Jesús, el Cordero de Dios

jueves, 25 de junio de 2009
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Y Juan dio este testimonio:  “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.  Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:  “Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.  Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.

Juan 1, 32-33

¿Porqué le pedimos al Espíritu Santo que venga, si ya está?

Le pedimos al Espíritu Santo, que con un gran impulso, que se haga presente en el escenario de nuestro mundo, pero cómo la iglesia repite al Espíritu Santo, ven visita llena, ¿Acaso no cree que ha recibido ya al Espíritu Santo en Pentecostés y posteriormente de manera individual, en el bautismo? ¿Qué significa decir ven, a alguien que sabemos que ya está presente? ¿Cómo le podemos decir al Espíritu Santo que venga si ya está? ¿De qué se trata ese venir nuevo del Espíritu, y que se acerca a nosotros en la celebración del próximo Pentecostés, de que se trata si ya está?.

Una expresión muy clara de Santo Tomás de Aquino, el teólogo de la edad media, puede ayudarnos para entender de qué se trata esta nueva venida del Espíritu, cuando ya está presente. Dice Santo Tomás de Aquino en la suma teológica: “Había una misión invisible del Espíritu, cada vez que se produce un avance en la virtud, o un aumento de gracia, cuando alguien pasa a una nueva actividad o a un nuevo estado de gracia”.

Por ejemplo cuando recibe la gracia de hacer milagros o el don de profecía, cuando impulsado por un amor ardiente se extiende y se entrega al martirio, o renuncia a sus bienes, o emprende cualquier otra cosa ardua y comprometida. A esta experiencia, Cantalamesa le llama el nuevo Pentecostés.

Hay un nuevo Pentecostés permanentemente, si nosotros nos abrimos a esta dimensión del Espíritu que permanentemente, está renovando su quehacer en lo más profundo de nuestro ser. No es estático el Espíritu Santo, es dinámico, está lleno de vida, es como un torrente de agua que brota hasta la eternidad, le dice Jesús en el evangelio de Juan, a la samaritana.

Es el agua viva que brota y que constantemente está renovando el ser de la persona que se abre a la acción prodigiosa y siempre sorprendente del Espíritu Santo. Así lo dice Cantalamesa, al comienzo del siglo XX, con la aparición del fenómeno Pentecostal y después hacia la mitad del mismo con los distintos movimientos carismáticos que se ha ido manifestando dentro de la iglesia en sus tradiciones, esta nueva efusión del Espíritu, y que de algún modo y mucho más allá de la experiencia de la misma renovación carismática, había abrazado a todas las comunidad eclesial en el proceso de transformación, en la pastoral, en la Biblia, en la liturgia, en los nuevos modos de comprender la presencia del Señor Jesús en medio de nosotros, donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí esta Él presente, esta gracia de nuevo descubrimiento de Jesús en medio, tan particularmente significativa en los comienzos y a la mitad del siglo que pasó, es el Espíritu Santo que está vivo y se mueve con absoluta libertad, es a Él al que le estamos diciendo que venga y que renueve su presencia en nuestra vida y en nuestra comunidad, no porque no esté, sino porque puede estar de una manera nueva. Como nosotros mismos experimentamos, que con el paso del tiempo, seguimos la corriente de las cosas que verdaderamente nos dan vida, somos como nuevo y estamos como nuevos, ven Espíritu Santo, llena y transforma.

En ese contexto de renovación, en el Espíritu que la renovación carismática particularmente comienza a expresarse o que en la renovación carismática comienza a expresarse y que es mucho más amplio y que termina por hacer síntesis de alguna manera, o por confluir todo en el Concilio Vaticano II, es que aparece este redescubrimiento que hoy en el texto de Juan 1, 33 nos dice: “Vendrá uno que bautizará en el Espíritu Santo”.

Qué es este Bautismo en el Espíritu, el teólogo de la casa pontificia, el predicador de Benedicto XVI, Rainero Cantalamesa, sacerdote franciscano dice: En este contexto, hay que hablar en torno al llamado Bautismo del Espíritu, que es la gracia propia de todo este amplio despertar Espiritual, se trata de un rito hecho de gracia, de una gran sencillez, acompañado por actitudes de humildad, sencillez, de arrepentimiento, de disponibilidad, a hacernos como niños para entrar en el Reino, y a partir de esta gracia, dejarle la puerta abierta al Espíritu para que se mueva con libertad en medio de nosotros.

