Espiritualidad para el siglo XXI (Tercer ciclo). Programa 4: La ausencia de Dios y de los afectos.

lunes, 27 de abril de 2009
image_pdfimage_print

Texto 1:

Hay tiempos del alma en que percibimos que Dios pareciera que no está. La fe permanece nublada y en penumbras, grisácea y oscura. Sólo advertimos un denso silencio haciéndose presente  y  nuestro corazón siente como el abandono de Dios. Todo nos resulta un desierto y un desconsuelo. Dios se vuelve como un fantasma, una aparición de tiempos pasados. De Dios sólo nos queda su ausencia y hasta comenzamos a pensar: Ya no está, ya no me escucha, ya no me ama. Se ha alejado y distanciado.
Sabemos que Dios siempre, siempre está. Sin embargo, sentimos otra cosa. Él está -de diversos modos, algunos más patentes otros más sigilosos- pero siempre permanece. Hay distintas maneras de presencia de Dios. Nosotros nos acostumbramos a una sola forma de presencia y no advertimos todas las otras que Dios tiene.
Su ausencia es también un modo de estar, una manera de manifestarse, una especie de revelación, un estilo de mostrarse. Igualmente su silencio es una elocuencia, una forma de pronunciación. El silencio de Dios es también su Palabra. El silencio es una cualidad de su expresión, es una elocuencia de Dios. El que tiene corazón para percibir la Palabra de Dios también está capacitado para escuchar su fecundo silencio. Dios tiene muchos signos y lenguajes. El silencio es uno de los que más utiliza. Dios emplea diversos alfabetos, códigos e idiomas para el alma. La ausencia de Dios es también una presencia. La ausencia no existe. Es sólo otro modo de presencia.  De parte de Dios es tan misericordiosa y entrañable tanto su presencia como también su ausencia. Siempre es la misma bendición de distinto modo. La ausencia nos hace ejercer un continuo acto de fe: creer que Dios está y nos acompaña a pesar de nuestra percepción o de los hechos que nos acontecen.
También Jesús vivió la ausencia de Dios. En los largos años de vida anónima y oculta en Nazaret, el silencio prolongado de Dios se hacía escuchar. La rutina sigilosa de la vida que transitaba lenta no siempre traía los ecos de lo divino que retumbaban allá arriba, en el cielo del Padre. Aquí abajo, todo era quietud dormida y callado sosiego. Cuando se hizo adulto se fue 40 días de retiro al desierto. Allí escuchó otra voz. No la de Dios sino la voz oscura, seductora y provocativa de la tentación. También el desierto fue lugar de un silencio profundo y ambiguo. En cierta ocasión afirmó: “El Padre nunca me deja solo. Yo hago siempre lo que a Él le agrada”. Desconcertante fue también su muerte. El alarido final vociferó el total abandono de Dios. El grito de la ausencia despiadada: “¡Dios mío!, ¿por qué me abandonaste?” (Mt 26,46). La vida y la muerte de Jesús estuvieron rodeadas de un espeso silencio de Dios. Ese silencio era precisamente la “atmósfera” de lo divino que rodeaba como un halo sagrado la presencia y la Palabra de Jesús.

La ausencia de Dios parece oscilar en una cierta ambigüedad. Por un lado, por la fe sabemos que Dios nunca nos deja solos y por el otro, nuestra sensación percibe la experiencia del abandono y la lejanía, la orfandad de Dios como un estar a la intemperie del Absoluto. La fe registra esos dos lados de la ausencia de Dios: la confianza en su presencia aunque no se perciba, ni se sienta y la sensación de distancia solitaria, bordeando el precipicio, rozando el abismo infinito de Dios que nos llama.

¿Alguna vez te has sentido a Dios?; ¿qué haces con los tiempos de silencio en los que Dios parece haberse quedado mudo?; ¿los silencios de Dios en la vida de Jesús te ayudan a descubrir nuevas actitudes?

Texto 2:

Hay una poesía del maestro uruguayo Mario Benedetti que se llama “Ausencia de Dios” y refleja muchos de los sensaciones y sentimientos que interiormente tenemos cuando pasamos por tal experiencia. El texto dice así:

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad, la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única en mí
que estoy enteramente solo,
sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia,
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche,
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que Dios se muere, se resbala,
saber que Dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandará siglos de ceniza.

Es tarde.
Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso en mí
que estoy enteramente solo,
sobreviviéndote.
Mario Benedetti.
Hay otro poema, hermoso y desgarrador que el filósofo, ensayista y poeta español, Miguel de Unamuno canta a la dolorosa búsqueda de un Dios ausente. Estas son sus palabras:

 “Como perro olvidado que no tiene
huella, ni olfato
y yerra por los caminos, sin caminos,
como el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas chispeantes, atónito,
y asombra su corazón de música y de pena;
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista, lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla1”.


