“Tengan fe en Dios”: el llamado de Jesús a sanar las heridas desde el perdón

viernes, 29 de mayo de 2026

En su catequesis sobre el Evangelio de Marcos 11,11-26, el padre Javier invita a descubrir que la verdadera conversión nace de raíz y solo es posible cuando dejamos que el Espíritu Santo transforme el corazón. Jesús purifica el templo, seca la higuera estéril y enseña que la oración auténtica siempre conduce al perdón y a la reconciliación.

El Evangelio de hoy presenta dos imágenes profundamente unidas: la higuera sin frutos y la purificación del templo. Jesús busca fruto, verdad y autenticidad. No quiere apariencias vacías ni una fe reducida a estructuras exteriores. Quiere un corazón reconciliado, una casa convertida en lugar de encuentro, oración y comunión.

En su catequesis, el padre Javier recuerda que la verdadera transformación no consiste en “maquillar” la realidad, sino en dejar que Dios cambie las raíces del corazón. Esa conversión profunda —la metanoia— supone aprender a perdonar, sanar vínculos y reconstruir la vida desde el amor.

Jesús enseña que la oración solo puede dar fruto cuando está unida al perdón. Por eso, después de hablar de la fe capaz de mover montañas, invita a reconciliarnos con los demás. El rencor endurece el alma; el perdón abre caminos nuevos.

También hoy muchas relaciones están heridas: familias quebradas, amistades distanciadas, comunidades divididas y corazones cansados. Frente a esa realidad, Cristo vuelve a decirnos: “Tengan fe en Dios”. Él puede hacer nuevas todas las cosas.

El padre Javier invita además a recuperar la “casa” como lugar sagrado: el hogar, la comunidad, el espacio donde el encuentro humano vuelva a tener sentido en medio de un mundo atravesado por la distancia, las tensiones y el individualismo.

La gracia del Espíritu Santo actúa precisamente allí donde alguien se anima a dar el primer paso hacia la reconciliación. Perdonar no es negar el dolor, sino entregarlo a Dios para que Él lo transforme en camino de vida nueva.

Evangelio del día — Marcos 11,11-26

Jesús llegó a Jerusalén y fue al templo. Y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania. Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas, porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: “Que nadie más coma de tus frutos”. Y sus discípulos lo oyeron. Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”. Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza. Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: “Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado”. Jesús le respondió: “Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: ‘Retírate de ahí y arrójate al mar’, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán. Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas. Pero si no perdonan, tampoco el Padre que está en el cielo los perdonará a ustedes”.