08/06/2026 – En el corazón geográfico de la citricultura argentina, la pasión por la tierra no se hereda simplemente como un bien material; se lleva en la sangre. Así lo demuestra Walter Manuel Silva Müller, ingeniero agrónomo, vicepresidente de la Asociación de Citricultores de Concordia y miembro de la Federación del Citrus de Entre Ríos. Nieto de un inmigrante alemán que transformó antiguos viñedos en quintas de cítricos tras un cambio legislativo, Silva Müller representa el puente perfecto entre la tradición familiar y la innovación tecnológica.
A pesar de un bache generacional donde la actividad se discontinuó temporalmente, el arraigo fue más fuerte. Silva Müller regresó a sus raíces en La Criolla, un pequeño pueblo pegado a Concordia, autoproclamada la capital nacional de la citricultura dulce gracias a sus naranjas y mandarinas de sabor y color inigualables, favorecidas por una amplitud térmica ideal y lluvias naturales.
El perfil del productor entrerriano se caracteriza por explotaciones pequeñas, con un promedio de 15 hectáreas. En sus 9 hectáreas de la emblemática quinta «La Rubia» —bautizada así por su abuelo en honor a sus hijas—, Silva Müller produce anualmente entre 120 y 150 toneladas de fruta destinadas principalmente al Mercado Central de Buenos Aires.
Sin embargo, su mayor impacto en la región vino de la mano de la ciencia. Junto a un colega de la Facultad de Agronomía de Oro Verde (Paraná), fundó el vivero «Oro Verde», un proyecto pionero que introdujo la producción de plantas bajo cubierta a partir de las exigencias sanitarias de 2010.
«Tuvimos que adaptar tecnología de Brasil a nuestros portainjertos locales. Fuimos el puntapié para demostrar que se podía producir de forma sana», explica el ingeniero.
Como complemento estratégico para los terrenos bajos y fríos inadecuados para el citrus, la región también ha visto florecer la producción de nuez pecán, convirtiendo a Entre Ríos en un polo destacado de este fruto de origen americano altamente demandado en el exterior.
Hoy, el sector enfrenta encrucijadas complejas: la necesidad de abrir nuevos mercados de exportación para superar un mercado interno deprimido y la lucha constante contra amenazas sanitarias como el HLB y la mosca de la fruta. A pesar de trabajar al límite de la rentabilidad, la superficie plantada en el norte entrerriano se ha recuperado hasta rozar las 40.000 hectáreas.
Para los jóvenes que evalúan regresar al campo, Silva Müller es categórico: la clave está en la capacitación, la tecnología y el cooperativismo. «La tierra no es nuestra, la tenemos prestada de nuestros abuelos para nuestros hijos y nietos», concluye con la mirada puesta en el futuro sustentable del motor productivo del litoral.