Confesiones de San Agustin y pedagogía de Santa Mónica

miércoles, 22 de octubre de 2008
image_pdfimage_print
[Slideshow "confesiones-de-san-agustin-y-pedagogia-de-santa-monica-slider" no encontrado]

SANTA MÓNICA
Patrona de las madres cristianas
PEDRO LANGA AGUILAR, OSA
Profesor en el Centro Teológico San Agustín
y en la Facultad de Teología San Dámaso
Madrid – España

«Entonces sentí ganas de llorar en tu presencia sobre ella y por ella, sobre mí y por mí. Y di rienda suelta a mis lágrimas reprimidas para que corriesen a placer, poniéndolas como un lecho a disposición del corazón. Este halló descanso en las lágrimas. Porque allí estabas tú para escuchar, no un hombre cualquiera que habría interpretado desconsideradamente mi llanto.
Ahora, Señor, te confieso todo esto en estas páginas. Que las lea el que quiera y que las interprete como quiera. Y si estima pecado el que yo haya llorado durante una hora escasa a mi madre de cuerpo presente, mientras ella me había llorado durante tantos años para que yo viviese ante tus ojos, que no se ría. Al contrario, si tiene una gran caridad, que llore también él por mis pecados en presencia tuya, Padre de todos los hermanos de tu Cristo […].
Descanse, pues, en paz con su marido, antes del cual y después del cual no tuvo otro. A él sirvió ofreciéndote el fruto de su paciencia, a fin de conquistarle para ti. Inspira, Señor y Dios mío, inspira a tus siervos, mis hermanos; a tus hijos, mis amos, a quienes sirvo con el corazón, la palabra y los escritos, de modo que todos cuantos lean estas palabras se acuerden ante tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, en otro tiempo su marido, mediante cuya carne me introdujiste en esta vida no sé cómo» (San Agustín, Confesiones 9, 12, 33. 13, 37).


ALUMNA DEL MAESTRO INTERIOR
Debemos a Pablo VI que santa Mónica siga en el calendario universal de la Iglesia. Su intervención cuando la reforma posconciliar evitó el desaguisado que algún sabelotodo, con muchas dioptrías teológicas, iba a perpetrar, pues había dado ya con su memoria en la papelera: se había venido celebrando el 4 de mayo. Y fue entonces cuando el agustinólogo y papa Montini, tirando de estilográfica, sentenció mientras escribía: «¿No es cierto que santa Mónica estuvo siempre junto a su hijo? Pues llevémosla al 27 de agosto, dado que el 28 es la fiesta de san Agustín».
Excepcional esposa y madre y santa de una pieza, Mónica corrobora plenamente el dicho de que detrás de un hombre hay siempre una mujer. Jamás se apartó del fruto de sus entrañas alumbrado a la vida temporal cuando ella era todavía una jovencita de 23 años. Éste se lo agradecerá en una página inmortal de las Confesiones, pues «Ella, dice, era quien hacía las diligencias para que tú, Dios mío, fueras mi padre». Que las hizo a conciencia se desprende del Hortensio de Cicerón: un libro que no terminaba de llenarle al no encontrar en sus páginas el dulce nombre de Jesús, aprendido en el regazo materno, siendo él todavía un bebé.
Cuando emprenda la cuesta abajo hacia el maniqueísmo, Mónica su madre, educada en la fe y pendiente siempre del hijo, redoblará lágrimas y súplicas, unión con Dios y consulta a los maestros. Tanta es aquí su fe y su insistencia es tanta, que un sabio prelado anónimo -¡lástima!- la consolará en términos de piedra blanca: «Anda, vete y que vivas muchos años. Es imposible que se pierda el hijo de esas lágrimas».
Las de Mónica fueron abundantes, siempre oracio