Cristo Resucitado en el camino de Emaús

lunes, 27 de abril de 2009
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Te invito a que podamos hacer el camino de Emaús, que vos puedas ponerte en el lugar de los discípulos de Emaús. ¿Recordás el texto? Te propongo que puedas recordar el texto de Lc. 24, 13-35 en el que se relata el camino de los discípulos de Emaús.

“Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén y conversaban entre sí de todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos, pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. Él les dijo:
-¿De qué discuten entre ustedes mientras van andando?
Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió:
-¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosa que en estos días han pasado en la ciudad?
-¿Qué cosas?
– Lo de Jesús, el nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo, cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera Él el que iba a liberar a Israel, pero con todas estas cosas llevamos ya tres días desde que esto pasó.
– El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que habían visto unas apariciones de ángeles que decían que Él vivía.
– Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él, a Él no lo vieron.
-Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas. ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en Su gloria?
Y empezando por  Moisés y continuando por todos los profetas les explicó lo que había sobre Él en todas las escrituras.
Al acercarse al pueblo donde iban, Él hizo un ademán para seguir adelante, pero ellos le forzaron diciéndole:
– Quedáte con nosotros porque atardece y el día ya ha declinado.
– Sí, quedáte con nosotros.
Y entró a quedarse con ellos.
Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron el uno al otro:
– ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras?
Y levantándose al momento, regresaron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos que decían:
– ¡Es verdad, el Señor ha resucitado!
– ¡Se le ha aparecido a Simón!
– ¡Es verdad, el Señor ha resucitado!
-¡Resucitó! ¡Sí, Señor!
Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.”

Podríamos comenzar diciendo que es una historia edificante porque el relator no si propone solamente informarnos sobre lo sucedido, sino que quiere, al mismo tiempo, sensibilizarnos y tocar el corazón de cada uno de nosotros. Lucas escribe como historiador, pero, sobre todo, como misionero para que esta historia claramente penetre nuestro corazón.
Cabe destacar que Lucas es el único en recordar esta aparición de Jesús a Cleofás y su compañero de camino, que en este caso, se dice que puede ser una mujer. ¿Por qué Lucas es el único en recordarlo? Él pone un especial interés en las otras tradiciones no apostólicas, a diferencia de los otros evangelistas que recuerdan y se preocupan de las tradiciones apostólicas porque la Iglesia mira a los apóstoles como testigos de la resurrección de Jesús.
En una homilía del año pasado, el padre Nicolás Ruiz del Instituto de Padres de Shöenstat comenzaba haciendo una reflexión sobre esta frase que escuchábamos en el evangelio: “Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”. Había muchos otros caminos que partían de Jerusalén y también en la tarde de aquel día muchos eran los caminantes por todos los caminos. Imagínense que había subido a Jerusalén para la celebración de la Pascua. Entonces, ¿por qué Jesús se acercó justamente a estos dos peregrinos? ¿Por qué ese privilegio inesperado, inaudito del cual seguimos hablando y hablaremos hasta el fin de los tiempos? Y esto ocurrió porque Jesús tuvo compasión de ellos. Ésta es la compasión de Jesús, nuestra única esperanza. Los dos estaban decepcionados. Estos dos peregrinos que caminaban estaban tristes, desesperados porque sentían fracasada su vida y, justamente por eso, el Señor quiso acercarse a ellos.
Los discípulos de Emaús eran personas que creían creer, que creían esperar, pero al primer choque se desanimaron, se hundieron en la tierra y empezaron a caminar desde ese momento en la soledad. También nosotros, quizás, podemos estar identificados, con estos dos hombres que caminan en la soledad, que se afligen por sus soluciones perdidas. Y como Cleofás y su compañero, muchas veces nosotros tampoco reconocemos al Señor que marcha a nuestro lado, que está tan cerca de nosotros en el momento que lamentamos su ausencia.
Te dejo esta consigna para que vayas masticándola en tu corazón, que nos ha pasado muchas veces y que quizás no has descubierto en este tiempo de Pascua esa alegría que esperabas y ves que están alrededor todos contentos por la Pascua, por la resurrección y vos te has quedado en ese lugar y todavía no sabés por qué. Te invito a que puedas preguntarte también con nosotros ¿qué te ha impedido reconocer la presencia de Jesús resucitado? ¿Qué te impide reconocer la presencia de Jesús resucitado? Te impido también a que puedas pensar: ¿qué le impedía a estos discípulos de Emaús poder descubrirlo a Jesús resucitado? ¿Qué pensás vos que le impedía a ellos verlo a Jesús que iba caminando al lado de ellos?

