María, compañera y modelo de la Iglesia misionera

miércoles, 10 de agosto de 2022
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10/08/2022 – Al hablar de las virtudes marianas, el sacerdote porteño Juan Ignacio Liébana, párroco en Campo Gallo y rector del Santuario de Huachana en Santiago del Estero, se refirió a la Virgen como compañera y modelo de la Iglesia misionera. “La Madre del Señor y Madre nuestra tiene un estilo propio llevando con su presencia la luz de Cristo. Este es su estilo en lo misionero, es un estilo bien laical. María ayuda a darle sabor al mundo. Ya Jesús, en el evangelio de Mateo, en el capítulo 5, le dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres”. Este pasaje se utiliza mucho para comprender la misión que tenemos en el mundo”, aseveró el padre Juani.

“María es la primera misionera, la que no se demora y sale de sí misma para llevar la Buena Noticia de la presencia del Salvador a su prima Isabel. Ella es la que no se mira a sí misma, sino que sale al encuentro de los demás, para llevarles el consuelo y la paz de su Hijo. Lo vemos esto continuado en la historia en las diversas apariciones de la Virgen, como signo de presencia y de testimonio evangelizador. Ella acompaña y alienta a cada uno de los bautizados a asumir su misión en la Iglesia y en el mundo, acompaña de cerca a cada evangelizador en la tarea que Dios nos confía”, agregó Liébana.

Dice el papa Francisco en la exhortación apostólicaen Evangelii gaudium: “María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica. Muchos padres cristianos piden el Bautismo para sus hijos en un santuario mariano, con lo cual manifiestan la fe en la acción maternal de María que engendra nuevos hijos para Dios. Es allí, en los santuarios, donde puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella. Allí encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida. Como a san Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal”.

También expresa Francisco: “Todos somos necesarios, corresponsables en la misión de la Iglesia. En todo bautizado actúa el Espíritu Santo, no sólo en algunos. En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible. Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación. Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión”.