15/04/2026 – En el ciclo “Enseñanzas desde el Magisterio de la Iglesia”, el Padre Javier Soteras, director de Radio María Argentina, continúa profundizando la exhortación del Papa Francisco Dilexit Nos. En esta oportunidad, la reflexión se detiene en una pregunta fundamental para la vida cristiana: ¿cuál es la mejor respuesta al amor de Dios?
La respuesta, sencilla y exigente a la vez, se encuentra en el corazón del Evangelio: amar a los hermanos.
El Padre Soteras explica que el amor cristiano no nace simplemente de un esfuerzo moral o de la voluntad humana. Surge de la iniciativa de Dios, que mueve el corazón del creyente y lo capacita para amar como Él ama. La caridad, entonces, no es una construcción humana, sino una gracia que transforma interiormente a quien la recibe.
La exhortación Dilexit Nos invita a redescubrir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios. Allí encontramos las palabras que inspiran y orientan la caridad.
El Evangelio de Mateo ofrece una clave decisiva: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. Este pasaje revela que el amor al prójimo no es simplemente una actitud ética o social, sino un encuentro con el mismo Cristo presente en el hermano.
San Pablo también lo expresa con claridad en la carta a los Gálatas: “Toda la ley se cumple en este precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y la primera carta de Juan lo confirma de manera contundente: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos”.
El amor fraterno se convierte así en un signo visible de la vida nueva que nace del encuentro con Dios.
El amor cristiano no se fabrica ni se improvisa. No es el resultado de un simple esfuerzo personal.
El Padre Soteras recuerda que la transformación del corazón solo puede realizarla Dios. Por eso la espiritualidad del Sagrado Corazón invita a una súplica constante: “Señor, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.
Más que esforzarse por cumplir normas externas, el camino cristiano consiste en pedir la gracia de tener los mismos sentimientos de Jesús. San Pablo lo expresa de forma luminosa cuando invita a los creyentes a vivir con “los mismos sentimientos de Cristo”.
Dejar actuar a Dios supone confianza, abandono y disponibilidad. La verdadera dificultad no está en la exigencia del amor, sino en permitir que la gracia transforme el corazón.
La historia del cristianismo muestra que el ejercicio de la caridad siempre ha sido una fuerza profundamente contracultural.
El Padre Soteras recuerda un episodio del Imperio Romano: el emperador Juliano se sorprendía al ver cómo los cristianos cuidaban a los pobres, a los enfermos y a los extranjeros, incluso a aquellos que no pertenecían a su comunidad. Mientras el sistema imperial ignoraba a los más débiles, los cristianos los acogían con respeto y cuidado.
Ese testimonio despertaba admiración y, al mismo tiempo, incomodidad. El emperador llegó incluso a promover instituciones de beneficencia para competir con el testimonio cristiano.
La caridad cristiana se convertía así en una fuerza capaz de cuestionar las estructuras de poder y de revelar una forma distinta de comprender la dignidad humana.
Una de las reflexiones más fuertes del programa se detiene en un fenómeno que atraviesa nuestro tiempo: la indiferencia.
El Padre Soteras recuerda una expresión muy significativa: la contracara del amor no es el odio, sino la indiferencia. Mientras el odio al menos reconoce la existencia del otro, la indiferencia lo invisibiliza.
Cuando una persona es ignorada, descartada o considerada prescindible, se produce una forma profunda de deshumanización. Este fenómeno aparece hoy en múltiples situaciones sociales: personas en situación de calle, ancianos abandonados, enfermos sin atención o comunidades enteras que quedan fuera de los sistemas de cuidado.
Frente a esta realidad, la caridad cristiana recupera el rostro del otro y le devuelve su dignidad.
En el testimonio cotidiano de la Iglesia aparecen signos concretos de esta caridad que humaniza.
El Padre Soteras comparte la experiencia de acompañar a personas en situación de calle y de adicciones. Muchas veces, lo que esas personas necesitan no es solamente ayuda material, sino algo más profundo: ser miradas y reconocidas.
Cuando alguien se siente considerado y amado, comienza a recuperar su propia dignidad. Esa mirada puede despertar nuevamente lo mejor que hay en cada persona.
Por eso la caridad cristiana no se limita a una acción social o a una ayuda puntual. Se trata de un encuentro que reconoce en el otro la presencia de Cristo.
El cristianismo no propone únicamente solidaridad o asistencia social. Propone algo más profundo: la caridad vivida en Cristo.
Esto significa que el amor al prójimo nace del encuentro con Jesús y se orienta hacia Él. No es solo una respuesta humanitaria, sino una participación en el mismo amor de Dios.
La tradición espiritual lo ha expresado con una frase muy conocida de San Juan de la Cruz: “A los males de amor, solo el amor los cura”.
Las heridas humanas no se sanan únicamente con recursos técnicos o estrategias sociales. Es necesario un amor que dé sentido a la vida y que transforme el corazón.
Cuando la caridad se vive de esta manera, se convierte en un signo de transformación social.
Las obras de servicio, la asistencia a los pobres y el acompañamiento a quienes sufren no son solo gestos solidarios. Son una manifestación concreta del amor de Cristo presente en el mundo.
Ese amor, vivido en lo cotidiano, puede iluminar la vida social, despertar nuevas iniciativas de servicio y devolver esperanza a quienes se sienten olvidados.
En definitiva, la respuesta más auténtica al amor de Dios no consiste en palabras ni en gestos aislados, sino en una vida que aprende a amar a los hermanos con el mismo corazón de Cristo.