Para no descubrir la presencia de Jesús resucitado en nuestras vidas, en medio nuestro, quizás, los discípulos, nosotros esperamos un Mesías que nos hemos fabricado a nuestra medida y no lo vemos a Jesús tan real como es. Quizás, algo que yo me inventé y busco de acuerdo a mis intereses o a mis necesidades. Quizás, espero un Salvador armado según mis ilusiones y mis anhelos. Quizás, espero un Mesías que sea como yo he determinado que debe ser. Claro, si esto no se concreta, no se cumple, me siento desilusionado, decepcionado, defraudado. Dice una canción esta pequeña frasecita:
“De papel me hice un Dios a mi gustó lo pinté,
 de mis manos Él salió,  lo colgué en la pared”.
Y claro, es así: la imagen que yo me hago de Dios, que me hago de este Jesús queda totalmente “puesta en jaque”, distinta a la que en realidad Jesús me presenta de quién es Él.
Hay veces que nosotros tenemos una imagen o una fantasía sobre Dios. Y un Dios que en muchos casos lo armamos a nuestra medida. Hay como una caricatura que nosotros realizamos sobre este Dios en el que decimos creer. A veces pintamos imágenes de este Dios. Por ejemplo, podríamos hablar de Dios Mentira.
Este Dios Mentira en el que nosotros nos hemos dado en creer. Un Dios Mentira que está relacionado con nuestro sentir. La imagen que tenemos de Dios se expresa con identificación de Dios con el sentimiento: senti- miento. Dios tiene la medida de mi sentir. Hablo con Dios, hablo con Jesús si lo siento y cuando lo siento. Es la mentira del sentimiento: siento y miento. Reduzco al Señor a mi sentimiento de Él. Esto vuelve caprichosa e irreal la relación que tengo con Jesús. El tema es que esta imagen es común en los adolescentes y, quizás, yo ya tengo varios años.
Otras veces la imagen de Dios la expresamos por la identificación con las ideas, con el pensamiento. Podríamos hablar de la mentira lógica: pienso y miento. ¿Por qué? Porque reduzco a Dios a mi idea que tengo de Él. Creo en Él sólo si puedo explicarlo. Es el Dios de los creyentes ideológicos. El Señor es un motivo de discusión, no de vida, queda todo en el orden teórico. Dios pasa a ser un problema, no un misterio. Este Dios nunca va a transformar la vida, mi vida porque queda en el ámbito de lo teórico. Y más si yo tuve la gracia de una formación catequética, teológica, en muchos casos sólo me quedo en ese lugar. Sólo me quedo en el lugar de discutir de Dios sin arriesgar mi vida, en mi vida más que un razonamiento. Ésta es la mentira de un Dios en el pensamiento, pienso y miento.
Otras veces la imagen de Dios la expreso por la identificación con las normas morales y religiosas. Es la mentira de la conducta, la del cumplimiento: cumplo y miento. Nos dice Jesús en el Evangelio de Lucas: “Pobres de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres y descuidan la justicia y el amor de Dios. Hay que practicar esto sin descuidar aquello”, nos dice en el capítulo 11. En este caso, la relación con Dios es un mero cumplimiento legal. ¿Qué hace solamente? Tranquilizar mi conciencia moral. Es un cumplimiento sin amor porque me quedo en ese lugar.