Algunos testimonios que trae Cantalamesa respecto a esta experiencia vivida por algunos hermanos, dice uno de los primeros hombres que experimentó y dio testimonio de ello, de acción del Espíritu, dice: “Iba en avión, y estaba leyendo el último capítulo de un libro que se refería al Espíritu Santo.

En ese momento fue como el Espíritu Santo saliera de las páginas del libro y entrara en mi cuerpo, se hiciera presente en mí, de mis ojos empezaron a salir lágrimas a borbotones, me puse a rezar, me sentía sobrepasado por una fuerza muy superior”.

Llama la atención que un teólogo, como Carl Ranner, teólogo eminente del siglo que pasó y uno de los que más aportó entre otros al texto del Concilio Vaticano II, desde su mirada renovada de la teología, cómo afirma de la posibilidad y de la realidad, y de la verdad de esto que en la palabra, aparece dicho así, en estos renglones de Juan 1,33.

No podemos negar que el hombre puede hacer en esta vida ciertas experiencias de gracia que le dan una sensación de liberación, le abren horizontes del todo nuevo, se graban profundamente en él y lo transforman, moldeando incluso, durante mucho tiempo su actitud cristiana más íntima.

Nada impide llamar a esta experiencia, Bautismo en el Espíritu. ¿Qué sería entonces el Bautismo en el Espíritu?, ¿Cómo podríamos definirlo?. Más bien conviene seguir escuchando a los que dan testimonio de esta gracia de renovación y de transformación en su propia vida. Escribía en el 1967, una de las testigo de lo que se dice fue la primera experiencia de renovación, casi cuando uno se va como durmiendo, ahí se hace presente.

Esta experiencia de renovación en el Espíritu Santo, con el que Dios la visitó a ella, en el año 1967, dice así esta hermana: “Nuestra fe se ha hecho más viva, nuestro creer se ha convertido en una especie de conocimiento, de repente lo sobrenatural se ha hecho mas real que lo natural, en una palabra, Jesús está vivo para nosotros. Intento abrir el nuevo testamento y leerlo como si fuera literalmente cierto, ahora cada palabra, cada renglón.

La oración y los sacramentos han llegado a ser realmente nuestro pan de cada día, bajando de ser una genérica expresión y una práctica piadosa. Un amor más grande por las escrituras que nunca hubiera imaginado, una transformación de nuestra relaciones con los demás, una necesidad y una fuerza de dar testimonio más allá de toda expectativa, todo esto ha llegado a formar parte de nuestra vida.

La experiencia inicial de bautismo en el Espíritu, no nos ha proporcionado una especial emoción externa, pero nuestra vida se ha llenado de serenidad, confianza, alegría, y paz. Hemos cantado el “Veni CreaTor Spíritus”, antes de cada reunión, tomando en serio lo que decíamos y no nos hemos visto defraudados, también hemos sido inundados de carismas y todo esto nos sitúa en una perfecta atmósfera ecuménica”.

Toda una descripción amplia, profunda, serena, cierta, viva, real, con la que este testimonio nos introduce a abrirnos a que el Espíritu Santo verdaderamente venga, aunque sabemos que ya está, sigue viniendo con su fuerza creadora, por eso le decimos “Ven Espíritu Creador”.

Ven visita y llena.

¿Que hace falta para que también nosotros podamos hacer esta experiencia pentecostal? Primero pedir con insistencia al Espíritu Santo en nombre de Jesús y esperar a que el Padre responda. Esta indicación que da Cantalamesa, me parece sumamente certera, pedir con Jesús al Padre que el Espíritu Santo venga y esperar, esperar a que venga. Pero, hay una forma de pedir, hay que tener una fe llena de esperanza, sobre quien viene es el Espíritu Santo, viene donde es más amado, decía San Buenaventura, dónde es invitado, donde es bienvenido, donde es esperado.

