La complejidad de la vida en Cuba, desde una mirada de fe

jueves, 28 de mayo de 2026

28/05/2026 – Mientras la crisis económica y energética continúa golpeando a Cuba, con serias consecuencias sobre el sistema de salud, el acceso a los alimentos y los servicios básicos, las comunidades cristianas de la isla siguen encontrando en la fe y en la solidaridad cotidiana una fuente de esperanza para atravesar las dificultades.

Sobre esta realidad dio testimonio el jesuita centroamericano Alejandro Bautista, quien vivió durante tres meses una experiencia pastoral en Cuba acompañando comunidades de Camagüey, una de las regiones más afectadas por las carencias materiales que atraviesa el país.

Bautista relató que desde antes de llegar pudo percibir las dificultades que enfrenta la isla. “Empieza el preludio de lo que iba a ser esto, que es el tiempo de Cuba, es el tiempo de ellos, no el tiempo nuestro. Porque uno imagina que puede hacer esto inmediatamente, puede hacer aquello, pero allá el tiempo es otra dinámica, tanto política, social y de fe”, explicó al recordar los trámites y autorizaciones necesarias para ingresar al país.

Ya instalado en Camagüey, donde colaboró con la pastoral juvenil, la catequesis y el acompañamiento de comunidades dispersas en una amplia zona rural, el religioso comenzó a convivir con las limitaciones que forman parte de la vida cotidiana de millones de cubanos.

Me dicen: ‘Alejandro, hay que estar pendiente cuando venga la luz’. Y yo pregunté por qué. Porque de las 24 horas del día solo tenemos derecho a dos horas de luz. Puede venir en la mañana, en la tarde o en la madrugada. El primer día llegó a las dos de la mañana. Entonces en ese tiempo la gente lava la ropa, pone el café, usa el microondas, porque es el único momento que tiene para hacer lo que cotidianamente podría hacer en cualquier otro lugar”, relató.

La falta de electricidad impacta en todos los aspectos de la vida diaria. A ello se suman las dificultades para acceder al agua, los alimentos y los medios de comunicación. “Vi que la carencia de luz y de agua era permanente. Me decían: ‘Hermano, vamos a traer agua al pozo’, y el pozo quedaba a una hora de distancia. Esa era el agua para el día a día, para hacer café, para cocinar, para vivir”, recordó.

Sin embargo, más allá de las privaciones materiales, el jesuita destacó la capacidad del pueblo cubano para compartir lo poco que tiene. “La gente sabía que yo estaba haciendo la experiencia y si ellos tenían, yo tenía. Si ellos no tenían, yo tampoco tenía porque era uno más. Me decían: ‘Hermano, hoy conseguimos pan’. Y había una felicidad enorme por compartir un poco de pan y café. Todo estaba medido: una cucharada para ti, dos para ti. Pero aun así se celebraba la posibilidad de estar juntos”, contó.

Durante su permanencia en la isla también pudo observar las largas filas para conseguir productos básicos. “Ver a la gente haciendo cola porque llegó el pollo era impactante. Personas esperando durante días para ver si les tocaba uno. Entonces uno empieza a comprender cómo la gente se reinventa para sobrevivir, cómo busca alternativas para sostener a sus familias”.

En ese contexto, Bautista señaló que la palabra “fe” adquiere múltiples significados. “Al comienzo yo pensaba en la fe religiosa, pero para muchos cubanos fe también significa tener algún familiar en el extranjero que pueda ayudar. Sin embargo, al mismo tiempo descubrí una confianza muy profunda en Dios. Escuchaba constantemente frases como ‘hay que confiar en Dios’, pero acompañadas de una actitud activa: ‘también tenemos que movernos porque si me quedo sentada no me va a caer la comida del cielo’”.

Esa combinación entre esperanza y esfuerzo personal fue una de las experiencias que más lo marcaron. “Yo sentía que tenía muchas cosas resueltas en mi vida religiosa. En Cuba descubrí personas que viven enormes dificultades pero que no se quedan en la queja. Lo ven con esperanza, como diciendo: ‘Dios no se ha olvidado de nosotros’. Eso me cuestionó profundamente”.

El religioso también destacó el espíritu solidario que atraviesa a las comunidades, más allá de las diferencias ideológicas o religiosas. “Si eres creyente o no creyente, eso pasa a un segundo plano. Lo importante es compartir, ayudarse mutuamente. Si un vecino tiene algo y otro no, lo comparte. Se prestan ropa, comida, lo que haga falta. El pueblo sabe lo que el otro está viviendo porque todos atraviesan situaciones similares”.

Finalmente, Bautista resumió la principal enseñanza que se llevó de su paso por Cuba. “Yo pensaba que iba a evangelizar, que iba a cambiar la realidad. Pero fui yo quien terminó transformado. Aprendí que, aun en medio de la escasez, las personas pueden seguir donándose, compartiendo y manteniendo viva la esperanza. A mí me decían: ‘Hermano, usted no está solo’. Y esa fue quizás la lección más grande que me dejó el pueblo cubano”.