Christine Awulbe transmitió su emoción y testimonio a León XIV: «Su visita y su presencia en este lugar nos conmueven profundamente y nos inspiran aún más a continuar nuestra misión con fe, amor y dedicación».
En un mundo marcado frecuentemente por la indiferencia y el egoísmo, esta casa nos recuerda que todos somos custodios de nuestros hermanos y hermanas, y que, en la gran familia de Dios, nadie es nunca un extranjero o un abandonado, sin importar cuán pequeño pueda ser.
Y es que el Santo Padre inicia su breve saludo asegurando que “es el Padre celestial quien los recibe con amor como hijos suyos” y que en su nombre viene a manifestarles su ternura y estrecharlos en su corazón. El Papa les dice que a pesar de sus historias dolorosas forman allí una familia, una fraternidad que, con Jesús, su “hermano mayor”, se hacen fuertes y los hace saborear la verdadera alegría, les recuerda que el Señor tenía una predilección especial por los niños y que “los mira hoy a cada uno de ustedes con el mismo afecto”.
León XIV no deja de reconocer las “pruebas difíciles por las que han pasado, ya sea por la pérdida de sus padres o seres queridos, o por el rechazo, el abandono, la privación, experimentando la incertidumbre, el miedo.
A pesar de todo, ustedes están llamados a un futuro más grande que sus heridas. Son portadores de una promesa. Porque ahí donde puede haber miseria, sufrimiento o injusticia, Dios está presente, conoce sus rostros y está muy cerca de ustedes.
Un especial agradecimiento del Pontífice se dirige a quienes acompañan estos niños y jóvenes – a los responsables, a los educadores, al personal, a los voluntarios y a las hermanas.
Su entrega fiel es un hermoso testimonio de amor. Cuidando a estos niños, saborean la alegría prometida por el Señor a quienes sirven a los pequeños. Su dedicación tiene el rostro de la misericordia divina.
Una entrega y un sostén material – agrega el Papa – que les proporcionan a estos niños una presencia, una escucha, una familia, un futuro.
A través de ustedes se manifiesta la ternura de Dios, una ternura fiel, que no falla en las pruebas y nunca defrauda.Perseverancia y valentía para crecer como amigos de Jesús
León XIV insistió en la importante labor que se realiza en el orfanato y los invita a perseverar con valentía en esa hermosa obra y al darles su bendición y regalarles una hermosa escultura con las imágenes de San José y el Niño Jesús, invoca la protección de la Virgen María, para que los cuide, los consuele en los momentos de tristeza y “los ayude a crecer como verdaderos amigos de su Hijo Jesús”.
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