Nosotros tenemos la experiencia, no?, cuando alguien invitamos a que venga a nuestro encuentro, se lo podemos decir de diversa manera, “vení, como diciendo ya que está vení, que va hacer”, esta experiencia así casi como comprometida de que venga, si no hay otra vení. O está aquella otra que es insistente, vení, a dónde te busco, cómo podemos hacer para encontrarnos, si tenés alguna dificultad para llegar hasta donde estamos, nosotros te facilitamos las cosas, etc.

Es como una invitación más deseosa, que anhela más esta presencia, la que invita a abrirnos más a ese encuentro. Hay formas y formas de decir ven. Puede ser un ven formal, con nota de carta, o puede ser muy amigable. Yo creo que el Espíritu Santo, se hace más a este amigable modo nuestro, insistente, delicado, de decirle de que venga.

Le decimos que venga y sabemos que su venida es una venida única, la propia del Espíritu, la del amor, la que hace nueva todas las cosas, la que saca lo mejor de nosotros. El amor tiene esta posibilidad de sacar a la luz lo mejor que tenemos de nosotros mismos.

Solemos decir por allí, fulano de tal, saca lo peor de mí, es cuando no se produce el encuentro en el amor fraterno, sino cuando hay otro contexto en la relación que impide que uno pueda ser bueno, cuando en realidad, cuando hay amor, saca lo mejor de nosotros mismo.

Al Espíritu Santo le estamos pidiendo el amor del Padre y del hijo, que venga a nosotros para sacar lo mejor de nosotros mismos. Que venga a lo más profundo de nuestro ser para sacar desde dentro de nosotros lo mejor que tenemos para dar y para ofrecer. En este sentido el Espíritu Santo se hace redentor. ¡Ven Espíritu Santo, porque tu amor nos salva!

Una expresión de unos de los padres de la iglesia, “Lo que el Espíritu toca, el Espíritu cambia”. Lo que cambia es el amor verdaderamente, y eso es experiencia nuestra, o a caso una persona cuando encontró el amor de su vida, uno se da cuenta que le cambió la vida. le ha cambiado la expectativa, los sueños, la proyección de la vida, todo se hace nuevo y distinto cuando el amor nos toca.

Los males de amores, dice San Juan de la cruz, se curan con presencia y con figura, el testimonio, el amor que cura las heridas. Realmente el amor salva, rescata, y el Espíritu Santo, es eso, es el amor, entre el padre y el hijo.

Por eso decirle que venga a nosotros es pedirle que nos rescate, y no le decimos que venga de cualquier manera, lo decimos con insistencia, lo decimos orando en este tiempo de espera a su venida, con clamor hasta de lágrimas, dicen los padres de la iglesia, clamar desde lo más profundo de nuestro ser dice Pablo, con gemidos que resultan inefables.

Difícil ponerle palabras porque es el mismo Espíritu que vive en nosotros que clama por su venida más profunda, nadie puede decir una oración sin estar movido por el Espíritu. Oramos a que el Espíritu venga, soltando al Espíritu mismo que está en nosotros, entramos en la corriente del Espíritu para orar, no lo hacemos con un sentido de formalidad o de cumplimiento, sino que lo decimos con la certeza que brota de un corazón anhelante con tierra reseca que necesita ser empapada por un agua nueva que la haga fecunda, con esa necesidad honda y profunda que hay en el corazón, le pedimos al Espíritu Santo que venga. Porque sino viene todo se hace muy difícil.

Oración de un obispo oriental que pronuncio en una solemne asamblea ecuménica, esto que dice este obispo y lo refiere a la iglesia lo podemos referir a nosotros, a nuestra familia y comunidades: “Sin el Espíritu Santo Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el evangelio es letra muerta, la iglesia una simple organización, la autoridad una dominación, la misión una propaganda, el culto una simple evocación, la vida cristiana una moral de esclavos.

En cambio, con el Espíritu Santo el cosmo se levanta y gime en el parto del reino, el hombre lucha contra la carne, Cristo está presente, el evangelio es fuerza de vida, la iglesia signo de comunión trinitaria, la autoridad servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, la vida humana es divinizada.

Padre Javier Soteras