22/05/2026 – Muchas veces creemos que vivir la fe consiste solamente en hacer cosas para Dios: proyectos, actividades, planes, reuniones, ideas. Y aunque todo eso puede nacer de un buen deseo, existe un riesgo silencioso: terminar haciendo todo “a nuestra manera”, sin dejarnos conducir verdaderamente por el Espíritu Santo.
En una nueva edición del ciclo “Reflexiones para el finde”, el Padre Humberto González S.J. propuso una reflexión muy profunda de cara a la fiesta de Pentecostés: aprender a distinguir cuándo estamos viviendo más cerca de Babel… y cuándo más cerca de Pentecostés.
Una propuesta espiritual muy concreta para revisar la manera en que vivimos nuestra fe, nuestras decisiones y nuestros vínculos.
El sacerdote toma una reflexión del padre Raniero Cantalamessa para mirar de una manera distinta el relato bíblico de la Torre de Babel.
Generalmente —explica— solemos presentar a Babel como la historia de hombres soberbios que quisieron llegar hasta Dios por sus propias fuerzas. Y aunque eso es cierto, Cantalamessa invita a ir un paso más allá.
Aquellos hombres también eran profundamente religiosos.
Tenían deseo de Dios.Querían alcanzarlo.Tenían iniciativa y esfuerzo.
El problema no era el deseo.El problema era querer llegar “a su manera”.
“Se enamoraron del medio que usaron para acercarse a Dios”, explica el Padre Humberto.
La torre terminó ocupando el lugar del Espíritu.
La reflexión rápidamente se vuelve muy concreta y cotidiana.
El Padre Humberto invita a reconocer cuántas veces nosotros también actuamos de manera “babelística”:
Incluso —dice— muchas veces los proyectos salen bien… pero terminamos atribuyéndonos todo a nosotros mismos.
Y ahí aparece una gran diferencia entre Babel y Pentecostés:
Pentecostés no nace desde la seguridad absoluta.
Los discípulos estaban reunidos con miedo, desconcertados y sin entender del todo lo que iba a suceder.
Y justamente ahí aparece el Espíritu Santo.
Para el Padre Humberto, esta es una enseñanza muy importante para la vida espiritual:
“Muchas veces organizamos tanto, tanto, tanto… que no dejamos entrar al Espíritu Santo.”
No se trata de vivir desordenadamente ni de improvisar siempre. Pero sí de dejar espacio para que Dios pueda sorprender.
Porque el Espíritu muchas veces rompe esquemas, mueve estructuras y abre caminos inesperados.
La reflexión también conecta profundamente con el camino de la sinodalidad que hoy vive la Iglesia.
El sacerdote explica que caminar juntos no significa defender obstinadamente posiciones personales, sino aprender a escuchar y dejarnos enriquecer por la mirada del otro.
Ahí aparece uno de los desafíos más difíciles:
Pentecostés no uniforma.Pentecostés une en la diversidad.
Uno de los detalles más bellos que subraya el Padre Humberto es la presencia de la Virgen María en Pentecostés.
Mientras los discípulos estaban encerrados y llenos de temor, María permanece allí, acompañando silenciosamente a la comunidad naciente.
Una presencia discreta, maternal y confiada.
El sacerdote relaciona esa imagen también con las advocaciones marianas que se celebran ese fin de semana: Santa Rita, María Auxiliadora y Nuestra Señora del Camino.
La Virgen aparece así como esa presencia sencilla que acompaña, sostiene y ayuda a seguir caminando.
Las lenguas de fuego de Pentecostés representan algo muy profundo: la fe viva.
El Padre Humberto utiliza una imagen muy cercana:
la fe es como un fueguito pequeño que necesita ser cuidado para no apagarse.
Por eso recuerda la misión de padres, padrinos, catequistas y comunidades: ayudar a mantener encendida esa llama.
Pero también permitir que el Espíritu pueda renovar continuamente la vida.
Uno de los puntos más fuertes de toda la reflexión es quizás esta invitación: dejar de querer controlarlo todo.
El Espíritu Santo no siempre actúa como esperamos.
A veces desconcierta.A veces rompe planes.A veces abre caminos nuevos.
Y justamente ahí puede aparecer la acción más profunda de Dios.
El Padre Humberto recuerda una anécdota del Papa San Juan XXIII cuando convocó el Concilio Vaticano II. Frente a quienes le decían que “el Espíritu Santo lo asistiera”, el Papa respondió:
“No, soy yo el asistente del Espíritu Santo.”
Una frase sencilla pero muy profunda.
Finalmente, el sacerdote propone ir más allá de aprender “de memoria” los dones del Espíritu Santo.
La pregunta más importante quizás sea otra:
¿Qué produce el Espíritu en nosotros?
Porque el Espíritu no es una idea abstracta.
Es una presencia viva que actúa en lo cotidiano.
La reflexión termina con una extensa oración al Espíritu Santo donde el Padre Humberto pide algo muy concreto: “Ayúdame a dejarme sorprender.”
Y quizás esa sea también la gran invitación de Pentecostés:
dejar que Dios vuelva a entrar en nuestros proyectos, nuestras relaciones, nuestras comunidades y nuestra vida.
No para quitarnos libertad.Sino para enseñarnos a caminar verdaderamente con Él.