Pedir perdón en la Misa y en la vida

jueves, 21 de mayo de 2026

20/05/2026 – En cada celebración de la Eucaristía, la Iglesia nos invita una y otra vez a volver el corazón hacia Dios. Muchas veces repetimos oraciones conocidas sin detenernos a pensar cuánto significan realmente. Entre ellas, aparece constantemente una actitud esencial para la vida cristiana: pedir perdón.

Como explicó María Cecilia Jaurrieta en nuestro programa “La Eucaristía, una fiesta para la vida”, “pedimos perdón muchas veces, tal vez no nos damos cuenta”. Y justamente descubrir esos momentos puede ayudarnos también a trasladar esa actitud a nuestra vida cotidiana.

Uno de los primeros momentos de la Misa en que pedimos perdón es el acto penitencial, cuando rezamos el “Yo pecador”. Allí reconocemos nuestras faltas delante de Dios y de la comunidad. Mientras pronunciamos esa oración, nos golpeamos el pecho, un gesto cargado de sentido espiritual.

Cecilia recordó una reflexión de Romano Guardini, teólogo y filósofo católico, sobre este gesto: “Golpearse el pecho significa que el hombre se despierta, mantiene despierto el mundo interior para que perciba el llamado de Dios”.

Ese gesto expresa arrepentimiento, deseo de conversión y apertura al cambio. No se trata solamente de repetir palabras, sino de pedir sinceramente que Dios transforme nuestro corazón.

“Si no hay una voluntad de pedirle al Espíritu Santo que nos convierta, que nos cambie el corazón, no podemos avanzar en nuestra vida espiritual”.

A lo largo de toda la Liturgia, el pedido de perdón vuelve a aparecer: en el “Señor, ten piedad”, en el Gloria, y nuevamente antes de la comunión al rezar: “Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros”. También en el Credo reconocemos que la Iglesia recibió de Cristo la misión de perdonar los pecados.

Cada una de estas expresiones nos recuerda que necesitamos la misericordia de Dios para vivir reconciliados y en paz.

“El perdón es una forma de vivir en paz. Perdonar y pedir perdón son dos caras de la misma moneda”.

María Cecilia nos recordó que la propuesta del Evangelio no termina en pedir perdón a Dios. También implica aprender a perdonar a los demás y a nosotros mismos. Y para que eso sea posible, hay una actitud fundamental: la humildad: “La humildad es reconocer lo que uno es, ni más ni menos”.

Reconocernos frágiles, vulnerables y necesitados de misericordia nos ayuda a dejar de dividir a las personas entre “buenos y malos”. Todos necesitamos comprensión, paciencia y la gracia de Dios para seguir caminando.

La Eucaristía no es solamente un rito: es una escuela de vida. Cada vez que pedimos perdón en la Misa, somos invitados a revisar nuestras actitudes, sanar vínculos y abrirnos a la conversión. Porque el Señor no espera perfección inmediata, sino un corazón sincero que quiera volver a Él y parecerse cada día un poco más a su Hijo.

Te invitamos a escuchar el programa completo en el audio que aocmpaña esta nota.