19/03/2026 – En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, continuamos profundizando una reflexión que atraviesa la vida contemporánea: la relación entre tecnología y condición humana. En esta segunda parte del diálogo con el Licenciado Diego Fonti —doctor en filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— la pregunta central se vuelve más incisiva: ¿la técnica es solo un instrumento al servicio del ser humano o también termina transformándonos?
La filosofía lleva siglos pensando esta cuestión, pero en la actualidad adquiere una intensidad particular frente al avance de tecnologías cada vez más complejas, como la inteligencia artificial. Lejos de respuestas simples, Fonti propone una mirada que reconoce la ambivalencia de la técnica: una realidad que abre posibilidades, pero que también puede limitar nuestra experiencia humana.
Una idea muy extendida sostiene que la técnica es simplemente un instrumento cuyo valor depende del uso que le dé el ser humano. El ejemplo clásico suele ser el de un cuchillo: puede servir para cortar el pan o para dañar a alguien. Sin embargo, para Fonti esta explicación resulta insuficiente.
Las técnicas no solo son medios que utilizamos para alcanzar determinados fines. También transforman profundamente nuestra forma de vivir. De hecho, muchas de las condiciones básicas de nuestra existencia dependen de ellas.
El ser humano, desde la perspectiva de la antropología filosófica, es un ser que carece de muchas capacidades naturales que otros animales sí poseen. No tenemos garras para cazar, ni un pelaje que nos proteja del frío, ni dientes capaces de despedazar una presa. Sin las herramientas que hemos desarrollado a lo largo de la historia —desde el fuego hasta las ciudades— probablemente la humanidad no habría sobrevivido.
Por eso la técnica no es algo externo al ser humano. Forma parte de lo que somos. Incluso prácticas que solemos considerar puramente culturales, como el lenguaje o la escritura, pueden entenderse también como técnicas que nos permiten habitar el mundo de determinadas maneras.
Uno de los aportes más interesantes de la reflexión filosófica contemporánea es comprender que cada tecnología no solo amplía nuestras capacidades, sino que también modifica el modo en que experimentamos la realidad.
Fonti retoma aquí una intuición del filósofo Martin Heidegger: la técnica abre el mundo de una determinada manera y al mismo tiempo lo cierra de otra. Es decir, habilita ciertas posibilidades mientras limita otras.
Un ejemplo cotidiano puede verse en las formas actuales de comunicación. Durante la pandemia, muchas relaciones se trasladaron a la pantalla. En ese contexto, algunas personas lograron desenvolverse con gran soltura en la interacción virtual. Sin embargo, cuando regresaron a los encuentros presenciales descubrieron que habían perdido habilidades vinculadas al contacto corporal y al encuentro cara a cara.
Esto muestra cómo los modos tecnológicos de comunicación no son neutrales: moldean nuestra forma de relacionarnos con los demás.
El riesgo, advierte Fonti, no está en que la tecnología abra nuevas posibilidades —eso siempre ha ocurrido— sino en que nuestra experiencia humana se reduzca o se empobrezca.
La reflexión sobre la técnica también nos lleva a pensar en el lugar del cuerpo. La corporalidad humana tiene características inevitables: envejecemos, enfermamos y morimos. Frente a estos límites, muchas tecnologías buscan aliviar el sufrimiento o mejorar nuestra calidad de vida, algo que sin duda representa un gran progreso.
Sin embargo, también aparecen tentaciones más radicales, como la idea de superar completamente la condición humana. Algunos proyectos tecnológicos contemporáneos, impulsados por grandes figuras del mundo digital, imaginan la posibilidad de transferir la conciencia humana a máquinas para evitar la muerte.
Pero esta aspiración no es nueva. Desde los textos más antiguos de la humanidad aparece la angustia frente a la mortalidad. En la epopeya de Gilgamesh, uno de los relatos más antiguos que se conocen, el protagonista busca desesperadamente un medio para alcanzar la vida eterna.
La diferencia es que hoy esa búsqueda se formula en clave tecnológica.
Frente al avance de la tecnología suelen aparecer dos posturas opuestas. Por un lado, quienes rechazan la técnica por considerarla una amenaza para la humanidad. Por otro, quienes confían en que la tecnología resolverá todos los problemas humanos.
Para Fonti, ambas posiciones resultan reduccionistas. La historia muestra que la técnica siempre ha estado entrelazada con el desarrollo humano. Negarla por completo sería ignorar esta realidad. Pero confiar ciegamente en ella también implica desconocer sus efectos imprevisibles.
La técnica, en definitiva, es ambivalente. Puede mejorar nuestras condiciones de vida, pero también generar consecuencias que exceden nuestras intenciones.
Un ejemplo claro aparece en la vida cotidiana: muchas de las tecnologías que utilizamos implican procesos productivos que incluyen explotación laboral o impactos ambientales que rara vez vemos de manera directa.
Los griegos ya intuían esta ambigüedad de la técnica. En el mito de Prometeo, el titán roba el fuego a los dioses para entregárselo a los humanos. Ese fuego simboliza la técnica y el conocimiento que permiten a la humanidad desarrollarse. Pero también representa un peligro.
Por eso, según el mito, los dioses otorgan a los humanos otra técnica fundamental: la política. La política aparece así como la “técnica de las técnicas”, aquella que permite establecer acuerdos, poner límites y orientar el uso del poder tecnológico.
Hoy, frente a desafíos globales como la inteligencia artificial, la crisis ecológica o la concentración económica, esta dimensión política resulta cada vez más necesaria.
Las nuevas tecnologías plantean preguntas que todavía no tienen respuestas claras. La inteligencia artificial, por ejemplo, ya no es considerada únicamente una herramienta. En muchos ámbitos comienza a pensarse como un agente capaz de actuar con cierto grado de autonomía.
Esto abre interrogantes profundos sobre el futuro del trabajo, la distribución de la riqueza y el lugar del ser humano en un mundo cada vez más automatizado.
Quizás la cuestión no sea simplemente si la tecnología avanzará —porque lo hará— sino cómo decidiremos orientar ese avance.
Si la automatización reduce el trabajo humano, por ejemplo, podría abrir más tiempo para la vida familiar, el arte o la reflexión. Pero también podría generar nuevas desigualdades si los beneficios quedan concentrados en pocas manos.
Por eso, más que respuestas definitivas, la invitación es a seguir pensando.
Pensar lo que vivimos para no vivir sin pensar.