27/01/2026 – En el centro norte de la provincia de Córdoba, entre calles empedradas y casas que conservan la memoria de otros siglos, se alza el Santuario Mariano Diocesano de Nuestra Señora del Rosario de Villa Tulumba. Considerado por muchos como la “Catedral del Norte”, este templo no solo destaca por su imponente arquitectura, iniciada en 1882, sino también por la profundidad histórica y espiritual que lo atraviesa desde sus orígenes.
Villa Tulumba es uno de los pueblos más antiguos de Córdoba y fue elegida en 2024 como una de las localidades más bonitas del mundo. En ese entramado urbano detenido en el tiempo, el santuario ocupa un lugar central. Allí conviven dos momentos clave de la historia: las ruinas de la capilla original del siglo XVIII y el templo construido a fines del siglo XIX, tal como explica el padre Walter Moyano, administrador parroquial del Santuario .
El sitio fue punto de referencia para la fundación misma del pueblo y está íntimamente ligado al antiguo Camino Real, que unía el puerto de Buenos Aires con Lima. Por sus muros y alrededores pasaron figuras fundamentales de la historia argentina y de la Iglesia, entre ellas el beato Fray Mamerto Esquiú, quien celebró misa en la antigua capilla y bendijo los cimientos del actual templo.
El corazón espiritual del santuario es la devoción a la Virgen del Rosario, una imagen del siglo XVIII que aún hoy convoca multitudes. Según señala el padre Walter, “lo principal y fundamental es la devoción a la Virgen del Rosario”, una fe profundamente arraigada en el norte cordobés. Esa devoción se expresa con especial fuerza durante la fiesta patronal, cuando la tranquilidad habitual del pueblo se transforma por completo: “de los dos mil habitantes, en el día de la Virgen solemos superar los veinte mil visitantes”, afirma.
Además de la Virgen, el Santuario resguarda un Cristo articulado de más de 300 años, tallado por manos originarias, y un valioso retablo jesuítico cargado de historia. Todo ello convierte a Villa Tulumba en un destino singular, donde la fe, la memoria y el descanso se entrelazan en un mismo paisaje.
A este valioso conjunto histórico y devocional se suman las pinturas que decoran el interior del Santuario, verdaderas joyas del arte sacro regional. La cúpula, el techo y las paredes laterales están cubiertos por obras realizadas hacia la década de 1950 por el pintor Martín Santiago, artista del norte cordobés y discípulo de Fernando Fader. Estas pinturas representan a los apóstoles y a los cuatro evangelistas, pero con una particularidad profundamente simbólica: los rostros plasmados pertenecen a vecinos y personajes del pueblo de aquel tiempo, como el pulpero, el panadero o el propio párroco, e incluso el mismo artista. De este modo, el santuario no solo narra la historia bíblica, sino también la historia viva de Villa Tulumba, integrando a su comunidad.
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