27/04/2026 – En el ciclo “Un mundo artificial, ¿una sociedad más humana?”, el especialista Gustavo Béliz, miembro permanente de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales del Vaticano y autor del «Atlas de Inteligencia Artificial para el Desarrollo Humano de América Latina y el Caribe», reflexionó sobre el impacto real de la inteligencia artificial en la vida cotidiana y propuso cambiar la mirada con la que habitualmente se analiza esta tecnología.
Lejos de los discursos abstractos o futuristas, Béliz planteó que el verdadero desafío es pensar la inteligencia artificial desde su aplicación concreta en la vida de las personas. “Lo que me gustaría transmitir es que la inteligencia artificial puede ser una herramienta para el buen uso, que no tiene que estar simplemente asociada a las grandes ganancias de las empresas”, afirmó.
En ese sentido, insistió en que su valor más profundo aparece cuando se la orienta al bien común. La pregunta central ya no es solo qué puede hacer la tecnología, sino para quién y con qué propósito se la utiliza.
Del mundo digital al contacto humano
Uno de los ejes principales de la reflexión fue el mensaje del Papa Francisco sobre la necesidad de recuperar el vínculo humano en un contexto atravesado por la digitalización.
Béliz retomó una idea clave: “La acción política verdaderamente orientada al bien común requiere un retorno al analógico”. Esta afirmación pone en el centro algo que ninguna tecnología puede reemplazar: el encuentro personal, la cercanía y el compromiso concreto con los demás.
En este marco, la inteligencia artificial no debe entenderse como un sustituto del ser humano, sino como una herramienta que lo acompañe y potencie.
Una inteligencia artificial al servicio de los más vulnerables
El especialista profundizó en una dimensión clave del debate: el sentido ético de la tecnología. Señaló que la inteligencia artificial puede ser utilizada de distintas maneras, pero que su orientación debe estar claramente definida.
“La podemos entender como una forma de servicio para los más humildes, para los últimos, para los postergados”, explicó. Esta perspectiva permite pensar la tecnología como un instrumento de inclusión y justicia social, capaz de reducir desigualdades y mejorar las condiciones de vida.
Aplicaciones concretas que ya están en marcha
Durante la entrevista, Béliz destacó que muchas soluciones basadas en inteligencia artificial ya están funcionando en distintos ámbitos. Mencionó, por ejemplo, la posibilidad de anticipar enfermedades como el dengue, detectar el abandono escolar, mejorar el transporte público, monitorear el ambiente y optimizar sistemas de salud.
También se refirió al uso en el ámbito judicial para agilizar procesos y reducir demoras. “Pueden hacerse a partir de código abierto y mejorar muchísimos aspectos de la vida cotidiana”, afirmó. Estos ejemplos muestran que la inteligencia artificial no es solo una promesa futura, sino una herramienta concreta que ya está generando impacto.
Evitar los extremos: ni rechazo ni ingenuidad
Béliz también advirtió sobre las posturas extremas frente a la tecnología. Por un lado, quienes la rechazan completamente; por otro, quienes depositan en ella una confianza absoluta. “Ni una cosa ni la otra”, señaló. El desafío consiste en encontrar un equilibrio que permita aprovechar sus beneficios sin ignorar sus riesgos, manteniendo siempre una mirada crítica y responsable.
El desafío de la transparencia
Otro aspecto clave es la transparencia en el desarrollo de la inteligencia artificial. No solo en relación con los algoritmos, sino también con los intereses que intervienen en su diseño y aplicación. “Antes de pensar en las cajas negras de los algoritmos, tenemos que pensar en las múltiples cajas negras de intereses”, advirtió. Este enfoque permite comprender que el debate no es únicamente técnico, sino también político, económico y ético.
Una oportunidad para América Latina
El especialista también destacó el potencial de América Latina en este escenario global. La región cuenta con recursos estratégicos y con la posibilidad de desarrollar soluciones accesibles basadas en código abierto. “Con creatividad e imaginación pueden emplearse soluciones muy simples para mejorar la vida de las personas”, explicó. Esto abre una oportunidad concreta para impulsar desarrollos tecnológicos con identidad propia y orientados a las necesidades locales.
El ser humano en el centro
Para finalizar, Béliz subrayó que el futuro de la inteligencia artificial dependerá del uso que haga el ser humano. “Va a depender del uso adecuado que le demos”, concluyó.
En un contexto de cambios acelerados, la clave sigue siendo la misma: mantener a la persona en el centro y orientar cada avance tecnológico hacia el bien común.