[1]A. Machado, Poesías completas, Espasa-Calpe, Madrid, 1965, 97.

Texto 3:

Me sumerjo en la ausencia buscando tus destellos. Allí resplandece, amorosa y fecunda, la Palabra de Dios aún no dicha. La que todavía no ha sido pronunciada para mí, ni tampoco proferida. Aquella que busca un silencio para poder ser dicha.

Tu prolongada ausencia, Señor, me ayudado a apreciar tu presencia. Mi corazón tiene un "lugar" que lleva sólo tu Nombre. Si no entras, quedará por siempre deshabitado. Cada día me otorgas un signo, aunque sea tan invisible a mis ojos, como el de tu ausencia.

Ya que me has regalado tu presencia, enséñame cómo he de vivir tu ausencia. ¡A menudo abrazo tantas soledades hasta llegar, por fin, a abrazarte sólo fugazmente a ti!; ¡Naufrago entre tantas ausencias que me dilaceran hasta llegar a una de tus miradas, a una sola de tus palabras, a una sola de tus caricias!

Confío en que llegará un Día sin ausencias, un Día eterno, un Día más allá de los días de este mundo, en donde el paisaje de la ausencia se detendrá para siempre y se abrirá el horizonte de una presencia sin fin. Allí tu presencia estará siempre amaneciendo. Mientras tanto, tu ausencia me revela lo importante que sos para mí. Desde que te conocí, mi mundo se ha enriquecido infinitamente. Tu ausencia me ha revelado lo empobrecido que, desde ahora, se quedaría mi universo si no estuvieras. Cuando no te percibo, guardo todas tus presencias intactas en mi corazón.

Los tiempos de la ausencia destilan otorgando más intensidad y calidad a los tiempos de la presencia. La ausencia y la distancia dolorosamente me han enseñado a pedir no tanto que te quedes cuanto que ambos permanezcamos siempre unidos. Yo sé que también por ahora lo único que logro regalarte de mi parte es igualmente un manojo de ausencias.

Señor, tu ausencia me hace desear más hondamente tu presencia. Siento nostalgia y anhelo de ti. Extrañarte ha sido una de mis fidelidades. Extrañarte es otra forma de buscarte, otra manera de encontrarte, otro modo de tenerte. Recordarte ha sido una manera de renovar mi esperanza en ti.  Si me regalas tu ausencia, te pido que, con tu Espíritu, yo sepa leer esa "Palabra". Que pueda leer la "palabra" de la ausencia y del silencio en la que tantas veces te revelas.

Te espero, Señor. Yo te espero escondido en tu corazón. Yo sé que allí, oculto, me tienes y me proteges. Mientras tanto vivo anhelando: tu ausencia es mi espera. Ojalá este día me traiga el regalo de encontrarnos.

Texto 4:

La ausencia es dolorosa por contraste con la presencia que nos resulta consoladora y dulce. Cada ausencia es irremplazable e irrenunciable. Es una verdadera penitencia impuesta por el amor. Su  estigma, la marca que nos deja para siempre. El tiempo de la ausencia es tiempo de constante recuer¬do. Se vuelve un envolvente abrazo y un delicado beso. Se torna fecunda, dilata y aumenta el deseo. Ejercita una cierta esperanza, el anhelo próximo de la presencia que vendrá. También ensancha la libertad. Nos ejercita en la elección de lo que amamos.

La ausencia no es muerte si nace del amor. Se convierte en una  purificación. La verdadera muerte es indiferencia y olvido. Hay momentos en que el corazón vive en exilio y nos quedamos con lo esencial. Vivimos de eso. En un exilio de velados amores. No hay más íntimo destierro que éste.

Las ausencias que duelen son las presencias que amamos. No es que el amor se va. Los que a veces nos vamos somos nosotros y siempre resultamos heridos. Nos arrastramos maltrechos, cargando nuestros propios despojos; perdidos de toda esperanza, ajenos de todo gozo, envueltos en nuestras cenizas. El que ha entrado al Paraíso, aunque sea por una sola vez, ya no quiere salir de él, afuera sólo se gusta la agonía del destierro. Una ausencia así, a través de su dolor, como pedazos del cielo que se caen, nos prepara desde el anhelo de la plenitud a desear un poco más la eternidad.

Texto 5:

La ausencia del amor no es sólo la ausencia de Dios. En el amor conviven también otras presencias y ausencias humanas: la de los otros, los más cercanos y amados. No hay mayor soledad que la de las ausencias amadas y entrañables.

