En este quinto día de los Ejercicios Ignacianos descubrimos cómo la luz de Dios saca a la superficie lo oculto en nuestro corazón.
En la meditación compartida escuchamos una invitación a pedir el “conocimiento interno de mis pecados” como puerta para la conversión. El orador guía la reflexión sobre la necesidad de un dolor convertido en contrición —no en remordimiento paralizante— y recuerda la insistente llamada a la misericordia que permite la enmienda. A lo largo del diálogo aparecen cuatro consideraciones ignacianas que ayudan a ponderar la fealdad del pecado, nuestra pequeñez, la grandeza de Dios y, finalmente, una exclamación de gratitud que sostiene la esperanza.
Se acompaña la propuesta con ejemplos que muestran cómo el pecado puede naturalizarse en la infancia o en estructuras sociales (desde el robo personal hasta la coima institucional), y se subraya que sólo la gracia divina puede “hacer brillar un rato de luz a través de la muralla” que encierra al alma. El texto recoge la invitación a terminar la oración con un coloquio misericordioso que pida claridad y pasos concretos para reformar lo desordenado.
Si estás buscando un modo de “reordenar la marcha” durante la Cuaresma, este ejercicio ofrece herramientas claras para reconocer, pedir perdón y volver a poner la vida bajo la mirada sanadora de Dios.
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En este espacio encontrarás todo el material diario y complementario para hacer los ejercicios en esta Cuaresma. (link a la categoría)