06/02/2026 – En una nueva entrega del ciclo “Reflexiones para el finde”, el Padre Humberto González S.J. propone detenernos en la vida de Santa Josefina Bakhita, una mujer marcada por el dolor de la esclavitud que se transformó en símbolo universal de libertad, reconciliación y esperanza. Su historia no solo conmueve: interpela profundamente nuestra manera de mirar las heridas, la fe y la dignidad humana.
Josefina Bakhita nació en Sudán hacia 1869. Entre los 7 y 9 años fue secuestrada, vendida y sometida a la esclavitud. Su infancia y adolescencia estuvieron atravesadas por la violencia, la tortura y la humillación. Incluso perdió su idioma natal y su propio nombre: Bakhita —“afortunada”— fue el apodo impuesto por sus captores.
“Tenía razones de sobra para quedarse encerrada en sus heridas.”
Sin embargo, su vida no quedó definida por lo que le hicieron. En un giro que el Padre Humberto describe como una verdadera “diosidencia”, Josefina llegó a Italia y entró en contacto con la fe cristiana gracias a las Hermanas Canosianas. Allí descubrió algo que nadie pudo quitarle jamás: su dignidad de hija de Dios.
La libertad exterior llegó cuando la esclavitud fue reconocida como ilegal. Pero la libertad más profunda fue interior. Josefina se bautizó, pidió ser religiosa y transformó su historia en un canto de alabanza.
“Su dignidad no podía ser contaminada por las heridas.”
Ya como religiosa, fue cocinera, sacristana y portera. Oficios sencillos, invisibles. Y desde allí, con una sonrisa, conquistó corazones y se volvió testimonio vivo de la alegría cristiana. Preparó incluso a otras religiosas que partirían como misioneras a África.
Uno de los núcleos más fuertes de la reflexión del Padre Humberto es la advertencia espiritual:
“La tentación es quedarnos lamiendo las heridas.”
Santa Teresa de Ávila hablaba del peligro del “hicieronme”. Bakhita podría haber construido un relato interminable de dolor. Sin embargo, eligió otro camino: integrar sus heridas en un proceso de fe, sin negarlas, pero sin permitir que la definieran.
Cuando le preguntaron qué haría si se encontrara con sus captores, respondió:
“Les besaría las manos, porque gracias a eso conocí a Jesús.”
Una frase que remite al Pregón Pascual: “Feliz culpa que nos mereció tal Redentor”. No justifica el mal, pero proclama que Dios puede transformar incluso lo innecesario en camino de salvación.
La memoria de Santa Josefina Bakhita se une hoy a la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas, impulsada por el Papa León XIV en este 2026, bajo el lema:“La paz comienza por la dignidad.”
El Padre Humberto subraya que la trata no es un problema del pasado. Hoy existen millones de víctimas en el mundo, muchas de ellas invisibles, migrantes forzados, mujeres y niños sometidos a nuevas formas de esclavitud.
“No hay paz sin reconocimiento de la dignidad del otro… y de la propia.”
Reconocer nuestra dignidad nos ayuda también a reconocer la de los demás y a cortar los círculos de violencia y sometimiento.
El Padre Humberto recomienda la película “Bakhita”, un retrato realista y conmovedor de esta santa africana. No idealiza el sufrimiento, pero muestra cómo la gracia puede abrir caminos incluso en medio de lo más oscuro.
Bakhita murió alentando a los demás, con buen humor y serenidad. Una vida oculta, sencilla, que terminó siendo luz para el mundo.
Santa Josefina Bakhita nos deja un mensaje urgente y actual: nadie puede robarnos la dignidad, ni siquiera las heridas más profundas. La fe no borra el dolor, pero lo transforma en fuente de vida, libertad y esperanza.
Su testimonio nos invita a levantarnos cada día, no quedarnos atrapados en el pasado y caminar con la certeza de que Dios sigue escribiendo historias de salvación.