26/03/2026 – La situación en el Líbano atraviesa un momento especialmente crítico en el marco de la creciente tensión en Medio Oriente. En los últimos días se intensificaron los bombardeos en distintas zonas del país, especialmente en el sur y en Beirut, en un escenario que refleja la escalada del conflicto entre Israel e Irán. Esta dinámica profundiza una crisis humanitaria ya muy delicada, con miles de desplazados y una población civil cada vez más expuesta a la violencia, la pobreza y la incertidumbre.
En este contexto, adquiere un valor particular el testimonio y la tarea del padre Luis Montes, sacerdote argentino del Instituto del Verbo Encarnado, que desde el propio territorio libanés acompaña a las comunidades afectadas con una labor pastoral y humanitaria. Su mirada permite comprender no solo la dimensión geopolítica del conflicto, sino también —y sobre todo— su impacto humano.
“Lo que es muy duro es estar en un país en guerra y ver el sufrimiento de la gente, porque hay personas que mueren todos los días. Hay más de un millón de desplazados en un país muy pequeño, que además atraviesa una crisis económica muy grande. El sufrimiento es enorme: hay gente viviendo en la calle, con frío, bajo la lluvia. Para nosotros es muy duro verlo”, describe el sacerdote, dando cuenta de una realidad que golpea con fuerza a la población civil.
Aunque él y su comunidad se encuentran en una zona relativamente segura, a unos 25 kilómetros de Beirut, la cercanía con los bombardeos es constante: “Nosotros estamos en un lugar seguro, pero escuchamos las explosiones y estamos en contacto permanente con la gente que sufre. Recibimos refugiados: hoy tenemos unas 70 personas en la casa, además de quienes ya vivían con nosotros, que son discapacitados, ancianos y personas en situación de extrema vulnerabilidad”.
La tarea que realizan es integral y profundamente humana. En la llamada “Casa de Misericordia”, no solo brindan alimento y techo, sino también contención espiritual y afectiva a quienes llegan después de haberlo perdido todo: “Lo nuestro es darle refugio a gente que no tiene nada. Incluso recibimos personas que llegan en los últimos días de su vida, para que puedan morir acompañadas, con dignidad. Y lo más importante es que no falte el amor de familia, que es lo que intentamos darles a todos”.
En medio de la diversidad cultural y religiosa —con personas provenientes de distintos países, credos y realidades— la experiencia comunitaria se convierte en un signo de unidad: “El que está necesitado tiene un lugar en nuestra casa. No preguntamos quién es ni de dónde viene, sino qué necesita. Vivimos como una sola familia, y eso ayuda a que las personas se sientan queridas y recuperen la esperanza”.
A pesar del dolor, el padre Montes insiste en que la clave de su misión es sostener la esperanza en medio de la oscuridad: “Nuestra misión es esencialmente espiritual: mostrar la caridad de Jesucristo a quienes han sufrido tanto. El desafío es consolar a quien ha pasado por situaciones muy duras, devolverle una esperanza que muchas veces ha perdido”.
Finalmente, su mensaje trasciende las fronteras del conflicto y se dirige a toda la comunidad internacional: “Hay que rezar mucho por la paz, para que cese el odio y los intereses que producen guerras. Y también hay que combatir el odio con más amor, con más caridad en la vida cotidiana. Como decía la Madre Teresa: si queremos la paz, tenemos que amar más a los que están a nuestro lado”.
En un escenario atravesado por la violencia, su testimonio pone en primer plano el rostro más humano del conflicto: el de quienes, aún en medio de la guerra, eligen sostener la vida, la dignidad y la esperanza.