01/04/2026 – La manera en que se vivía la Semana Santa en la Jerusalén del año 384 d.C. constituye uno de los testimonios más antiguos y valiosos sobre las celebraciones cristianas en sus orígenes. Este registro, dejado por la peregrina Egeria tras su viaje a Tierra Santa, permite comprender la profundidad espiritual y la intensidad con la que los primeros cristianos revivían los misterios de la Pasión, la muerte y la resurrección de Jesús.
En este contexto, el padre Alejandro Nicola, doctor en Patrística, ayuda a iluminar ese tiempo fundacional de la fe, destacando no solo el valor histórico del testimonio, sino también su vigencia espiritual. En sus palabras, la figura de Egeria resulta clave: “cuando aparece una mujer registrada en ese tiempo es porque ha sido sumamente importante lo que hizo, cómo lo hizo, lo que se animó en un momento donde el papel de la mujer era poco tenido en cuenta” . Su viaje, que se extendió durante varios años y atravesó distintos territorios hasta llegar a Jerusalén, refleja una búsqueda profunda por volver a las fuentes de la fe.
Egeria no solo recorrió los lugares santos, sino que dejó constancia de una vivencia comunitaria intensa, dinámica y profundamente encarnada. Tal como explica el padre Nicola, “las peregrinaciones empiezan a ser una costumbre para ir a descubrir justamente los mismos lugares sagrados, porque allí sucedió algo que cambió el mundo… Egeria participa de un redescubrimiento de una espiritualidad en movimiento, no algo estático, sino que busca volver a las bases” . Esa espiritualidad se expresaba en celebraciones prolongadas, cargadas de signos, gestos y participación activa del pueblo.
Uno de los aspectos más impactantes de estos relatos es la manera en que los fieles vivían cada momento litúrgico, recorriendo físicamente los lugares vinculados a la Pasión. En ese sentido, Nicola subraya: “ella es testigo de cómo la gente se mueve, canta salmos, se traslada de un lugar a otro… es una oración que no es cerrada ni anónima, sino comunitaria, hecha de gestos, de símbolos, que involucra todo el cuerpo, todo el ser” . La fe no se limitaba a un rito, sino que se experimentaba como un camino compartido, donde cada acción tenía un profundo significado espiritual.
Los relatos también describen escenas de gran intensidad, como las vigilias nocturnas, las procesiones con antorchas o los momentos de oración en Getsemaní y el Gólgota. En una de las citas más elocuentes, se narra cómo “todo el pueblo prorrumpe en sollozos, gemidos y lamentos… y nadie se retira de las vigilias hasta la mañana” , reflejando una vivencia colectiva marcada por la emoción y la entrega total.
Finalmente, el padre Nicola invita a mirar estas experiencias no solo como un hecho del pasado, sino como un llamado al presente. “Ojalá que pudiéramos imitar ese fervor, esa pasión… ese ardor que muchas veces con el paso del tiempo se va perdiendo. Pero también es una invitación a proponernos vivirlo, a despertar, a generar espacios que nos ayuden a redescubrirlo” . En esa línea, recuperar el espíritu de aquellas առաջին celebraciones puede ser una clave para renovar hoy la vivencia de la Semana Santa.
De este modo, el testimonio de Egeria y la reflexión del padre Alejandro Nicola no solo nos acercan a los orígenes del cristianismo, sino que también interpelan el modo en que hoy se vive la fe, invitando a redescubrir su profundidad, su riqueza simbólica y su dimensión comunitaria.