Éstas con algunas de las imágenes que pueden dar vuelta en nuestro corazón al momento de descubrir presente al Señor. Dios no es un sentimiento, el Señor no es una idea o una normal. Es un ser personal que está más allá de nosotros. Por eso, trascender los límites es condición para que nos podamos abrir, escuchar y dialogar, tanto más para con Dios, que nos pide una apertura absoluta y sin condiciones.
Quizás, habrá sido un poco de todo esto lo que daba vueltas por el corazón de estos discípulos que no lo podían reconocer en el camino. Tal vez fue la tristeza la que no les permitió ver a Jesús Resucitado. La tristeza nos deja ciegos. Muchas veces pasa eso porque nos quedamos en nosotros mismos. Cuando no podemos trascender desde ese lugar, quedamos varados, estancados y no podemos percibir que hay otra realidad más allá de la que nosotros podemos ver. A esto nos está invitando el Señor para poder descubrirlo presente, vivo y resucitado al lado nuestro. ¿Qué te ha impedido reconocer la presencia de Jesús Resucitado? ¿Qué pensás que da vuelta por tu corazón y no te permite descubrir esta presencia de Jesús?

Y a los discípulos de Emaús les costó-como nos cuesta a nosotros- descubrirlo resucitado a Jesús. Tuvieron que cambiar de actitud en algún momento. Y afortunadamente se dejaron transformar por Él durante el retiro que le fue predicando mientras iba por el camino. Es así, les predicó un retiro. Es como si les hubiera explicado, abierto los ojos- de hecho, lo hizo- de un manera impresionante. Les iba manifestando esa presencia y ese “algo” que ellos iban percibiendo como algo nuevo y distinto. Tuvieron que hacer un acto de fe, como lo vamos a tener que hacer nosotros muchas veces para reconocerlo. Pero en este texto hubo dos signos de los que también nosotros disponemos: la Palabra viva y la “Fracción de Pan”.
Por un lado, recordemos que la historia de este texto va a alcanzar el momento cúlmine cuando los discípulos van a reconocer a Jesús en el gesto que hace fraccionando el pan. Y esta expresión de “fracción del pan” Lucas la emplea también en Los Hechos de los Apóstoles- él es el escritor- en 2, 42 dice que los de la primera comunidad cristiana asistía asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la “fracción del pan” y a las oraciones. Este texto quiere caracterizar la vida cristiana de los primeros fieles. La “Fracción del Pan” no se entiende como una comida común, sino más concretamente como un acto religioso, que en la Última Cena va a quedar resignificado, va a tener un significado totalmente diferente, más profundo. Más allá de que sea un acto religioso, ahí el Señor se va a entregar. Por eso, acudir asiduamente a la “Fracción del Pan” no podía significar si no la celebración del Misterio Eucarístico, lo que Jesús había celebrado el Jueves Santo. Y esto para los cristianos de origen griego, para quienes Lucas va escribiendo, queda muy claro: descubrían en ese gesto de la fracción del pan, que lo que diferenciaba y había diferenciado a este Maestro, a este Señor de la Historia. Imagínense el rostro de estos discípulos al ver que Jesús realizaba este gesto.
Me parece que es interesante poder descubrir qué gestos particulares tendría Jesús con nosotros. Y yo pensaba que un gesto muy particular de Jesús, creo, es el gesto de la misericordia. Cuando alguien tiene misericordia conmigo, cuando alguien me perdona, cuando alguien me comprende, cuando alguien olvida mis errores y me alienta a seguir adelante, ahí puedo verlo concretamente a Jesús, porque esta realizando un gesto claramente cristocéntrico, de Cristo. ¿En qué hechos de tu vida reconocés la presencia de Jesús? Así como los discípulos lo reconocieron en la “Fracción del Pan”, en tu vida, ¿hay algún gesto que digas “esto lo hacía Jesús también” y lo realiza otra persona? Es el mismo Jesús que se está reflejando en este gesto.

Los discípulos de Emaús iban en un lugar de experimentar una ausencia que no comprendían bien. Nuestras realidades nos invitan a percibir que el Señor camina al lado nuestro, a pesar y más allá de lo que nosotros sentimos, pensamos, queremos hacer. Allí está el Señor, Él nos ha prometido que iba a resucitar y, de hecho, lo ha cumplido.

