Hay momentos en la vida en los que todo parece estar bajo control: el trabajo funciona, los proyectos avanzan y las redes están llenas. Sin embargo, es justamente ahí donde puede resonar una pregunta decisiva: ¿para quién es todo esto?
Este ejercicio de los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola propone contemplar el llamado de Cristo a partir del Evangelio de la pesca milagrosa (Lc 5, 2-11). Pedro y sus compañeros no eran improvisados: tenían oficio, estructura y experiencia. Pero Jesús sube a su barca y le pide algo inesperado: remar mar adentro. Pedro responde con una frase que marca el inicio de toda vocación: “En tu palabra echaré las redes.”
San Ignacio invita primero a imaginar un rey humano noble, que convoca a sus seguidores a participar en un gran proyecto. Un rey que inspira entrega, sacrificio y sentido. La pregunta es directa: ¿quién no respondería a una misión grande y significativa?
Pero este ejercicio es solo una preparación. Porque el verdadero llamado no proviene de un rey temporal, sino de Cristo, el Rey eternal, que no busca simplemente colaboradores, sino discípulos.
El Evangelio señala un detalle profundo: después de la pesca abundante, los discípulos “lo dejaron todo y lo siguieron”. No abandonan en el fracaso, sino en el éxito. No se van porque no tienen nada, sino porque han descubierto algo mayor.
Cristo no ofrece un contrato mejor ni una seguridad económica. Ofrece una misión: participar en su obra de salvar vidas. Es un llamado que atraviesa el corazón y redefine el sentido de todo lo demás.
Cada persona tiene su propia “barca”: el trabajo, la estabilidad, la imagen social, los proyectos construidos con esfuerzo. El ejercicio ignaciano no pregunta primero qué podemos hacer por Cristo, sino algo más profundo: si estamos dispuestos a que Él disponga de nuestra vida.
No se trata solo de cumplir con lo mínimo ni de ofrecer algo puntual, sino de abrirse a una entrega confiada, sabiendo que el mismo que llama también sostiene.
Cristo sigue subiendo a nuestras barcas. Sigue invitando a remar mar adentro. Y sigue esperando una respuesta libre, nacida del amor y la confianza.
La contemplación del Rey eternal no busca generar temor, sino despertar una decisión interior: reconocer que la verdadera plenitud no está en aferrarse a las redes, sino en seguir a Aquel que les da sentido.
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Oración de San Ignacio
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Disponelo a tu voluntad, dame tu amor y gracia que ésta me basta.
En este espacio encontrarás todo el material diario y complementario para hacer los ejercicios en esta Cuaresma. (link a la categoría)