Relativismo y verdad: por qué no todo da lo mismo

viernes, 8 de mayo de 2026

08/05/2026 – Vivimos en una época donde muchas veces pareciera que toda opinión vale igual, que no existen verdades firmes y que cada persona puede construir su propia realidad. En medio de este escenario, palabras como “verdad”, “consenso”, “relativismo” o “fundamentalismo” aparecen constantemente en debates culturales, políticos y religiosos.

Pero ¿qué significa realmente el relativismo? ¿Es cierto que todo depende del punto de vista? ¿Cómo distinguir entre respetar la diversidad y caer en la idea de que “todo da lo mismo”?

En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, el Licenciado Diego Fonti —doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— propuso una reflexión profunda y accesible sobre uno de los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo: la relación entre verdad, relativismo y búsqueda de sentido.

Relativismo no es lo mismo que relatividad

Uno de los primeros aportes de Fonti fue distinguir dos conceptos que suelen confundirse: relativismo y relatividad.

Existen muchas realidades humanas que efectivamente dependen de las culturas, las épocas y las tradiciones. Las costumbres cambian, las sociedades evolucionan y muchas prácticas adquieren sentidos distintos según el contexto histórico. Reconocer eso no implica necesariamente caer en el relativismo.

El problema aparece cuando se da un paso más y se afirma que no existe ningún criterio para distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto, entre aquello que hace bien y aquello que destruye.

Ahí aparece el relativismo en su versión más extrema: la idea de que no hay ninguna brújula común.

¿Cómo sabemos si algo es verdadero?

A lo largo de la conversación, Fonti recordó que esta pregunta acompaña a la filosofía desde sus orígenes. Ya los pensadores griegos intentaban distinguir entre mera opinión y conocimiento fundamentado.

La clave, explicó, está en la posibilidad de justificar nuestras afirmaciones. No alcanza con decir “yo pienso esto”. También necesitamos preguntarnos por qué lo pensamos y qué fundamentos tenemos para sostenerlo.

En algunos campos —como el gusto musical o estético— aceptamos con naturalidad que existan diferencias. A una persona puede gustarle Queen y a otra La Mona Jiménez. Pero cuando entramos en cuestiones éticas, sociales o humanas, la discusión cambia.

Porque si alguien afirmara, por ejemplo, que un grupo humano es superior a otro, no basta con decir “es su opinión”. Surge inmediatamente la necesidad de discutir si esa afirmación tiene algún fundamento real o si se trata de una aberración.

La realidad también nos corrige

Uno de los puntos más interesantes de la reflexión fue la insistencia en que no todo depende de nuestra percepción.

Es cierto que conocemos el mundo desde nuestros límites culturales y biológicos. Vemos determinados colores, escuchamos ciertos sonidos y comprendemos la realidad desde nuestras categorías humanas. Pero eso no significa que el mundo exterior dependa completamente de nosotros.

Fonti recordó que incluso la ciencia ha tenido que corregirse muchas veces a lo largo de la historia. Durante siglos parecía evidente que el sol giraba alrededor de la Tierra. Sin embargo, nuevos descubrimientos obligaron a replantear esa mirada.

Eso muestra algo importante: existe una realidad que resiste nuestras interpretaciones y que continuamente nos obliga a revisar nuestras certezas.

Entre el relativismo y el fundamentalismo

Cuando las personas sienten que todo cambia y que no existen referencias firmes, suelen aparecer dos reacciones opuestas.

Por un lado, el relativismo extremo: pensar que nada puede conocerse con certeza y que todo depende exclusivamente de opiniones o intereses personales.

Por otro, el fundamentalismo: aferrarse rígidamente a interpretaciones literales o absolutas para recuperar seguridad.

Fonti explicó que el fundamentalismo surgió en ciertos sectores religiosos como reacción frente a lecturas demasiado liberales de la Biblia. En lugar de interpretar simbólicamente algunos textos, comenzaron a leerlos de manera estrictamente literal.

La tradición católica, en cambio, históricamente desarrolló una lectura más interpretativa, mediada por el magisterio y abierta a comprender los textos en sus distintos sentidos.

La necesidad de algo sólido

En un momento particularmente profundo del diálogo, apareció una pregunta decisiva: ¿el ser humano necesita algo firme sobre lo cual sostenerse?

Para Fonti, la respuesta es sí. Necesitamos referencias, sentido y raíces. El problema es discernir a qué nos aferramos. Porque podemos construir nuestra vida sobre el amor y el bien común… o sobre ídolos, supersticiones y fanatismos.

“La pregunta fundamental —señaló— es distinguir qué es raíz y qué es cáscara.”

Muchas veces confundimos elementos secundarios con lo esencial, y eso termina generando daño, exclusión y sufrimiento.

Cuando no hay brújula

Hacia el final del programa, Fonti explicó de manera muy concreta las consecuencias cotidianas del relativismo extremo.

Si realmente “todo da lo mismo”, entonces desaparece cualquier criterio para evaluar decisiones, conductas o valores. Ya no habría razones para buscar el bien común, proteger la verdad o cuidar a los demás.

En ese contexto pueden aparecer dos actitudes peligrosas:

  • El escepticismo, que termina en resignación y tristeza.
  • El cinismo, que directamente afirma: “Nada importa, salvémonos solos”.

Frente a esto, Fonti propuso una pregunta sencilla pero profundamente ética:

“Esto que pienso, digo o hago, ¿contribuye a un bien común donde podamos entrar todos?”