¿Para qué estudiar? La pregunta que define el tipo de sociedad que queremos construir

jueves, 21 de mayo de 2026

21/05/2026 – En un contexto donde todo parece evaluarse en términos de utilidad, productividad y rentabilidad, el ciclo “Pensar lo que vivimos, para no vivir sin pensar” propuso detenerse en una cuestión mucho más profunda: ¿para qué estudiamos?, ¿qué sentido tiene el conocimiento?, ¿qué tipo de personas y de sociedad estamos formando?

A partir de una reciente reflexión del Papa León XIV sobre el estudio, la justicia y la paz (acá la podés consultar: https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-05/leon-xiv-visita-pastoral-universidad-la-sapienza-roma-discurso.html ), Diego Fonti —doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Católica de Córdoba e investigador del Conicet— desarrolló una conversación intensa y provocadora sobre educación, ciencia, ética y experiencia humana.

Hay cosas que no “sirven”… y son las más importantes

Uno de los primeros puntos que Fonti planteó fue una crítica a la lógica puramente utilitarista con la que muchas veces pensamos la vida. “No todo vale por la utilidad que produce”, explicó.

Hay experiencias humanas fundamentales —el amor, la amistad, los hijos, el arte o la fe— que no pueden reducirse a un cálculo de beneficios. Nadie ama verdaderamente a un hijo “para que lo cuide de grande”. Nadie cultiva una amistad auténtica solo para obtener algo a cambio. Existen realidades que valen por sí mismas. En esa línea, el filósofo recordó un antiguo poema espiritual que expresa una idea profundamente cristiana: amar a Dios no por miedo al castigo ni por deseo de recompensa, sino porque Dios vale por quien es.

La pregunta entonces cambia completamente: ¿todo conocimiento debe tener una utilidad inmediata o existen saberes que enriquecen la vida simplemente porque nos ayudan a comprender mejor el mundo y a nosotros mismos?

San Agustín y el sentido del conocimiento

Sin embargo, Diego Fonti aclaró que San Agustín —figura central de la conversación— no pensaba exactamente así. Para el santo africano, el conocimiento sí debía tener una finalidad. Pero no una finalidad económica ni instrumental, sino espiritual y ética: acercar al ser humano a la verdad, al bien y, finalmente, a Dios.

Por eso Agustín desconfiaba de lo que llamaba la curiositas: un deseo desordenado de acumular conocimientos simplemente por poseerlos. No se trataba de rechazar el saber, sino de preguntarse permanentemente para qué se conoce. ¿El conocimiento ayuda a construir humanidad? ¿Contribuye al bien común? ¿Nos vuelve más conscientes y responsables?

Ciencia, libertad y límites éticos

A lo largo de la historia moderna, la ciencia fue conquistando una creciente autonomía frente a las autoridades políticas y religiosas. Filósofos como Immanuel Kant defendieron la libertad de investigación científica y la necesidad de pensar separadamente la ciencia, la moral y el arte.

Ese proceso permitió enormes avances en medicina, tecnología y comprensión del universo.

Pero Fonti advirtió también sobre un riesgo: cuando la ciencia se separa completamente de toda reflexión ética, puede terminar justificando prácticas profundamente deshumanizantes.

Como ejemplo extremo recordó los experimentos realizados en los campos de concentración nazis, donde personas fueron utilizadas como objetos de investigación sin ningún respeto por su dignidad.

Por eso insistió en una idea clave: la investigación necesita libertad, pero también controles éticos claros y una orientación hacia el cuidado de la vida.

El conocimiento y la crisis ecológica

La reflexión se volvió especialmente concreta al abordar la crisis ambiental actual.

Fonti señaló que muchos avances científicos y tecnológicos han producido beneficios indudables, pero también enormes daños ecológicos y sanitarios. La contaminación, el uso indiscriminado de pesticidas, la destrucción de ecosistemas y las desigualdades sociales muestran que no siempre el desarrollo estuvo orientado al bien común.

