Las 3 claves para la convivencia familiar

viernes, 9 de octubre de 2015
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Familia (6)

 

 

09/10/2015 – Permiso, gracias y perdón, son las 3 palabras que el Francisco considera claves para la buena convivencia familiar. Tomamos para la reflexión de hoy una de las catequesis del Papa Francisco, el 13 de mayo del 2015.

 

La catequesis de hoy es como la puerta de ingreso de una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus acontecimientos. Sobre esta puerta de ingreso están escritas tres palabras, que he utilizado en la plaza diversas veces. Y estas palabras son: “permiso”, “gracias”, “perdón”. En efecto, estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras simples, ¡pero no así simples para poner en práctica! Encierran una gran fuerza; la fuerza de custodiar la casa, también a través de miles dificultades y pruebas; en cambio, su falta, poco a poco abre grietas que pueden hacerla incluso derrumbar. 

Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la “buena educación”. Está bien, una persona educada pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca. Está bien, pero la buena educación es muy importante. Un gran Obispo, san Francisco de Sales, solía decir que “la buena educación es ya media santidad”.

Pero atención: en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que puede transformarse en máscara que esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir: “Detrás de tantas buenas maneras se esconden malas costumbres”. Ni siquiera la religión está protegida de este riesgo, que hace deslizar la observancia formal en la mundanidad espiritual.

El diablo que tienta a Jesús ostenta buenas maneras – pero es realmente un señor, un caballero – y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo parece correcto, pero su intención es aquella de desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros, en cambio, entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente radicado en el amor del bien y en el respeto por el otro. La familia vive de esta fineza del quererse.

La persona siempre es un misterio, y cada uno de nuestros hijos son distintos. Cada uno de ellos trae un código interior distinto y siempre son un misterio. Nunca nuestros hijos nos son completamente explorados, y entrar en lugares desconocidos, como la adolescencia nos genera miedo y con ello la desconfianza. Un riesgo es, por amor excesivo, invadir. ¿Cómo afrontar lo desconocido? Jesús envía a los discípulos a ir, a salir, y automáticamente dice “tengan paz”. Cuando hay confianza, hay paz.

“A menudo los hijos se nos parecen” dice Serrat, y pensamos que podemos hacerlos a nuestra medida, sin embargo ellos vuelan, el nido va quedando vacío y ahí empiezan a surgir un montón de ansiedades y quisiéramos poner un hilo en la pata a quienes vuelan para que vuelvan al nido. Para los adultos lo mismo, todavía estamos a tiempo de volar más alto. Los que tenemos más años tenemos la posibilidad de animarnos al vuelo, darnos los permisos que necesitamos para renovarnos en el camino de la vida.

 

El amor y los límites

 Que bueno que es dejar alas para la libertad a los hijos, y a la vez que pedimos permiso a los hijos, poner límites. Muchas veces, charlando con los padres, te das cuenta que los papás están invadidos por el amor, por el deseo de proteger, y sin embargo eso no va a evitar el sufrimiento de los chicos. Poner límites no es evitar todos los sufirmientos ni las frustraciones, sino acompañar con una mirada atenta. Muchas veces el límite es la cercanía.

El “permiso” también va de los hijos para los padres. Buscás libertad pero a la vez formás parte de la casa de tus padres con principios de convivencia establecidos con normas. “Mi hijo se queda a dormir en la casa de la novia y después vuelve a casa. ¿Qué hago?” me decía un amigo. Y yo le decía “y bueno, mientras vivas acá las pautas son éstas. Si querés, andate y construí tus propias pautas”. Es duro y doloroso. En el fondo lo que nos da miedo es que se nos vayan de las manos. Y el chico, en realidad quiere irse. “Nosotros no hemos elegido este estilo de vida, vos elegís otro, las puertas están abiertas para que vayas y para que vuelvas si algún día querés volver”, terminó diciendo mi amigo. Es una simplificación de muchos diálogos, dolores y llantos. Son límites sanadores, que educan.

Posiblemente este tipo de crisis que se da en la familia, hace que la autoridad tenga que revisar las pautas. Frente a ciertas situaciones de la vida que te devuelven una imagen uno tiene que revisar, pero no a partir de los nuevos códigos más modernos que no corresponden a la raíz, sino a las exigencias que la vida trae. Hay que dialogar más, escuchar más.

La castidad no se negocia, en este caso del ejemplo que poníamos, porque es un valor que integra todas las dimensiones de la persona. No puedo dejar de proponerla, porque sería un decirles “la vida se puede desintegrar”. La castidad es la virtud que integra a las personas en todas sus dimensiones afectiva, física, psicológica, espiritual, de compromiso. Es un eje que integra a la persona, y como padre no puedo dejar librado a que todo valga porque la nueva cultura lo propone. Tampoco me voy a escandalizar porque en el proceso de madurez de los chicos aparezcan situaciones a atender. Necesita de parte de nosotros una reubicación en la convivencia donde hay que crear nuevos espacios de diálogo. 

Encontrarse padres con hijos, implica también para los padres seguir creciendo. Los chicos piden límites, y cuando aparece escondido en la droga barata del alcohol y de la droga, en el fondo están pegando un grito de que alguien les preste atención. El grito de los chcios, que en otro tiempo era revolucionario con armas y violencia para construir algo diferente, ahora se muestra de este modo. Piden permiso, porque en ellos viene el mundo que vendrá, y hay que ver cómo darles lugar.

