01/06/2026 – El pasado 7 de mayo, los exalumnos del Colegio Gabriel Tomasini de Salta se convocaron para conmemorar el centenario del nacimiento de una de sus figuras más entrañables y polifacéticas: el sacerdote franciscano e historiador Fray Benito Honorato Pistoya. A través de un emotivo acto impulsado por sus antiguos alumnos en el monumento que lo recuerda, instituciones locales e italianas mantuvieron viva la memoria de un hombre que, habiendo nacido en Ziaco (Italia), adoptó la identidad y el poncho salteño con profunda devoción patriótica.
Nacido con una vocación inquebrantable de servicio, Pistoia abandonó sus estudios iniciales de medicina tras frustrarse su misión franciscana en China debido a cambios políticos. Su destino definitivo fue el norte argentino. Ante la falta de facultades de medicina en la Salta de la época, se volcó a la historia, convirtiéndose en un pilar de la historiografía local y en miembro fundador del Instituto Güemesiano en 1971. Su obra señera, El pensamiento político de Güemes, sentó la piedra basal para los estudios sobre el héroe gaucho en tiempos de escasa documentación.
Sin embargo, el impacto de Fray Honorato trascendió las aulas del Colegio Gabriel Tomasini —del cual fue fundador— y los libros de historia. Pistoya fue, ante todo, un comunicador popular. En una época donde la provincia sintonizaba apenas dos emisoras, su micro radial diario Vivir con fe, emitido por la vieja LV9 Radio Güemes, acompañaba el amanecer de miles de hogares. Tras apagar el micrófono, era habitual verlo recorrer raudamente las calles en su motoneta para oficiar misa.
Su compromiso social abarcó la atención a comunidades aborígenes del norte, la contención en Alcohólicos Anónimos y unaferviente pasión por el fútbol como guía espiritual y pacificador de la hinchada del club Juventud Antoniana, cuyo estadio hoy lleva su nombre.
Fallecido en 1987 tras sufrir dolencias cardíacas, su despedida popular dimensionó su huella: sus restos fueron trasladados a pulso por sus alumnos hasta el cementerio. A un siglo de su natalicio, los salteños no recuerdan a un prócer de bronce, sino a un «santo en vida», cercano y solidario, cuyo mayor legado fue enseñar a mirar a los más desfavorecidos.