14/05/2026 – ¿Qué relación existe entre la memoria y nuestra identidad? ¿Por qué ciertos olores, sonidos o experiencias permanecen vivos dentro nuestro durante años? ¿Qué es realmente el tiempo? Y, sobre todo, ¿cómo se vincula todo esto con el amor?. En el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar”, Diego Fonti —doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— propuso una profunda y apasionante reflexión sobre el pensamiento de San Agustín, uno de los grandes intelectuales de la historia del cristianismo y del pensamiento occidental.
La conversación recorrió temas tan humanos como filosóficos: la memoria, el tiempo, la experiencia interior y el amor como centro de la existencia.
La figura de San Agustín vuelve a adquirir actualidad también por la influencia que su pensamiento tiene en el nuevo Papa León XIV, miembro de la Orden de San Agustín. Pero más allá de las referencias eclesiales, Diego Fonti destacó que Agustín dejó una huella inmensa en toda la filosofía occidental.
Nacido en el norte de África, dentro del Imperio Romano, Agustín vivió en un mundo atravesado por migraciones, intercambios culturales y circulación de ideas. Esa experiencia de movilidad y transformación también marcó su pensamiento.
Su vida personal fue intensa y compleja. Él mismo, en sus famosas Confesiones, relata búsquedas, contradicciones y conversiones interiores. Pero precisamente allí aparece uno de los aspectos más fascinantes de su obra: la profundidad con la que analiza la experiencia humana concreta.
Uno de los grandes aportes de San Agustín es su reflexión sobre la memoria. Para él, la memoria no es simplemente un archivo de recuerdos antiguos, sino el núcleo mismo de nuestra identidad.
“Somos nuestra memoria”, explicó Fonti retomando el pensamiento agustiniano.
Pero esta memoria no es estática. Se construye continuamente y abarca no solo ideas o conceptos, sino también experiencias sensibles: olores, sabores, dolores, emociones y afectos.
San Agustín describe cómo ciertos recuerdos conservan todavía la intensidad de lo vivido. El olor de una comida de la infancia, una herida dolorosa o un momento profundamente conmovedor pueden permanecer presentes dentro de nosotros aun muchos años después.
Con el tiempo, esas experiencias se transforman en narraciones: contamos quiénes somos a partir de aquello que recordamos y de cómo interpretamos nuestra historia.
La conversación también abordó una de las reflexiones más célebres de San Agustín: su teoría del tiempo.
El filósofo africano parte de una observación aparentemente simple: todos creemos saber qué es el tiempo… hasta que alguien nos pide explicarlo.
Habitualmente pensamos el tiempo como algo medible: horas, minutos, relojes. Pero Agustín observa que nuestra experiencia del tiempo no funciona así.
Tres horas pueden pasar volando en una reunión alegre con amigos y hacerse eternas en medio de la tristeza o la soledad. El reloj marca lo mismo, pero la experiencia es completamente distinta.
Por eso, San Agustín afirma algo revolucionario para su época: el tiempo no es solo una medida externa, sino una experiencia interior.
El pasado ya no existe, el futuro todavía no existe y el presente desaparece constantemente. Entonces, ¿cómo experimentamos continuidad?
La respuesta está en la memoria.
Fonti explicó una de las imágenes más hermosas del pensamiento agustiniano: el tiempo como “distensión del alma”.
La memoria funciona como una especie de “elástico” interior que retiene lo vivido, percibe el presente y anticipa el futuro, unificando toda la experiencia humana.
Gracias a esa capacidad podemos, por ejemplo, reconocer una canción. Si escucháramos solo una nota aislada no identificaríamos nada. Necesitamos retener lo que venimos escuchando y anticipar lo que sigue para comprender el sentido completo.
Así ocurre también con nuestra propia vida: construimos identidad uniendo recuerdos, experiencias y expectativas.
Otro aspecto profundamente humano en San Agustín es el valor que le da a las experiencias sensibles.
En sus textos aparecen constantemente referencias a olores, sabores, sonidos y emociones. Incluso utiliza la imagen del “olor de Cristo” para expresar cómo el amor y la experiencia espiritual pueden irradiarse hacia los demás.
Pero al mismo tiempo reconoce un límite importante: el lenguaje nunca alcanza a expresar completamente lo que vivimos.
Siempre hay algo de la experiencia interior —una conmoción, una emoción profunda, un encuentro amoroso o espiritual— que desborda las palabras.
Por eso, la tarea de pensar y comunicar implica siempre un esfuerzo de traducción: intentar poner en palabras aquello que sentimos sabiendo que nunca podremos agotarlo del todo.
Hacia el final de la conversación apareció una de las frases más potentes de San Agustín: “No se puede amar lo que no se conoce.” Para Fonti, esta idea tiene una enorme actualidad. Muchas veces juzgamos rápidamente a personas, grupos o realidades sin conocer verdaderamente sus historias, sufrimientos o búsquedas.
Conocer implica mucho más que acumular información. Implica experiencia, cercanía, escucha y apertura. Solo aquello que verdaderamente conocemos puede ser amado, valorado y respetado.
Finalmente, Diego Fonti explicó cómo memoria y amor están profundamente unidos en el pensamiento de San Agustín. El filósofo habla de una “memoria amante” (amans memoria): una memoria atravesada por el afecto y la gratitud. No recordamos de manera fría o neutral. Nuestra memoria está cargada de emociones, vínculos y significados. Recordamos aquello que amamos, aquello que nos marcó, aquello que nos transformó.
Por eso la experiencia fundamental del ser humano no es simplemente intelectual, sino profundamente amorosa. La memoria activa el amor y el amor, a su vez, da sentido a nuestra historia.