La ausencia a pesar de ser una carencia nos revela hasta qué punto el otro ocupa su "lugar" en nuestro universo y hasta el tiempo se convierte en la medida con que uno mide las intensi¬dades según sean las presencias o las ausencias. En la presencia o ausencia no importa el tiempo cronológico sino la intensidad. Quizás es muy breve el tiempo de la presencia y, sin embargo, puede bastar. Tal vez no sea muy prolongado el tiempo de la ausencia, no obstante, es siempre doloroso y nos parece largo. La presencia y la ausencia son los "matices" de la intensidad en el modo de ser, de estar, de aparecer y de ocultarse que tienen para nosotros las personas que nos son significativas.
          
La ausencia es otro  "modo de estar". Se vuelve como una presencia más honda, oculta y eficaz. La ausencia se percibe porque previamente ha sido significativa una presencia; de lo contrario sólo sería un simple "no estar". El "no estar" nace de la carencia; la ausencia surge, en cambio, de la plenitud de la comunión. No es lo mismo la "no-presencia" que la ausencia. Sólo puede estar ausente, de una manera elocuente, lo significativo, lo que amamos. Aquello que nos tiene sin cuidado, simplemente, no está presente. Ni siquiera se lo extraña. La ausencia, en cambio, es el reverso de una presencia significativa que, por el momento, se encuentra como velada, pero resulta aún más interpelante que todo lo demás que solamente se encuentra allí, siendo, como flotando en la existencia pero que nos resulta intrascendente, poco llamativo. El amor hace significativas las ausencias porque lo amado está presente siempre, aún en esas misteriosas ausencias. La ausencia se puede vivir con paz, pero no sin cierto dolor. Por eso extrañar es como el  sentimiento propio que nace de la percepción del corazón rebalsado por la llovizna de una tenue nostalgia.

No sólo la ausencia de Dios es significativa en nuestra vida. A veces también hay importantes  ausencias humanas que gravitan nuestras relaciones. Las ausencias afectivas del amor y de las personas queridas son las más entrañables. La ausencia es siempre dolorosa porque nos remite a una inseguridad esencial, aquella en la que más estamos solos y quien amamos, ya no está. La ausencia del otro aumenta nuestra propia soledad porque nuestro ensimismamiento es la ausencia de uno pero la soledad es la ausencia de dos. En cercanía de la ausencia se condensan todas las lejanías y todas las distancias.

¿Quién te ha regalado su ausencia y con ella los bordes dolorosos y fantasmales de huecos que no se llenan y siluetas que nunca se completan?; ¿cuáles son las ausencias de tu vida, no sólo las de tu fe sino también las de tu afecto?

Texto 6:

Sólo quiero decirte que, a mi modo, te acompaño -en la distancia o en la proximidad- envolviéndote de esta silenciosa y secreta manera. Una soledad habitada será la fiel compañera de tu ausencia, transitando los destierros del corazón. Como un náufrago en el mar, arrojaré mi mensaje en una pequeña botella, esperando un vestigio de que mi señal haya llegado hasta las manos de aquél que me pueda rescatarme de mi naufragio.  Como todos los actos gratuitos de verdadera entrega se debe esperar casi no esperando, esperar sin inquietud, ni ansiedad. Sólo así no se desespera. El silencio es también una respuesta a nuestras preguntas. Siempre es hermoso acercarse y contemplar el mar, tanto cuando habla como cuando calla. Hay que aprender a escuchar sus secretos en el sonido acuoso de sus líquidas entrañas.

Cuando peregrines los exilios de mi ausencia, alguna vez, me nombrarás y allí estaré, pareceré lejano, distraído o derrotado pero, en verdad, seré invencible. El tiempo y la distancia no habrán podido. De nosotros depende que la ausencia sea un don elocuente de relación y comunicación. Yo no tengo promesas; sólo tengo un corazón para dar. He bendecido cada uno de los días que te serán regalados y de los cuales no podré ser testigo. La presencia que se nos ha dado, forma parte de la ausencia que vendrá. Cuando tu ausencia sea mi adviento, sabré que estarás llegando. Dios nos mostrará el modo que tendremos para acompañarnos porque siempre "renace el amor filtrándose por los huecos que urdió la ausencia”  (Ulises Naranjo).   2

[2] Diario «El Altillo». Mendoza, 18. 09. 94; 8.

La ausencia, como la muerte, nos revela cuánto significan las personas amadas cuando no las tenemos: ¿Qué importa la distancia, si cierro los ojos y ya no hay fronteras?; ¿Qué importa la ausencia, si abro mi corazón y me florecen vivos los recuerdos?; ¿Qué importa todo lo que me duele, si al tocar la herida de mi alma todavía hay sangre para muchas gotas más?

