03/04/2026 – En el marco del Viernes Santo, cuando la mirada se posa sobre la cruz y el sufrimiento de Jesús, surge de manera inevitable una identificación profunda con las propias experiencias humanas. El dolor, la pérdida, la incertidumbre y las heridas personales aparecen con fuerza, junto a preguntas esenciales: ¿es posible darle sentido al sufrimiento? ¿Cómo transformar una experiencia que parece inútil en un camino de redención?
El sufrimiento es una realidad universal, pero no todas las formas de sufrir son iguales. Tal como plantea el padre Mateo Bautista, es clave distinguir entre un sufrimiento vacío, que encierra y paraliza, y un sufrimiento que, aun siendo profundo, puede abrir horizontes de crecimiento y esperanza. En este sentido, advierte con claridad: “Cuando una persona sufre se tiene que hacer dueña de su sufrimiento, porque o yo domino el sufrimiento o el sufrimiento me domina a mí. Esta es la única disyuntiva. O yo controlo mi aflicción, yo regulo mi padecimiento o soy superado”.
Desde esta perspectiva, el camino no consiste en negar el dolor, sino en comprenderlo en su raíz. Bautista propone ir más allá del síntoma para llegar a la herida: reconocerla, nombrarla y afrontarla. Porque, como explica, el sufrimiento es muchas veces la reacción visible de una herida más profunda que necesita ser sanada. En ese proceso, el duelo ocupa un lugar central, no como un estado pasivo, sino como una tarea activa: “Duelo es lo que yo hago conmigo cuando estoy herido para sanar… No puedo quedarme en una vida infeliz, no puedo quedarme en un sufrimiento inútil, sin sentido. El objetivo final es que la herida cicatrice, que se cierre”.
En esta línea, el sacerdote subraya que el mayor riesgo no es el dolor en sí mismo, sino la pérdida de sentido: “No encontraré sentido a lo que ha pasado, pero yo no me puedo quedar sin sentido. El mayor sufrimiento es que la persona se quede sin sentido, sin ilusiones, porque está muerta en vida”.
La clave, entonces, está en el modo en que se vive el sufrimiento. Hay un sufrimiento que destruye, que se vuelve estéril y se prolonga sin horizonte; pero también hay otro que puede transformarse en fecundo, cuando se abre al amor, a la ayuda y a la trascendencia. El ejemplo por excelencia es el de Jesús en la cruz, cuyo dolor no fue vacío, sino plenamente redentor: “Hay un sufrimiento útil, un sufrimiento con misión… el sufrimiento de Jesús. Sus heridas nos han curado, su sufrimiento nos ha salvado. El sufrimiento de Jesús es redención, es salvación”.
Este camino implica también una decisión interior profunda: no quedarse encerrado en la propia herida, sino abrirse a los demás, a la comunidad y a Dios. Como señala Bautista, sanar requiere verdad, humildad y vínculos: “Tengo que hacer un camino interior en verdad y en libertad… tengo que abrirme a los demás. Siempre recordando que soy más grande que mi herida, o yo cierro la herida o la herida no me dejará ser feliz”.
En este Viernes Santo, la reflexión invita entonces a mirar el propio sufrimiento desde una nueva perspectiva. No como un destino inevitable y sin sentido, sino como una experiencia que, atravesada con fe, conciencia y acompañamiento, puede transformarse en un camino de sanación, crecimiento y, en última instancia, de redención.