Los discípulos van con la cabeza hacia abajo, mirando sólo sus pies y el suelo por el que van caminando. Claro, obviamente, todo el otro paisaje no lo pueden percibir. Aparece Jesús caminando al lado, les habla. Ellos, si lo miran, no se da cuenta de que es Jesús porque están ensimismados. Nos encontramos metidos en nosotros mismos, por lo que nosotros esperamos, con ese Mesías que nos hemos armado y fabricado. Ése es el lugar desde el cual y al cual el Señor nos invita que enfrentemos y salgamos para poder reconocerlo vivo y presente.

Venimos compartiendo el texto de “Los discípulos de Emaús” en el cual recordamos que ellos lo reconocieron en un proceso, a través de dos grandes signos: la Palabra viva y la “Fracción del Pan”. Ahora vamos a ver la explicación de las escrituras que Jesús hace a estos discípulos que van a Emaús.
Esta explicación viene a ser como una preparación que tiene por objeto darle las disposiciones a la fe que van a permitir luego reconocer finalmente a Jesús. El Señor les expone los acontecimientos de la Historia de la Salvación. Es allí que en texto dice que les explicó lo que decían los profetas. Es como si les ayudara a leer la historia de sus vidas, de la vida de un pueblo que lo viene recibiendo al Señor. Les abre los ojos para que puedan ver con una mirada nueva, una memoria agradecida, que ellos puedan significar su pasado. Les ayuda a ver cómo Dios estuvo con ellos desde el principio en esta explicación de los acontecimientos de la Historia de la Salvación, que va, de alguna manera, preparando y disponiendo el corazón.
El Señor, con este camino que va haciendo, quiere purificar en sus mentes el concepto mesiánico errado, que es lo que veníamos diciendo recién, cuál era el Mesías en el que ellos creían, estaban varados de la concepción judaica que esperaba un Mesías triunfador política y nacionalmente que tenía con poder a destruir y a reformar toda esa situación. Pero era diferente: Jesús comprendía que había que recordarles la profecía de Isaías sobre el siervo doliente. Esta profecía que tan mal había comprendido porque ¿a quién le es fácil asumir, admitir el sufrimiento? ¿Y que hay que pasar por el sufrimiento para poder encontrar la gloria? Esto es lo que daba vueltas en el corazón de los discípulos.
Pero esta explicación, como hemos ido descubriendo en el texto, no alcanzaba, no bastaba para provocar en ellos este reconocimiento. Por más que, como decíamos, tenga mucho conocimiento teológico, hay estudiado mucho catequesis, haya leído toda la biblia, sepa mucho de Dios, puede ser que no llegue a la experiencia vital de encuentro con el Señor. Para los discípulos, hace falta además el sacramento de la “Fracción del Pan”. Esto quiere decir que, además de la Salvación, que se alcanza mediante el testimonio de las Escrituras, se requiere la Salvación que se opera en el mismo Sacramento. Las Escrituras nos conducen a Cristo, ellas van dando testimonio de Cristo Jesús muerto y resucitado, que Él es el Mesías. Pero, para reconocerlo, ellos debieron establecer el contacto con Jesús. Las Escrituras dan testimonio de Cristo Resucitado, pero atención: es la Eucaristía la que les da a los creyentes el mismo Cristo Resucitado y presente.
Podemos decir que al conocimiento le hace falta la experiencia. Yo creo en Dios, creo en este Dios, creo que Dios existe, pero la pregunta que alguien nos puede hacer es “¿Le creo a Dios?” ¿Le creo a este ser personal que me ama? La Eucaristía es el gran signo de la resurrección del Señor, el signo en el que reconocen que el Señor está vivo y resucitado. ¿Por qué? Porque la Eucaristía ES el Señor. Ellos tienen el encuentro con este Señor. Es lo que este texto nos invita a hacer: encontrarnos en la Palabra y en el Sacramento, encontrarnos personalmente con Jesús. Jesús resucitó y está esperando que vos te puedas encontrar con Él personalmente, en un momento de oración, en la misa, en el Sacramento de la Reconciliación, si todavía no te acercaste.