Con esta contemplación, comenzamos la segunda semana de los Ejercicios Ignacianos. En esta nueva etapa cambia el eje: si la Primera Semana nos llevó a reconocer el pecado y la misericordia, ahora pedimos el conocimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre, para que crezca en nosotros el amor y el seguimiento. La Anunciación (Lc 1,26-38) abre este camino porque nos muestra cómo Dios actúa en lo pequeño y transforma la historia desde la humildad de una casa, no desde el templo ni el poder.
Mirar la escena: Nazaret, la casa y el saludo
Imagina la casa en Nazaret: silencio, vida cotidiana, una joven llamada María. El ángel la saluda: “Alégrate, llena de gracia”. No es un mero saludo: es anuncio mesiánico. La turbación de María no es cierre sino apertura; su pregunta revela asombro y disposición. Frente a esto, la figura de Zacarías —anunciado en el templo con una reacción distinta— sirve de contraste para comprender las distintas actitudes humanas ante la iniciativa divina.
¿Qué es el “conocimiento interno”?
No se trata de acumular datos teológicos: es un conocimiento que nace del encuentro afectivo con el Señor, una experiencia que transforma la voluntad y orienta la vida hacia el seguimiento. Pedir este don es pedir que Dios nos haga ver cómo actúa, que nos deje entrar en su modo de obrar y nos haga responder con amor. El “hágase en mí” de María se ofrece como modelo: una entrega confiada, libre y fecunda.
La pedagogía ignaciana: mirar, escuchar, detenerse
San Ignacio propone una vía práctica: composición de lugar (situarse en la escena), lectura atenta del texto, pedir la gracia explícita y permanecer en silencio interior para que el Espíritu hable. Contemplar la Anunciación implica imaginar al Padre, al Hijo encarnado y al Espíritu actuando; es una contemplación trinitaria que despierta admiración y respuesta.
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Oración de San Ignacio
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Disponelo a tu voluntad, dame tu amor y gracia que ésta me basta.