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La humildad cristiana
viernes, 14 de noviembre de 2008
Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”.
Lucas 14 ,12 – 14
El primer punto de nuestro encuentro de hoy, lo titulamos así,
“Al estilo de Dios, en total gratitud”
.
Estamos en el contexto del discurso de la sobremesa, en la que Jesús enseña a aquel fariseo principal las actitudes que deben estar presente en el corazón ante el nuevo reino de Dios, que justamente un banquete, como de hecho lo explica Jesús, y hoy deja una nueva enseñanza.
Se trata hoy de la elección de los comensales, a quién hay que elegir cuando se presente el banquete en el reino, al estilo de Dios, en gratitud, cuando des una comida o una cena, dice Jesús, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y así todo quedará pagado y tu deuda será saldada.
En las nuevas relaciones interpersonales que pide el reino de Dios, la ley no puede ser la del intercambio interesado comercial mercantilista, la ley es la de la gratuidad. Nos cuesta entender esta lógica, porque en realidad es la apertura a un nuevo modo, mucho más libre, de mucha mayor invitación a la confianza y dónde se van ahondando la construcción de los nuevos códigos en los cuales Dios quiere establecer el nuevo reino, con cimientos muy sólidos.
La solidez que da la gracia de la libertad fraterna, en la confianza plena, en la infinita misericordia, providencia de Dios, que actúa mucho más allá de nuestra pobre condición. No entremos en la categoría de lo comercial, lo mercantilista, del intercambio dónde todo tiene precio, tiene valor. En los códigos de Dios las cosas no tienen valor, no tienen precio.
El precio que tiene es el de la entrega, y la entrega es la caridad, donde Dios nos invita de verdad a ser libres. ¿Cuántas cosas en tu vida no tienen precio, por la que vos decís, acá realmente no me siento exigido a hacer algo para conquistar o alcanzar, o conseguir lo que uno alcanzaría sino fuera con esfuerzo? Por ejemplo, la sonrisa de un nieto, o en el encuentro que realizamos ayer, nos ha regalado un pedacito anticipado de cielo, con todo lo que ello supone, con todo el temor de Dios que se instala en el corazón ante semejante grandeza de su presencia, con toda la alegría, la emoción, con todo el fluir de deseos de quedarnos más, de hacer allí como expresó en su deseo Pedro, hagamos aquí tres carpas, nos quedemos. No tiene precio, cuántas cosas no tienen precio en tu vida.
El asado compartido, el mate de la tarde, ese encuentro que te descansó, que te recreó el alma, la historia que te contó tu hijo, tu hija, cuando las cosas no tienen precio, no son monedas de cambio, cuando la vivimos en la gratuidad, entramos en la lógica de un Dios que entrega todo, que no se guarda nada y que sabe que a la entrega de todo recibe el ciento por uno. En esta lógica somos invitados a construir un mundo nuevo.
Cuando des un banquete invita a los lisiados dice Jesús, a los cojos, a los ciegos. Dichoso tú porque no pued
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