En ese contexto, recuperó una frase de Atahualpa Yupanqui que resume crudamente esta injusticia: “No hay cosa más importante que impedir que un hombre escupa sangre para que otro viva mejor.”

La pregunta vuelve a ser la misma: ¿para qué utilizamos el conocimiento y la tecnología?

¿Qué tipo de profesionales estamos formando?

Uno de los momentos más fuertes de la conversación llegó cuando Diego Fonti recordó el pensamiento de Ignacio Ellacuría, jesuita asesinado en El Salvador en 1989.

Ellacuría sostenía que la calidad de una universidad no se mide solamente por la cantidad de publicaciones, egresados o dinero que ganan sus profesionales. La verdadera pregunta es mucho más incómoda:

  • ¿A quiénes curan nuestros médicos?
  • ¿Para quiénes construyen nuestros arquitectos?
  • ¿A quiénes defienden nuestros abogados?

La formación profesional nunca es neutral. Toda educación transmite una determinada visión de la persona, de la sociedad y del poder.

Por eso el problema no es solamente formar personas eficientes, sino formar personas capaces de preguntarse por el sentido y las consecuencias de sus acciones.

El Papa León XIV y una educación con rostro humano

La reflexión conectó directamente con las recientes palabras del Papa León XIV en la Universidad La Sapienza de Roma. Allí, el Papa advirtió sobre el riesgo de reducir la educación a una simple formación técnica o económica. Según el documento citado por Fonti: “Una persona no es un perfil de competencias, sino un rostro, una historia y una vocación.”

La frase resume una intuición profundamente humana y cristiana: educar no consiste solo en transmitir habilidades, sino en ayudar a cada persona a descubrir quién es y para qué vive.

Inteligencia artificial y nuevas preguntas

La conversación también abordó uno de los grandes desafíos contemporáneos: la inteligencia artificial.

El problema —señaló Fonti— no es simplemente usar o no usar estas tecnologías, sino preguntarnos qué tipo de experiencias humanas abren… y cuáles cierran. Las pantallas, por ejemplo, permiten nuevas formas de comunicación, pero también pueden debilitar el encuentro cara a cara, la experiencia corporal y la convivencia real. Siguiendo al filósofo Martin Heidegger, Fonti recordó que toda tecnología transforma nuestra forma de habitar el mundo.

Por eso la cuestión ética no puede limitarse a la intención individual. También debemos preguntarnos cómo las tecnologías modifican nuestras relaciones, nuestros tiempos y nuestras formas de vivir.

La importancia del encuentro y la pluralidad

Hacia el final del programa apareció otro tema central: el peligro de vivir encerrados en burbujas sociales y culturales. Fonti recordó cómo, décadas atrás, las escuelas permitían el encuentro entre personas de distintos sectores económicos y realidades sociales. Hoy, en cambio, muchas veces los grupos viven cada vez más aislados unos de otros. Y cuando dejamos de conocer al otro, también dejamos de comprenderlo. Por eso insistió en algo profundamente agustiniano: “No podemos amar lo que no conocemos.”

Conocer otras culturas, religiones y experiencias humanas no significa perder la propia identidad. Al contrario: puede enriquecerla y volverla más humana.

La educación cristiana nunca fue pensada solamente como transmisión de contenidos. Desde el Evangelio, educar implica ayudar a crecer en humanidad, en sensibilidad y en responsabilidad hacia los demás.

El conocimiento auténtico no se mide solo por lo que permite producir, sino también por la capacidad de construir justicia, paz y cuidado de la vida.

En un tiempo marcado por la velocidad, la fragmentación y el rendimiento, volver a preguntarnos “¿para qué estudiar?” puede ayudarnos a recuperar el verdadero sentido del conocimiento.

Porque quizás las preguntas más importantes no sean cuánto sabemos… sino para quién usamos lo que sabemos.