Hacer lío es asumir que tienen dentro suyo el mundo que viene y tienen que empezar a ejercerlo. Ellos son el mundo que viene y hoy es presente, por eso tienen que tener la palabra. Si les damos la palabra los sacamos de la “adicción”, el no decir. En casa nos tenemos que dar permiso para que haya lugar para expresarse. 

 

Entrar en la vida del otro, incluso cuando es parte de nuestra vida, necesita la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto. La confianza, en fin, no autoriza a dar todo por cierto. Y el amor, mientras es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón. Con este propósito recordamos aquella palabra de Jesús en el libro del Apocalipsis, que hemos escuchado: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos”. Pero ¡también el Señor pide el permiso para entrar! No olvidémoslo. Antes de hacer una cosa en familia: “¿Permiso, puedo hacerlo?” “¿Te gusta que lo haga así?” Aquel lenguaje verdaderamente educado, pero lleno de amor. Y esto hace tanto bien a las familias.

 

¿Cómo ejercer hoy la autoridad desde la paternidad? Mons. Fernández, comentó que a él le ayudó mucho compartir los 5 años en la Conferencia Episcopal con el Papa Francisco. Lo primero que hacía cuando traía un tema era ¿qué opinan ustedes? La autoridad supone escuchar mucho, abrir al diálogo. Luego de escuchar mucho, terminaba redondeando y marcando el rumbo.  Entraba con una actitud de respeto, buscando no invadir, con sentido de humildad y sencillez. Sí al final terminaba haciendo síntesis y mostrado la línea definitiva.

Es bueno ser amigo de los jóvenes, pero cuando uno es padre y abuelo la perspectiva cambia. Palabras claras y directas, incluso cuando no gusta.

 

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Ser agradecidos

La segunda palabra es “gracias”. Ciertas veces pensamos que estamos transformándonos en una civilización de los malos modales y de las malas palabras, como si fueran un signo de emancipación. Las escuchamos decir tantas veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de agradecer son vistas como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza.

Esta tendencia debe ser contrastada en el seno mismo de la familia. Debemos hacernos intransigentes sobre la educación a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan ambas por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, luego, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios. ¡Escuchen bien eh! Un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado la lengua de Dios. ¡Es feo esto, eh! Recordemos la pregunta de Jesús, cuando curó a diez leprosos y sólo uno de ellos volvió a agradecer.

Una vez escuché sobre una persona anciana, muy sabia, muy buena, simple, con aquella sabiduría de la piedad, de la vida…La gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de las almas nobles. Aquella nobleza del alma, aquella gracia de Dios en el alma que empuja a decir: “Gracias a la gratitud”. Es la flor de un alma noble. Ésta es una bella cosa.

 

Aprender a pedir perdón y a perdonar

En nuestro tiempo no aparece muy común la palabra perdón, sea para darlo como para recibirlo. Nos cuesta recibir el perdón. Nos hace vulnerables, y frágiles, por eso le tememos. Nos cuesta admitir que hemos sido heridos por el otro, porque somos frágiles. ¿Cómo construir el espacio de la reconciliación?

La tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, cierto, sin embargo tan necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se ensanchan – también sin quererlo – hasta transformarse en fosos profundos. No para nada en la oración enseñada por Jesús, el “Padre Nuestro”, que resume todas las preguntas esenciales para nuestra vida, encontramos esta expresión: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”.

Reconocer de haber faltado y ser deseosos de restituir lo que se ha quitado – respeto, sinceridad, amor – nos hace dignos del perdón. Y así se detiene la infección. Si no somos capaces de disculparnos, quiere decir que ni siquiera somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire, las aguas se vuelven estancadas. Tantas heridas de los afectos, tantas laceraciones en las familias comienzan con la perdida de esta palabra preciosa “discúlpame”.

En la vida matrimonial se pelea tantas veces…también ¡“vuelan los platos” eh! Pero les doy un consejo: nunca terminen la jornada sin hacer las paces. Escuchen bien: ¿han peleado marido y mujer? ¿Hijos con padres? ¿Han peleado fuerte? Pero no está bien. Pero no es el problema: el problema es que este sentimiento esté al día siguiente. Por esto, si han peleado, nunca terminen la jornada sin hacer las paces en familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solamente un pequeño gesto, una cosita así. ¡Y la armonía familiar vuelve, eh! ¡Basta una caricia! Sin palabras. Pero nunca terminar la jornada en familia sin hacer las paces. ¿Entendido? ¡No es fácil, eh! Pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bella.

El estilo de Dios es el estilo de la misericordia. “Aprendan del Padre que hace salir el sol sobre buenos y malos, sobre justos y pecadores” dice Jesús, como aclarando que la misericordia es para todos, y en todas las partes el Padre encuentra un lugar de bondad.

La Hna María Estela contaba que un día vio desde la ventana a un cartonero, que revolvía con paciencia, buscaba, miraba… Descartaba muy poco y se quedaba con mucho. Y allí pensó que lo mismo hacía Dios con ella. Dios debe ser cartonero. Hurga, elige, para descartar poco y quedarse con mucho.

Padre Javier Soteras