Las reglas ofrecen una gramática del alma: ayudan a sentir (tomar nota de la moción), conocer (valorar si esa moción acerca o aleja de Dios) y actuar (mantener o rechazar según el discernimiento). El padre Soteras recuerda que el discernimiento no es una técnica fría sino una práctica empapada de experiencia y gracia; leer la vida de los santos y la propia historia espiritual ayuda a “subirse a los hombros de un gigante”.
El discernimiento ignaciano nos educa en libertad: no para aislarnos, sino para elegir con mayor amor. Desde el Evangelio, el Padre nos llama a acompañar a los que sufren la desolación —como el hijo pródigo— y a reconocer que la verdadera consolación nos impulsa siempre hacia el prójimo. La Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la vida espiritual madura se traduce en servicio: si una consolación queda encerrada en la intimidad y no desemboca en mayor caridad, algo falta.
En tiempo de ejercicios espirituales, el desafío es práctico: transformar las intuiciones y lágrimas espirituales en decisiones que construyan comunión. La humildad, la paciencia y el acompañamiento sacramental aparecen como antídotos ante la soberbia y la tentación de apropiarnos de las gracias. Así, la libertad interior ignaciana se convierte en capacidad para elegir lo que más edifica a la comunidad y sostiene la esperanza en tiempos difíciles
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Oración de San Ignacio
Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es tuyo. Disponelo a tu voluntad, dame tu amor y gracia que ésta me basta.
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