La ausencia dejará algún resquicio para permitirle al amor que siga respirando y así consiga seguir viviendo. Toda la distancia vale un solo lugar. Todo el tiempo vale un solo momento. Toda la ausencia vale una sola presencia. Todo lo que hacemos vale un solo latido. Todo el mundo vale una sola persona. Todo el amor vale un solo nombre.

La ausencia nos muestra el miedo ancestral que tenemos perder lo amado. En ella existe psicológicamente como una aparente contradicción. Mientras que el corazón descubre más allá de lo sensible un nuevo modo de estar, la carne siente el tironeo de la distancia. La ausencia se siente entonces como una sutileza, un vapor del alma. La presencia, en cambio, la percibimos como una densidad concreta que tiene cuerpo, forma y figura. Ambas, la presencia y la ausencia, son necesarias en una relación. 

San Agustín decía que hay una “presencia por ausencia” por lo cual cuando la conciencia y el corazón actualizan a la persona ausente, ésta deja de estarlo y se convierte en una presencia. La ausencia total y definitiva no existe mientras exista quien evoque con amor. La única diferencia entre la presencia total y la “presencia por ausencia” es que la primera se disfruta y la segunda se padece.

La ausencia muchas veces se siente como una rasgadura en el corazón, la quebradura de un frágil cristal que se rompe. Hay que incorporar la ausencia a una sana construcción del vínculo.  A veces  “solo renunciando a lo que se ama se lo  puede recrear. El momento en que nuestro mundo interior está destrozado, cuando está muerto y nuestros seres queridos están en pedazos y nosotros mismos en irremediable desesperación es entonces cuando debemos recrear nuestro mundo otra vez. Juntar los pedazos, infundir vida a los fragmentos, recrear la vida” (Marcel Proust).

Aunque nos cueste mucho, habrá que intentarlo. En los tiempos de la ausencia, todo se hace difícil sin vos.

Texto 7:

Hay tiempos en que transitamos no sólo la ausencia de Dios y de los otros sino incluso nos sentimos ausentes hasta de nosotros mismos, como vacíos, ahuecados y desabitados. Somos el reflejo de nuestro propio espectro. Nos volvemos un fantasma para nuestra extraviada mirada. El mismo Jesús en una ocasión con sus discípulos asustados les dijo que no lo confundieran con una aparición. A veces Dios, otras veces nosotros mismos, nos convertimos en nuestra propia ausencia. Así lo expresa este poema:

He transitado un Purgatorio de ausencias,
encontrándome sólo con tu reflejo.

Allí donde estuviste,
has quedado.

Allí donde has estado,
te invoco.

Si vuelves,
traéme a mí mismo.

No me dejes que me olvide.

E. C

Las leyendas cuentan que los ruiseñores cantan su más aguda y hermosa melodía cuando ya está avanzada noche. En algunas oscuridades, solitario me pierdo en lo profuso del bosque sin encontrar el camino de regreso, entonces escucho a lo lejos el canto hipnótico del dueño de la noche y sé que entona el lamento nostálgico del amor. Mis pies mojados por el rocío y con algunas gotas de sangre por las piedras del sendero, reciben las lágrimas que caen del eclipse de sus ojos.

Tu canto de ausencia, Ruiseñor, en la noche es del color de mi rosa en la penumbra.

Texto 8:

En la oscuridad de la ausencia y el silencio, Dios es el Ruiseñor de la noche, el cual lo colma todo con el canto siempre nuevo de su Palabra. Para que no te extravíes en esa espesura y tengas siempre a mano, la brújula del corazón que te indique el camino para seguir, te regalo un poema de Gabriela Reuter que se llama “Buenos Augurios” y dice así:
 

Te deseo la sal, la fragua, la tormenta,
No la tarde apacible de una estampa campestre,
ni la pálida luna, que imperturbable pasa.

El viento para ti,
Irreverente,
duende añejo de nostalgias
que va a arrastrando el alma
entre bosques y cardos,
fertilidad de sueños,
intemperie de canto.

Te deseo la hierba que no se domestica
y todas, todas las manos que te necesitan.

Sin que vos lo decidas, aguardan
con astillas de estrellas,
de tardes,
de mañanas.

No te defiendas del camino
y no temas,
un ángel sigue la huella
del paisaje de tu sombra.

Es cierto:
la noche está
y las esquirlas de la ausencia merodean.

Encenderé fogatas
para que nunca dudes
que llega el alba.

Gabriela Reuter.

Eduardo Casas